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Full text of "Los derechos de la salud ; En familia ; Moneda falsa"

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DS DERECHOS DE LA SALUD 
EN FAMILIA 
MONEDA FALSA 



Prólogo de Juan José de Soiza Reilly 



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EL TEATRO DEL URUGUAYO 
FLORENCIO SÁNCHEZ 

T. II 



FLORENCIO SÁNCHEZ 

NACIÓ 
EN MONTEVIDEO 
EL 17 DE ENERO DE 1875 

MURIÓ 

EL 23 DE NOVIEMBRE DE 1910 
EN MILÁN 
SU VIDA FUÉ DOLOROSA 
Y TRIUNFAL 



EL TEATRO DEL URUGUAYO 

Florencio Sánchez 



TOMO II 



LOS DERECHOS DE LA SALUD 
EN FAMILIA 
MONEDA FALSA 

Prólogo de JUAN JOSÉ DE SOIZA REILLY 




EDITORIAL CERVANTES 

Colón, 52.— VALENCIA 



1920 



ÍNDICE 

Págs. 

Florencio Sánchez y el drama de su vida 5 

Los derechos de la salud '5 , 

En familia 81 

Moneda falsa. • 135 



Florencio Sánchez 
y el drama de su vida 



Contar la vida de Florencio Sánchez, es avergonzar a todos 
sus contemporáneos. ¡Da vergüenza haber vivido con él, haber 
visto su nombre en los carteles e ignorar que era un hombre 
de genio! ¡Da vergüenza haber tenido veinte mil ocasiones de 
besarlo en la frente y dejarlo morir, para saber más tarde que 
ha tenido talento y que los siglos futuros verán en él a un ser 
de privilegio olímpico. ¡Las generaciones venideras con qué 
desprecio hablarán de la nuestra, al evocar la figura encorvada 
de Florencio, tosiendo. Echando sangre. Vagando como un 
ebrio por todas las secretarías de los teatros con sus obras 
magníficas e inéditas!. . . ¡Se hablará de los contemporáneos de 
Florencio con el desdén con que nosotros sonreímos de la ig- 
norancia de aquellos que asistieron a los estrenos de las obras 
de Shakespeare, sin averiguar el nombre del autor de esas 
obras! ¡Qué imbéciles debieron ser aquellos públicos de Lon- 
dres que la noche del estreno, después de oir hablar a Hamlet 
y llorar a Ofelia, no preguntaron dónde estaba el autor de esas 
bellezas para pasearlo en andas, como a un rey por las calles! 
Pero... ¿Para qué? Era innoble aplaudir a un simple cuidador 



2 




6 

de caballos... Es el mismo desprecio que sentimos por aque- 
llos contemporáneos del general Belgrano que le veían morir 
de achaques, de vejez, de hidropesía y de miseria, sin darle 
una limosna... «Ya no podré ir a morirá Buenos Aires — de- 
cíale Belgrano a su amigo Balbín — . No tengo recurso alguno 
para moverme. Me moriré de hambre». Al salir de Tucumán 
y llegar a Córdoba, Belgrano pidió ayuda al gobierno. Le ne- 
garon hasta la comida. . . Y si el héroe argentino pudo llegar a 
Buenos Aires, a morir en su cama, fué gracias a la caridad de 
un italiano, D. Carlos del Signo, que el general Mitre ha in- 
mortalizado en la historia del procer... 

¡Ah! ¡Lindo desdén nos espera dentro de un siglo, cuando 
las repúblicas platenses se pueblen con las estatuas de Floren- 
cio y cuando su nombre despierte, a la distancia, la admiración 
serena con que amamos a Shakespeare! Lindo desdén nos 
espera cuando se repita la historia de Florencio. ¡Qué historia! 
Y se horrorizarán de nuestra ignorancia cuando se les diga que 
Florencio, para poder comer, vendía en cinco pesos cada acto 
de sus obras. Esas obras escritas en las hojas de los telegra- 
mas. Hojas de telegramas que, con Antonio Monteavaro, o con 
Luis Doello Jurado, o con Martínez Cuitiño o conmigo, iba el 
pobre Florencio a robar a las oficinas del telégrafo. A robar, 
sí, señor... Entraba moviendo la cabeza para todos lados. Ha- 
macaba los brazos como los indios viejos. Echaba una ojeada 
sobre las ventanillas para cerciorarse de si los telegrafistas lo 
veían. Buscaba un block de formularios. Se arrimaba a un pu- 
pitre y hacía como si escribiera algún despacho. Después, 
echando todo el cuerpo sobre el pupitre, doblaba el block. Se 
lo metía en el bolsillo. Y salía, moviendo la cabeza y hama- 
cando los brazos. Riéndose como un niño, por dentro y por 
fuera. Era tal la costumbre que tenía de escribir sus obras 



sobre las hojas telegráficas que, años después, iba aún al telé- 
grafo y compraba formularios para escribir sus dramas. 

— Pero Florencio... Yo te puedo mandar a tu casa buen 
papel. Me lo dan en la imprenta... 

— Gracias, viejo. ¿Sabés? Anoche me puse a escribir en un 
papel satinado que me dió Ingenieros. No me salía nada. Es- 
tuve tres horas peleando con la pluma para bordar una esce- 
nita y todo se me chingó. ¿Sabés por qué? Porque no era papel 
de telegramas... La maña, che. 

Y así era — todo luminoso de sencillez — sin la menor afecta- 
ción. Era la bondad andante... Uno de sus amigos íntimos — 
hombre de vigoroso ingenio y tan bueno como el mismo Flo- 
rencio — , el hoy Dr. Vicente Martínez Cuitiño, ya lo manifestó 
en el admirable prólogo de Barranca abajo, «No conocí — dice 
— un ser más bondadoso ni más infortunado que Florencio, 
acaso porque, como lo afirma uno de sus más sombríos perso- 
najes, la desventura es el efecto inmediato de la bondad». 

Florencio Sánchez vivió 35 años. Nada más... Sin embargo, 
su vida fué tan intensa, su eficacia artística fué tan grande, su 
corazón fué tan noble y la injusticia de los hombres fué tan 
recia, que aquellos 35 años que vagó por la tierra, valieron 
por 80... 

He dicho que vivió 35 años. Sí... Pero de esos 35 años, vi- 
vió 28 lejos de la fama. Hasta los 28 años, nadie más que un 
selecto núck o de amigos íntimos supo valorar lo que valía... 
Eso sí; tuvo amigos fieles que no le negamos jamás, ni aun 
cuando el gallo cantó bíblicamente. El primero de todos los 
amigos de Sánchez debe ser citado con los honores del clarín: 
es Joaquín de Vedia - el niño viejo de las barbas hirsutas — el 
«viejo» Joaco que todos queremos y admiramos porque es de 
aquellos rastreadores sinceros y santos que, cuando encuentran 



8 

en las aguas del río una pepita de oro, la levantan en la mano, 
y en vez de guardársela en el bolsillo la elevan hacia el sol, 
para que el sol se goce en el hallazgo... Fué Joaquín de Vedia 
quien descubrió a Sánchez. Fué él quien lo levantó en sus bra- 
zos y lo mostró a la muchedumbre anónima, gritando desde su 
ventana, como se hace con los que nacen reyes: 

— ¡He aquí un rey! 
M'hijo el doíor estrenóse a instancias de Joaquín. Se estrenó 
el 13 de Agosto de 1903. El éxito fué clamoroso. Florencio 
saltó del anónimo a la popularidad, con aquella misma sereni- 
dad e idéntica modestia que fueron siempre los rieles de su 
vida. Siete años después del primer triunfo, murió. 

Cuando los hombres cambian de fortuna o de fama, suelen 
mudar de amigos. Florencio, a despecho del triunfo, siguió 
viviendo con sus amigos viejos. Prosiguió mezclado a la mu- 
chacha soñadora que dividía con él la galleta y el agua de 
la bohemia de los dioses... Luis Doello Jurado, hoy sapiente y 
respetado profesor del colegio nacional de Gualeguaychú, fué 
siempre un báculo para el dramaturgo. Antonio Monteavaro. 
que tuvo siempre el dolor de saber que tenía más talento que 
aquel que demostraba, fué un hermano de Sánchez. Por eso 
Florencio lo defendía en todos los cenáculos. 

— Monteavaro es un envenenado — le decían. 

— ¡No! ¡No! Ustedes no conocen a Monteavaro. Monteavaro 
es bueno. Tiene el alma blanca como la leche... 

— ...Como la leche agria — me contestó el mismo Monteavaro, 
cuando le conté la defensa que le hiciera Florencio. 

La noche que se estrenó M'hijo el dolor, Monteavaro llora- 
ba, besando a Florencio. Le besaba las sienes, diciéndole: 

— Déjame, querido viejo, que te bese en el nido de la gloria... 
Todos se reían. Pero lo conmovedor era que Monteavaro 



9 

lloraba de verdad y de ajenjo. Y lo más conmovedor para nos- 
otros, todavía, es que aquello del «nido de la gloria» era ver- 
dad. ¡Era verdad, gran Dios! 

José Ingenieros, que es, como Vedia, de los buzos prácticos 
en descubrir hombres de talento, y que tiene, a su vez, el ta- 
lento de admirarlos sin envidia, predijo, antes del triunfo po- 
pular, los laureles del indio dramaturgo. . . 

Algunos intérpretes de M'hijo el doior fueron quienes, con 
cálido entusiasmo, animaron a Florencio. Y lo animaron en el 
momento de mayor desencanto. Pláceme citar a mi distinguida 
amiga Blanca Podestá, la que con mágica sinceridad interpreta 
las figuras femeninas, trágicas y amorosas del teatro de Sán- 
chez. Vicente A. Salaverri, en el hermoso y vibrante prólogo 
que lleva la edición Cervantes de las obras de Sánchez, hecha 
hace poco, refiere algunos recuerdos de Blanca Podestá. Son 
bellos. Debo reproducirlos. 

«Una tarde— refiere Blanca—, siendo la hora del ensayo, 
apareció Ezequiel Soria, el director artístico, con un jovencito 
flaco, huesudo y astroso, que apretaba en la diestra un puñado 
de cuartillas. «Señores— díjonos Soria—: he aquí un gran autor 
futuro. Tengo el agrado de presentárselo a ustedes.» 
Y añade Blanquita: 

«Recuerdo que la mayoría de mis compañeros rieron incré- 
dulos, posando las miradas en su calzado maltrecho y en su 
traje harapiento. El joven íbanos dando la mano a todos, con 
timidez, sin desplegar los labios. Antes de irse nos dejó la 
obra, que traía escrita en formularios del telégrafo. La leímos. 
Nuestra impresión fué magnífica. Los ensayos se hicieron acti- 
vamente. Pero faltaban pocos días para el estreno y no era 
dado ver al autor por el teatro. Entonces la dirección supo que 
los porteros le habían negado la entrada al verlo rotoso, con- 



10 

fundiéndolo sin duda con un atorrante. «¡Hay que darle un an- 
ticipo», dijo el empresario. Y así se hizo. Entonces el mucha- 
cho se compró un traje decente. El éxito del drama fué atrona- 
dor. El teatro se venía abajo con los aplausos. Cuando salimos 
en compañía del joven al proscenio «las lágrimas rodaban, cá- 
lidas y unánimes, por sus atezadas mejillas. ¡Qué intensa emo- 
ción! ...» 

Después de la primera victoria, nadie pudo quitarle su ce- 
lebridad. Pero nadie, tampoco, pudo evitar que una piara de 
críticos mediocres se arrojase sobre el dramaturgo para arran- 
carle a mordiscos la gloria, hozando en su triunfo como cerdos... 
Siguió peleando. Tenía las espaldas anchas. Pero, ¡ay! Las es- 
paldas le sonaban a hueco... Había puesto en la ascensión toda 
su vida. Toda su carne. Todos sus huesos... Y hubo algo peor. 
Sabía que su cerebro era capaz de dar todavía mucha luz. Pero 
al mismo tiempo sentía que su organismo le negaba la fuerza 
necesaria. ¡Qué lucha! Era como la mecha de la lámpara que se 
empeña en arder y se estira y se encoje y chispea, cuando el 
alcohol se extingue allá en el fondo... La infancia de Florencio 
fué noble y fué bella. No razonaba aún .. la puericia le abrió 
las puertas de la desolación. La adolescencia lo encontró con 
los ojos abiertos frente al río... La patria chica ha sido siempre, 
por culpa de la política, muy chica para sus hombres grandes... 
En Montevideo — su cuna — , tomó un barco. Cruzó el río. Lle- 
gó a Canaán. 

A los 14 años se inició haciendo crónicas con las honestas 
faltas de ortografía que conservó hasta la madurez. Desempe- 
ñó todos los oficios. Trabajó, como Gorki, de peón en la adua- 
na. Cargó fardos. Hizo de todo... Pero, por encima de todo, 
estudió la vida. Analizó a los hombres. Escarbó las almas... Del 
producto de esa labor surgió la sapiencia de sus dramas. . . 



11 

Y he aquí un detalle poco conocido de la existencia vaga- 
bunda de este lírico pajarito charrúa: en La Plata, a los 18 años 
de edad, se incorporó como empleado meritorio a la Oficina 
Antropométrica, que dirigía el sabio D. Juan Vucetich. Allí, en 
La Plata, conoció a un hombre de gran ingenio y gran alma: 
el Sr. Masón de Lis, un bohemio de romántica melena. Aún 
debe vivir. . . 

Masón de Lis fué, puedo afirmarlo, basándome en palabras 
de Sánchez, quien le sirvió de maestro y de gran inspirador en 
las lides del teatro. El artículo inédito que publica Revista Po- 
pular está dedicado a Masón de Lis. La carta de Florencio, ad- 
juntando su cuento, deja constancia de que es ese el primer tra- 
bajo 'literario que brotó de su pluma. Está fechado en 1893. 
¡Triste destino el de ese cuento! ¡Primero en escribirse, llega a 
ser el postrero en publicarse! . . . 

La tarea de Florencio Sánchez en la Oficina Antropométri- 
ca era muy modesta. Hallábase encargado de tomar las impre- 
siones digitales a los delincuentes. Es un honor para la policía 
de La Plata que las fichas archivadas durante los años 1893 y 
1894 lleven la firma gloriosa de Sánchez. Fueron compañeros 
de labor, además de Vucetich, los Sres. JoséJ. Alarcón, Jorge 
José de Kis, Fernando Rivoire y M. A. de Virgilio. El 10 de 
Enero de 1894, la Oficina hubo de ser clausurada por economía. 
Sánchez redactó una nota, firmada por él y los demás emplea- 
dos, donde decía: «Los abajos firmados, empleados como meri- 
torios, expresan a su digno jefe D. Juan Vucetich los más no- 
bles sentimientos de adhesión y afecto, y le ofrecen bajo 
palabra de honor cooperar y mantenerse a sus órdenes, aun- 
que fuese sin sueldo». 

Y asilo hicieron. Todos los empleados, por consejo de Flo- 
rencio, trabajaron sin sueldo. Sánchez, por ese bello gesto, 



12 

quedó sin recursos. Debía varios meses de pensión. La patro- 
na lo echó. Y, durante quince días, cuando todos los emplea- 
dos se iban a sus casas, él se ocultaba en el fondo. En un galli- 
nero. Allí dormía. . . Y así vivió toda su vida. Vivió con altivez 
en su miseria. Vivió con dignidad en sus actos. Pudo, con la vo- 
luntad que ponía en sus ideales, llegar a ser dichoso. Pero la 
desdicha le mordía los talones como un perro con rabia. En sus 
obras ha volcado su vida. No hay dolor de sí mismo que no 
tenga un reflejo en sus dramas. La persecución de la fatalidad 
la expresa Sánchez en las palabras que hace decir a Zoilo en 
su Barranca abajo: 

«Bien saben todos que la mala suerte siempre me acompa- 
ñó, como la sombra al árbol. . .» 

Y después: 

«¡Señor!... [Señor! ¿Qué le habré hecho a la suerte pa que 
me trate así?» 

Y la nostalgia del hogar ausente: 

«Se deshace más fácilmente el nido de un hombre, que el 
nido de un pájaro.» 

Sánchez, cansado de sufrir, quiso matarse. 

Mucho tiempo antes, había puesto en boca de Zoilo aquel: 

«¡Amalaya fuera tan fácil vivir como morir!» 

En efecto. ¡Qué difícil le fué vivir tranquilamente, en paz 
como él quería, o como quería aquella Robustiana de Barran- 
ca abajo: 

«Vivir tranquilos, sin nadie que moleste... En una casita 
blanca... Allá lejos...» 

Mi gran amigo Callorda, cónsul uruguayo en Milán, que le 
ayudó a morir con las manos puestas entre sus manos leales, 
me contó que en los últimos momentos aún tenía Florencio 
energías para luchar y vencer a la muerte. Quería volver a 



13 

América para construírsela casita blanca... Pero tosía. Tosía 
mucho. El pecho rajábasele con los zumbidos de la tos. ¡Y la 
sangre! ;Esa eterna gota de sangre! ¡Esa maldita gota asesina 
que se llevaba entre sus glóbulos la médula de aquel espíritu 
exquisito y bravio y el espíritu de aquella médula de machi- 
dumbre gaucha! Antes de expirar, bromeábase a sí mismo con 
las palabras de Zoilo a Robustiana: 

«Vamos, Florencio. Trate de sujetar esa tos, pues... ¡Qué 
diablos! Tírele de la riendita...» 

Murió como había vivido: tirándole de la riendita a la vida. 
A esa vida que se le fué a donde se van los potros cuando vie- 
ne tormenta: a la querencia. Al cielo, . . 

Juan José de Soiza Rkílly 

Buenos Aires 1918. 



LOS DERECHOS DE LA SALUD 



PERSONAJES 



LUISA = MIJITA : 
RENATA = ROBERTO 
POLOLO = NENA 



= ALBERTINA 
= DOCTOR RAMOS 
= UN CRIADO 



ACTO PRIMERO 



Un saloncito amueblado sin lujo, pero con elegancia y buen gusto 



ESCENA PRIMERA 
Luisa y Mijita 

Luisa Está bien, Mijita, está bien. Luego me contarás 
el resto. 

Mijita Como gustes. Creí que te interesara. 

Luisa Lo que me interesa es ver a mis hijos. 

Mijita Se fueron ya a tomar el aire. 

Luisa ¿Pero esas criaturas viven en la calle? 

Mijita ¡Oh, no hay que exagerar!. . . 

Luisa Hace dos días que estoy de vuelta y en todo ese 
tiempo apenas si he podido tenerlos una hora a 
mi lado. Parece que lo hicieran deliberadamente. 

Mijita ¿Qué supones, hijita, que lo hagamos a propósito? 

Luisa Aislarlos de mí. 

Mijita ¡Virgen María!... jY lo piensa!. . . Antes, sí, hi- 
jita; cuando estabas enferma, los médicos acon- 
sejaron que los alejáramos un poco para evitarte 
molestias... Pero hoy que estás tan bien, tan 
repuesta, ¿qué necesidad habría? Es cierto que 
salen seguido. . . 

Luisa Demasiado seguido. 



20 

Mijita . . .pero es por e! bien de ellos. Las criaturas son 
un poco débiles y necesitan tomar aire, mucho, 
como dice el doctor Ramos. 

Luisa Pues... en adelante saldrán conmigo. 

Mijita Eso me parece muy bien pensado, salvo que. .. 

Luisa (Brusca.) ¿Qué? ¿Salvo qué? 

Mijita Como ya empiezan los fríos, ¡quién sabe si te con- 
viene hacer muchas excursiones! 

Luisa También yo necesito mucho aire. 

Mijita No este aire de la ciudad. 

LUISA MuChO aire... (Abre la ventana de par en par, después 

de descorrer las cortinas.) ¡Estoy en una atmósfera de 

invernadero!... (Aspira una bocanada de aire.) ¡Ah!... 

Mijita El relente de la tarde es muy malo, hijita. Sal de 
esa ventana. No seas imprudente. Sal de aquí. 

(Cierra la ventana.) 

Luisa ¡Mijita! ¡Mijita!... (Tomándola por un brazo.) ¡Mijita, 
ven acá! Mírame bien; bien, así, en los ojos. Tú 
sabes la verdad. Dímela. 

Mijita Virgen Santa, ¿qué verdad quieres que te diga?... 

Luisa La verdad de mi salud. Dímela. 

Mijita ¡Pero hijita!... 

Luisa Yo estoy tísica; ¿no es cierto? 

Mijita ¡Virgen Santa!... ¡Qué locuras te pasan por la ca- 
beza, híjita!... (Confundida, rehuye las miradas de 
Luisa.) 

Luisa Mírame te digo; mírame bien. Tú que nunca has 
engañado a tu hijita, no debes mentirla ahora. 
Estoy condenada, ¿verdad? 

Mijita ¡No, santa; no pienses cosas tan tristes... cosas 
tan terribles... 

Luisa Más terrible es el tormento de la duda. Quiero 
saber. Quiero defenderme. Te lo han dicho, ¿ver- 
dad? «La hijita Luisa está condenada, se muere; 



21 



se muere a plazo más o menos largo, pero se 
muere». 

MiJITA (Angustiada.) ¡No, HO, no!... 

Luisa ¡Sí, sí, sí!... ¿No ves que te traicionas?... Te han 
hecho entrar en el complot, sin contar con que en 
. tu alma sencilla no cabe el disimulo. Y sin contar 
con que tú en ningún caso estarías contra mí. 

MfjiTA ¡Contra ella! ¡Quién podría estar contra ella, Dios 
Santo! 

Luisa Todos los que me ocultan la verdad. De modo, 
Mijita, que es preciso ser razonable. ¿Que tú no 
te atreves a decir las cosas? Yo te ahorraré el 
trabajo: Renata y Roberto conocen mi sentencia. 
El doctor Ramos se lo ha dicho todo a mi marido, 
y Roberto no ha podido ocultárselo a Renata, que 
ejerce aquí desde mi enfermedad funciones ma- 
ternales. ¿Comprendes? Que es una especie de 
señora de la casa, la suegra de Roberto, como 
quien dice. El espíritu práctico, avezado y fuerte, 
y como ambos no podían obrar sin contar con tu 
complicidad, te enteran del caso. «Luisa está con- 
denada, está tísica; su mal es incurable, y lo que 
es peor, contagioso. Y ya que no podemos salvar- 
la, hay que salvar a los niños; tenemos que sal- 
varnos todos». 

Mijita No, hijita, te juro. , . 

Luisa No jures nada. Sé que he perdido todos los dere- 
chos de la vida. Que no puedo ser madre, ni es- 
posa, ni amiga. . . Me separan de mis hijos para 
que no los envenene con mis besos. . . 

Mijita (Llorando.) No, santa. Eres injusta y cruel con 
nosotros y contigo misma. La Mijita no podría 
prestarse a ningún complot. No podría hacerlo. 
Te juro. . . ¿Me crees capaz de jurar en vano?.. . 



22 



iTe juro!. . . Mira, te juro por Dios y María San- 
tísima, que nada de lo que dices es verdad. ¿Se- 
rías capaz de creerme ahora? 

Luisa Sí, Mijita, quisiera creerte. 

Mijita Mientras estabas en las sierras, muchas veces 
nos ha visitado el doctor Ramos y siempre le he 
oído hablar con Renata de tu enfermedad. Tú 
tienes una bronquitis, nada más que una bronqui- 
tis, que se curará con paciencia y con cuida- 
dos. . . Una bronquitis... Una bronquitis... 

Luisa (Esperanzada.) ¿No me engañas? 

Mijita ¡Oh! ¿Quieres que te lo jure otra vez? 

Luisa No, Mijita, basta. Sin embargo... 

MlJITA (¿dvirtiendo a Albertina.) Mira quien llega. (Aparte.) 

Dios la manda. 



ESCENA II 
Dichos y Albertina 

Luisa (Alborozada, yendo a su encuentro.) ¡Albertina! ¡Al- 
bertina!... 

Alber. (Retribuye las caricias de Luisa, que son sumamente ex- 
tremas, con cierto embarazo, que no pasa inadvertido para 

ésta.) ¿Cómo estás, Mijita?... ¿Qué?... ¿Has llo- 
rado, Mijita? ¡Qué cara tan fúnebre! ¡Seguro que 
esta desalmada de Luisa te ha regañado! ¡Qué 
perversidad! ¡A la madre y a la hijita de tanta 
gente!... 

Luisa Llora por mí. Se le ha ocurrido de que estoy en- 
ferma de gravedad, ¡que estoy tísica, nada menos!... 
Mijita ¡Oh, hijita!... (Sollozando.) 

Luisa Observa esos pucheros. Es muy posible de soltar 
el trapo otra vez. (Abrazándola.) Pobre viejita. 



23 



Tranquilízate. Te juro que nunca me he sentido 
tan bien. 

Alber. Efectivamente. Te ha probado la estadía en la 
sierra. ¿Cuántos kilos? Y buenos colores y es- 
píritu alegre. Mijita, ¿cómo se te han ocurrido 
semejantes cavilaciones? 

Luisa Tan indiscretas, sobre todo... 

Mijita Yo. . . yo... Yo me voy. <se va de prisa, ahogándoso.) 



ESCENA III 
Dichos, menos Mijita 

Alber. ¡La buena Mijita!... Espero que no lo habrás to- 
mado en cuenta. 
Luisa ¿No te sientas? 

Alber. Claro que sí. ¿Mi marido no ha estado por acá? 
Roberto lo llamó por teléfono esta mañana. Te 
aseguro que fué una sorpresa, pues no esperába- 
mos regresaran tan pronto. ¿Por qué no avisaron 
que venían? Habríamos ido a recibirlos a la es- 
tación. 

Luisa Fué repentino el viaje. Imagínate que media 
hora antes de salir el tren, me dice Roberto: «¡Nos 
vamos ahora mismo!» 

Alber. Es raro. 

Luisa Pretextó un llamado urgente, por despacho tele- 
gráfico, despacho que por cierto no me ha mos- 
trado. 

Alber. Como de costumbre. Me figuro tu inquietud, pen- 
sando en que podía haberle sucedido algo a los 
nenes o a Renata. 

Luisa A ese respecto no me asaltó el menor temor, te 
lo aseguro. Roberto hubiera tratado de prevenir- 



24 



me. Por otra parte, estoy habituada a sus miste- 
rios y no trato de descifrarlos. En él lo más 
enigmático es lo menos importante. Sólo sabe 
ocultar las trivialidades. 

Alber. Parece que estuvieras resentida. 

Luisa No. 

Alber. Apuesto a que hay confidencia en puerta. (Con exa- 
geración cómica.) Habla, mujer. Desahoga tus penas. 
¿Qué te ha hecho ese monstruo de infidelidad? 

Luisa No pensé hacer ningún reproche. 

Alber. Confía en mí. Cuenta, muchacha. 

Luisa Y en último caso, el tono que adoptas no es el 
más a propósito para provocar confidencias. 

Alber. ¿Te has ofendido? Perdóname. Como te conozco 
muy bien y conozco igualmente a tu esposo, no 
pude colocarme en situación de tragedia. 

Luisa Pues nada ocurre. Ni tragedia ni saínete. 

Alber. Punto y aparte entonces. 

Luisa Como gustes. 

Alber. (Con extrañeza.) ¡Oh!... ¿Qué tienes, Luisa?... ¿Por 
qué me tratas así? No creo haber merecido tanta 
acritud por poner un poco de mi buen humor, en 
mi empeño de desvanecer, quién sabe qué cavilo- 
sidades tuyas. Dime; ¿a qué puedo atribuirla? 
Debe mediar algún motivo grave para que hayas 
llegado a olvidar ios respetos debidos a nuestra 
vieja amistad. 

Luisa ¡Oh, cuánta solemnidad!... (Remedando.) «Los res- 
petos debidos a nuestra vieja amistad». ¡Tonta! 
Alber. (Ofendida.) ¡Luisa! 

Luisa No retiro la palabra. ¡Tonta!... ¡Tonta y tonta!. . . 

¡En el acto pídame usted perdón de sus sospechas! 
Alber. ¡Será posible que no acabe de comprenderte! . . . 
Luisa La culpa es tuya. No soy tan complicada. 



25 

Alber. Confesarás, cuando menos, que estabas de mal 
humor... 

Luísa ¡Oh perspicacia! ¡Sí, Albertina! Ya que tan nece- 
sario es, te diré que me impacienta un poco el 
tono incrédulo y protector de tus palabras. Ad- 
vierte que me negabas el derecho de tener una 
complicación en mi vida... 

Alber. ¿El derecho?. . . No te entiendo. 

Lüísa La posibilidad, si quieres, si te resulta más claro. 

Alber. Bien remota, por cierto. 

Luisa Tú no lo creas así. 

Alber. No eres poco exigente, que digamos. Tienes un 
marido que te adora y a quien adoras; un par de 
chicos que son una gloria y el amor de una her- 
mana modelo; vives entre espíritus simples y bue- 
nos como el tuyo... Nadie mejor resguardado de 
las tormentas de la vida. 

Luisa ¡Oh! No hay puerto seguro para todos los vientos. 

Alber. Está claro; si hemos de ir a los extremos, si he- 
mos de pensar en las fatalidades irremediables de 
la existencia... 

Luisa ¡Las fatalidades irremediables! ¿Y por qué no des- 
contarlas del haber de nuestra dicha?... 

Alber. Sencillamente porque... porque nos quedaríamos 
sin capital... ¿Pero a qué viene tanto pesimismo, 
mujer? ¿Será que te han impresionado las tonte- 
rías de Mijita? 

Luisa Nada me decía la pobre vieja. Fui yo quien... 

Alber. ¿Tú? 

Luisa Sí, yo. 

Alber. No deja de ser una maldad asustar a la pobre 
viejita. Por otra parte, no te alabo el gusto de 
gastar bromas tan lúgubres. 

Luisa Hablaba muy seriamente. Quise obligarla a con- 



fesar lo que ninguno de los que me rodean ignora 
y todos quieren ocultarme. 
Alber. iDios nos ampare! Linda esperanza nos dejas, 
mujer, si con semejante salud que te rebosa em- 
piezas a creerte camino del otro mundo. ¿Estás 
en tu juicio?... 

Luisa ¡Uf!... Siempre lo mismo. ¡La piadosa y compa- 
siva digresión! ¡Oh, hazme el favor de no conti- 
nuar así, si no quieres verme de nuevo irritada! 

Alber. ¡Pero Luisa! 

Luisa Calla. No te fatigues en persuadirme, en ilusio- 
narme. Me hace más daño la caritativa ficción 
de ustedes, que el mismo mal que me roba la vida. 

Alber. Estás diciendo cosas absurdas, mujer. 

Luisa (irónica.) Sí, absurdas. Desde hace un año mis 
sentidos y facultades están en bancarrota. Me he 
idiotizado. He perdido la ponderación de las co- 
sas y de los hechos. Nada. Ni veo, ni oigo, ni 
palpo, ni presiento, ni discierno. Me ataca una 
enfermedad que me tiene no sé cuántos días a 
las puertas de la muerte; salgo de sus garras pro- 
videncialmente, y entro a convalecer. Comienzo 
a experimentar la alegría del retornar de mis 
fuerzas, y vuelven a mi espíritu las golondrinas 
de la esperanza. Unas horas más, un día, quizá 
un mes... Me aguardan todos los dones de la pie- 
nitud de la vida. Pero pasa la hora, el día, el mes. j 
La meta se ha alejado. ¡Sin embargo, nada es la I 
nueva distancia para la certidumbre del completo 
revivir! Vamos de nuevo hacia ella, pero de nuevo 
se distancia... Y muchas veces más la buscamos 
en vano. ¡Oh! Entonces las golondrinas empiezan j 
a emigrar, sin que baste a retenerlas el cálido 
optimismo de los míos. Las he visto irse, Alber- 



27 

tina, una por una, en las alternativas de esta con- 
valecencia que no acaba nunca, que acabará 
conmigo. 
Alber. ¡Oh, imaginación! 

Luisa ¡No, no es la imaginación!... Es la realidad cruel 
de mi dolencia sin lenitivos. Y si ella no bas- 
tara a convencerme de que estoy irremisible- 
mente condenada, ahí están ustedes ahu>en- 
tando las últimas golondrinas: mi marido, mi 
hermata, la vieja criada, mis amigos y hasta los 
extraños... 

Alber. ¿Nosotros? 

Luisa Ustedes, ustedes, ustedes. Se les lee en los ros- 
tros la sentencia irremisible. jOh! ¡Si tü hubieras 
visto como he visto yo al pobre Roberto, tan su- 
frido, tan enérgico, tan fuerte, tan consolador, 
con su optimismo irradiante durante la enferme- 
dad, y en los primeros días de la convalecencia 
ir hora por hora cediendo y quebrantándose hasta 
derrumbarse en la congoja de la desesperanza y 
la piedad! Su optimismo de hoy es una mediocre 
simulación caritativa. Caritativa, ¿me compren- 
des?... Y luego mi hermana, un caso estupendo 
de fanatismo y resignación, y los sobresaltos de 
la triste Mijita, ese fiel animal doméstico que 
gira en torno mío, azorada, con el presentimiento 
de la catástrofe inminente, gruñendo a todos los 
rumbos en celoso acecho del enemigo, que sabe 
que ha de llegar, y de quien quisiera protegerme 
y defenderme con todas sus fuerzas. Y luego. . . 
y luego la profilaxia... ¡Ah, la profilaxia, la higie- 
ne!... Un trabajo de araña sutil, sutilísimo. Una 
tela dorada por mil pretextos y engañifas con que 
lo van envolviendo a uno sin que lo sienta, hasta 



28 



dejarlo aislado de sus semejantes para que no los 

Contamine. 

Alber. (Conmovida ) No prosigas, Luisa, r;o prosigas. Eso 
es falso... ¡Tú deliras!... No continúes, que me 
afligirás a mí también con tus cavilaciones... Es- 
tás viendo fantasmas, mujer... 

Luisa ¿Y lo dices tú, Albertina? ¡Tú que hace un momen- 
to, al entrar aquí, me volvías la cara para que en 
los transportes de mi efusión cariñosa no fuera a 
inocularte los gérmenes del mal terrible! 

Alber. ¿Yo? 

Luisa Tú. No te dejaste besar en la boca. Comprendo 
ese sentimiento. Hice mal. Tienes hijos, además... 
A los míos ya no puedo besarlos... 

Alber. ¡Oh! ¿Eso era todo?... Ahora verás cómo te en- 
gañas... (Besándola.) ¿Lo ves? Te beso en la boca, 
bebo tu aliento... ¿Te has convencido? Y te beso 
otra vez, y otra... y otra... 

Luisa (incrédula.) ¡Ahora! ¡Por caridad! 

Alber. (Ofendida.) Perdóname, entonces. 

LUISA (Reaccionando emocionada.) No te ofendas... Soy itt- 

justa... ¡Gracias, Albertina, gracias!,.. ¡Ah, si tú 
quisieras comprenderme; si quisieras ser mi con- 
fidente, el amigo fuerte, el amigo leal, sin pre- 
juicios y sincero que me hace falta! 

Alber. Lo soy, Luisa. 

Luisa ¿Me dirás la verdad? 

Alber. (impaciente.) ¿Pero qué verdad, hija, quieres que 
te diga? No pienses encontrar en mí un cómplice 
que ampare y aliente tus preocupaciones. Eso 
nunca. 

Luisa No me sirves entonces. Estoy harta de ficción. 
Necesito un espíritu capaz de acompañarme en 
las horas de desesperanzas; necesito verdad y 



29 



buena fe. Dime, dime que estoy condenada, que 
debo morir fatalmente. Dímelo. Yo no le temo a 
la muerte. Tengo miedo de la vida que me espe- 
ra, despojada de todos sus derechos. Me horrori- 
za la perspectiva de verme convertida en mísero 
pingajo humano, expuesta a la piadosa condolen- 
cia de la gente. ¿No me entiendes? No quiero que 
me tengan lástima. Quisiera afrontar el porvenir 
como he afrontado la vida, serena y tranquilamen- 
te, confortada con el apoyo de espíritus afines. 
Basta de caridad. Bastantes energías me ha roba- 
do mi mal. No quisiera que mi altivez se acabara 
de rebajar. Hay quienes experimentan la volup- 
tuosidad de la conmiseración que inspiran. Yo no, 

¿me oyes? No. ¡No, no!... (La fatiga que debe ir sintien- 
do, se resuelve en un acceso de tos.) 

Alber. No te exaltes, que té fatigas. ¿Lo ves? 

Luisa (Dominándose un instante.) Contesta, contesta este 

argumento... ¡Desmiénteme!... ¡Oh, me sofoco!... 

(Va a toser a la habitación inm ediata.) ¡Un instante!... 

Perdóname... 



ESCENA IV 

Albertina, después Renata y los nenes, un Varón 
y una niña, de 5 y 4 años, respectivamente 

ÁLBER. (Acompaña la calida de Luisa con un gesto compasivo y 
enjuga una lágrima.) 

Renata (Qne entra con ios nenes.) ¿Cómo estás, Albertina? 

Alber. ¡Oh, déjame!... ¡Muy triste! ¡Si vieras qué mal en- 
cuentro a Luisa! ¿La oyes? Un acceso terrible de 
tos. Se puso a hablar, y a hablar exaltándose 



30 



como en un delirio... Y lo peor no es eso... Des- 
confía... Lo sabe todo... 

Renata Sí; Roberto me lo ha dicho. La asaltan con fre- 
cuencia esas crisis nerviosas. Son manifestacio- 
nes de la enfermedad... Ayer nos tuvo angus- 
tiados a todos con sus interrogatorios y sus 
reproches. Sospecha, pero no está convencida de 
su mal. Esa insistencia en que ie digamos la ver- 
dad, revela su incertidumbre. 

Alber. A mí me impresionó tanto, que estuve a punto de 
confesárselo todo... 

Eenata No. ¡Cuidado!... La mataríamos. Vuestra negativa 
es el ultimo asidero de sus esperanzas... 

Alber. Viene hacia acá. Disimula... ¡Pero qué bien es- 
tán los nenes!... ¿Vienen del paseo?... 

ESCENA V 
Dichos y Luisa 

Luisa (Demudada y temblorosa, entra secándose el sudor con el 
pañuelo. Al ver a sus hijos, corre hacia ellos con efusivo 

transporte.) ¡Pololo!... ¡Nenal... ¡Oh, mis hijitos, 

mis criaturas queridas!... (Los une en un estrecho 

abrazo y llora dulcemente sobre sus cabecitas, monolo- 
gando ternuras.) 

Pololo ¿Qué tienes, mamita? ¿Estás llorando?... ¿Por qué 
estás llorando?... 

Luisa (Serenándose.) No, no lloro... Es que... Son cariñi- 
tos... ¡He pasado tanto tiempo lejos de uste- 
des.,. Y ustedes son tan malos, que prefieren 
irse de paseo en vez de estar con su mamá... 
¡Ah, pero me las van a pagar!... ¡Ya verán... ya 
verán!... 



3! 



Pololo No te enojes... Es Renata que nos lleva todos los 
días a la Recoleta en coche... 

Lüisa Lo sé, Pololo. Y hace muy bien. Cuando los ni- 
ños son juiciosos hay que premiarlos... <a Mijita 
q *e aparece.) ¿Quieres algo, Mijita?... 

ESCENA VI 
Dichos y Mijita 

Mijita Precisamente venía en busca de estos perjenios. 
Calculaba que estarían de vuelta. 

Luisa ¿Qué? ¿Ya quieren quitármelos?... 

Mijita Es que deben tomar el alimento. 

Luisa ¡No, no!... Hoy se lo daré yo. No los separan de 
mi lado. Albertina, tú no has de haber tomado el 
té tampoco. ¿Quieres pasar? Nos entretendre- 
mos con estos personajes. 

Alber. De buena gana aceptaría, pero... 

Luisa No temas. Por el momento (indicando a ios niños ) 
no puede ser peligroso. Vamos. ¡ Ay! Se nos com- 
plica la fiesta íntima. ¿Cómo está usted, doctor 
Ramos? 

ESCENA VII 
Dichos, Roberto y Ramos 

Ramos (Saludando.) ¡Señora! . . . No le pregunto cómo 
está usted, porque lleva en su aspecto la res- 
puesta . 

Luisa ¿Lo cree, doctor? 

Eamos Roberto, a quien encontré en la puerta de la 
calle, me daba las más optimistas impresiones, y 
usted las confirma plenamente.. . 



32 



Luisa Sin embargo, es extraño que lo haya llamado... 
Eober. Olvidas que bien he podido tener necesidad de 

ver al amigo, ya que no al profesional. 
Luisa. Bien. Conformes entonces. Advierto a ustedes 

que teníamos programa hecho con Albertina. 

¿Quieren pasar a tornar una taza de té? 
Eober. Iremos después. 

Luisa Como gusten. Vamos, niños. Albertina... ¿Vienes, 
Renata? 

Renata Prefiero quedarme. Tengo que concluir la copia 
de! último trabajo de Roberto... 

Luisa (Con intención. ) ¡Ah, comprendido!... ¡Comprendi- 
do!.. » (Mutis con Albertina, los niños y Mijita ) 

ESCENA VIII 
Renata, Ramos y Roberto 

Eamos Tiene, efectivamente, mejor aspecto la pobre 
Luisa. 

Eober. Reaccionó pronto la última crisis. Sin embargo, 
aquellas alturas no eran propicias. 

Ramos Sí, un poco enrarecido el aire; pero de todos mo- 
dos, hubiera sido preferible aquello a la atmós- 
fera viciada de la ciudad. No me has explicado 
aun los motivos del regreso tan precipitado. 

Eober. Nos expulsaron. 

Eamos ¿Cómo? ¿Por qué? . . . 

Eober. Una historia muy curiosa. Tú no ignorarás que 
mi situación económica es bastante precaria de 
algún tiempo a esta parte... 

Eamos Siempre has debido contar con mi amistad... 

Eober. No, no se trata de lo que supones. Verás... En 
Los Cerros lo pasábamos muy bien, únicos pensio- 



53 



nistas de una de tantas familias que no tienen 
miedo del contagio, porque están contaminadas y 
sacan doble provecho de su mal y del mal del 
prójimo. Naturaleza pintoresca, clima apacible y 
presupuesto muy llevadero. Aquello era por todos 
conceptos lo más conveniente... Pero, como te 
escribí, en la imaginación de Luisa empezó a tra- 
bajar el miedo y la desconfianza. No era para 
menos, te lo aseguro, el espectáculo de aquella 
población doliente. No te lo voy a describir por- 
que tú debes conocerlo muy bien, a pesar de que 
la costumbre de ver una cosa limita la facultad 
de analizarla. Bastará con que te diga que yo 
mismo, más de una vez, dejando trabajar un poco 
la mente, he sentido que la angustia y el espanto 
me oprimían el alma. ¡La tos! Todos tosen; creo 
que allí hasta los sanos tosen por sugestión. En 
ia Villa, en los hoteles, en los sanatorios, en los 
paseos, donde quiera que uno va, lo acompaña la 
lúgubre desafinación de esa orquesta de escuáli- 
dos músicos, exasperados y febricientes, que 
sudan la voluntad de arrancar un poco de armo- 
nía a sus desvencijados instrumentos, sin conse- 
guir otra cosa que un monótono jadear de fuelles 
rotos... Para Luisa, aquello se convirtió en una 
dolorosa obsesión. Sus desconfianzas y su irrita- 
bilidad iban creciendo, y una noche en que no 
nos dejó dormir el carraspear desesperante de un 
tísico, nuestro vecino de habitación, me expresó 
su resolución de huir de aquel antro. Todo mi 
empeño en disuadirla, se estrelló contra su vo- 
luntad firme y casi amenazadora. Conseguí úni- 
camente arrastrarla a uno de los hoteles de la 
cumbre. Allí, al menos, no se oye tanto la fatídica 



54 

orquesta, aunque el clima es menos favorable... 

Eamos ¡Oh, precisamente por esol 

Rober. La vida es cara. Había además que hacer una re- 
novación del equipo y ponerse en actitud de no 
desentonar en aquel ambiente refinado y aristo- 
crático. Todo se hizo; no obstante, las exigen* 
cias del médico sobrepasaron la largueza de mis 
previsiones. ¿Qué hacerle? Estaba y estoy re- 
suelto a todos los sacrificios en homenaje a la 
paz de esa triste alma compañera. Pero nada 
bastó. Era también preciso salvar distancias so- 
ciales, y por más que mi reputación literaria pu- 
diera olvidarlas, Luisa no entraba, y así lo com- 
prendió. Ni ella ni yo insistimos, limitándonos a 
hacer rancho aparte. De repente, sin que se sepa 
cómo o quizá por nuestro orgullo indiferente, las 
gentes empiezan a huir de nuestro contacto, y el 
boycott se acentúa cuando Luisa cae en cama. 
Así que mejora, se me presenta el dueño del ho- 
tel. «Señor: usted perdonará, pero los reglamen- 
tos de la casa son terminantes y los pensionistas 
me han amenazado con irse a otra parte si sigo 
albergando enfermos contagiosos»... Y patatín y 
patatán. En resumen, una intimación de desalojo 
en regla. Había en el establecimiento, había, sí, 
enfermos más avanzados, pero nó eran peligro- 
sos... 

Ramos Porque gastarían más. 

Rober. Precisamente. Ahí tienes explicadas las causas de 
nuestro regreso anticipado. Hubiera podido lle- 
varla a cualquier otro hotel de las inmediaciones, 
pero tuve miedo a un nuevo boycott. Luego, 
ella, empieza a sentirse deprimida por la pertina- 
cia de su dolencia, y esa depresión se traduce en 



55 



fenómenos nerviosos muy intensos. Una sensibi- 
lidad extrema, humor fácilmente irritable, descon- 
fianzas, prurito de análisis... 
Ramos Me ha ; dicho que las impresiones del colega que 
la asistió... 

Rober. Son pesimistas. Lejos de ceder, el mal avanza. 

Pero me inspira mayores temores su estado moral. 

Renata Según parece, acaba de hacerle una escena a 
Albertina. La encontré llorando, mientras Luisa 
se debatía en un acceso terrible de tos. Después 
se serenó, como ustedes la han visto. 

Rober. Nos tiene acosados porque le digamos la verdad. 
Y para colmo, ayer la sorprendí leyendo un viejo 
trabajo mío, inconcluso, que andaba por ahí per- 
dido entre papeles inservibles y titulado Los de- 
rechos de la salud. En ese trabajo, una especie 
de nouuelle, un tanto sentimental, estudiaba la 
situación moral de un enfermo incurable— atacado 
de tuberculosis precisamente — , que descubre que 
su esposa le es infiel y acaba por encontrar ló- 
gica su conducta, justificándola, en que no siendo 
apto para llenar las funciones de la vida, no se 
considera con derechos para encadenar a los 
sanos a sus destinos malogrados. 

Ramos Conozco el asunto. 

Rober. Es verdad, pues. Si fuistes tú quien me hicistes 
desistir o postergar su publicación, objetándome 
que los tísicos nunca llegan a darse cuenta de 
su mal... 

Ramos Es característico el optimismo de los tuberculo- 
sos, producto del estado febriciente en que viven. 

Rober. Bien; eso no hace ai caso. Luisa lee aquéllo y su 
imaginación empieza a fantasear y a despacharse 
a su gusto. «Lo has escrito a propósito y lo has 



56 



dejado a la vista para que lo lea. Niégame ahora 

que estoy tísica». Se exaspera y llega hasta a 

decirme sin empache las cosas más absurdas, ias 

sospechas más inverosímiles... 
Renata Que a mí también me alcanzaron. Atribuía mi 

solicitud por sus hijos al propósito de arrebatarle 

los derechos de la maternidad... 
Rober. ¡Cuánto absurdo! Hay que tomar, pues, alguna 

medida... 

R\mos Quisiera examinarla un poco. 

Renata Hoy no lo creo oportuno. Podría alarmarse... 

Ramos Mañana o pasado.... De cualquier modo, creo que 
no debes deshacer las maletas. El invierno se 
viene encima y es preciso llevarla a un clima más 
benigno; al Paraguay, por ejemplo. 

Rober. Lo he pensado. 

Ramos Por muchos motivos convendría, y no es el me- 
nos convincente, el de que es necesario preser- 
var a los niños. (Mira ia hora.) Es tarde ya. Si no 
me necesitas me marcho, porque me quedan por 
hacer algunas visitas. 

Renata Deja usted a Albertina... 

Ramos Sí. Adiós, Renata. ¡Y en cuanto a ti... paciencia! 
Mañana vendré (Le estrecha la mano. Mutis.) 

ESCENA IX 

Renata y Roberto 

RENATA (Después de us?. os instantes de ensimismamiento.) ¿En 

qué piensa usted, Roberto? 
Rober. Pienso... pienso... En verdad, no podría precisar 
en qué pienso. Tengo tantas cosas en la cabeza y 
en el espíritu... 



57 

Renata ¿Es que su fe empieza a quebrantarse?... 
Rober. ¡Mi fe! ¿Qué fe resiste a tanta inexorable eviden- 
cia? 

Renata La fortaleza, la energía, es fe... 

Rober. Siento que mis fuerzas se desmoronan. 

Renata Cuando más falta le hacen. Tiene usted que re- 
solver el viaje al Paraguay cuanto antes... 

Rober. La resolución está tomada. Diga usted mejor, que 
debo empezar a buscar los medios de realizarlo... 

Renata Lo sabía. Por eso he querido hablarle. 

Rober. ¿En qué sentido? 

Renata Decirle que no debe usted quebrarse la cabeza 
por buscar recursos. Venda mis bienes, o hipote- 
que, o haga lo que quiera de ellos... 

Rorer. ¡Oh! [No! ¡Eso nunca!... 

Renata No he hecho el ofrecimiento antes de ahora por 
desconocer su situación financiera y, un poqui- 
to, por temor de mortificar su susceptibilidad. 
Hoy sé que usted no sólo ha agotado su crédito, 
sino que también ha descontado sobre su porve- 
nir literario, comprometiéndose a realizar traba- 
jos a plazos determinados, sin contar con que las 
circunstancias pueden oponerse a sus deseos, 
pudiendo muy bien haber evitado esos extremos . 
Ya que ha querido hacerme el honor de otorgar- 
me su confianza, le impongo el castigo de tomar- 
me por prestamista. 

Rober. Gracias, Renata. De ningún modo podré aceptar 
su ofrecimiento... 

Renata Una sola condición le exijo: que reintegre usted 
en seguida el dinero tomado a cuenta de trabajos 
literarios. 

Rober. Repito que no tomaré un céntimo de süs bienes. 
Por otra parte, olvida usted que casi no tendría de- 



4 



38 



recho a disponer de ellos. Debe casarse en breve. 
Renata ¡Ahí Si sus escrúpulos son esos, poco me costará 

vencerlos. Ya no me caso. 
Rober. ¿Cómo? ¿Que está usted diciendo? 
Renata Sencillamente que he desistido de mi enlace... 

que he roto las relaciones con JorgB... 
Rober. No. Usted me engaña. .. o se engaña. 
Renata Ninguna de las dos cosas. 
Rober. ¡Oh! ¿Por qué ha hecho eso? ¿Por qué ha dado 

un paso semejante sin consultar con nadie? 
Renata Creo que los dos íbamos al matrimonio llevados 

por una simple complacencia afectuosa, nada más. 

De modo que la ruptura se produjo sin violencias, 

sin desgarramiento alguno. 
Rober. Las causas, los motivos, ¿cuáles fueron?... 
Renata Una trivialidad. 

Rober. No lo creo, Renata. Usted lo ha hecho por nos- 
otros, para poder entregarse más libre y entera- 
mente a su devoción caritativa por Luisa y por 
nuestros pobres hijitos. ¡Oh, gracias! ¡Es usted 
una santa!... Pero no hemos de consentirle tal 
sacrificio. Se lo contaré todo a Luisa... 

Renata ¡Muy bien pensado!... ¡Alármela usted más de 
lo que está!... 

Rober. ¡Oh, Renata! ¡Renata!... (Muy conmovido estrechán- 
dole las manos.) ¡Qué alma la suya!... 

ESCENA X 
Dichos y Luisa. Después Albertina 

Luisa (Apareciendo con un diario en la mano, alborozada.) ¡DoC- 
tor!... ¡Doctor Ramos! ¡Ah! (Paralizada .al sorpren- 
der la actitud de Roberto y Renata.) 

Rober. ¿Qué ocurre, Luisa?... 



39 



Luisa (Reponiéndose un tanto.) Creí que estuviera el 
doctor... 

ROBER. (Alarmado.) Estás demudada. ¿Qué te pasa? (Con- 
duciéndola muy afectuoso.) Ven, siéntate... ¿Fué un 
acceso de tos?... Algúrí esfuerzo, seguramente. 

Luisa Ya pasa. Es que... ¡Imagínate mi emoción!... (Como 

ahuyentando sombras de la mente.) ¡Oh, SÍ no es po- 
sible!... 

Eober. ¿Qué, hija mía?... 

Luisa ¡Oh, nadal... Imagínate, imagínate mi alegría al 
leer la noticia... Corrí en seguida a consultarle a 
Ramos... Creí que estuviera aquí con ustedes, y... 

Eober. ¿Acabaremos de saber de qué se trata? 

Luisa ¿Verdad, Roberto, qüe te alegrarás conmigo, hon- 
damente, infinitamente?... (Del todo respuesta y con- 
fiada.) Lee... lee... (Mostrándole el diari®.) La más 

sensacional de las noticias. Lee fuerte... ¡Ahí!... 
¡Esos títulos gordos!... ¡Lee pronto, pronto!... 

EOBBR. (Q ue ha hojeado el diario, tratando de disimular su emo- 
ción.) Sí; es una importante noticia. 

Luisa (impaciente.) Pero lee fuerte, hombre de Dios... 

Eober. Bien; te daré gusto. (Leyendo.) «El suero contra 
la tuberculosis.— Sensacional descubrimiento del 
doctor Behring.— Su confirmación plena. —Pa- 
rís, 8.-— Telegrafían de Berlín que el profesor 
Behring ha terminado una Memoria, que presen- 
tará a la Academia de Medicina, demostrando ha- 
ber hallado el suero contra la tuberculosis. Refie- 
re casos en que ha tenido un éxito indiscutible de 
curación completa. La noticia ha causado honda 
impresión en todos los círculos científicos.» 

Luisa ¿Lo ves, lo ves?... Continúa; hay otro despacho 
todavía. 

Eober. (Leyendo siempre.) «Berlín, 8. — Se confirma la no- 



40 



ticia del descubrimiento del doctor Behring. El 
ilustre sabio se niega a suministrar informes, li- 
mitándose a manifestar que someterá el fruto de 
sus estudios a la opinión de sus colegas.» 

Luisa ¿Qué me dices, qué me dices ahora? 

Eober. Es una sensacional y consoladora noticia, pero 
no veo qué importancia directa pueda tener para 
nosotros. 

Luisa Te estás traicionando. Tonto; ¡si te vende la emo- 
ción! iAh, estalla de una vez conmigo! ¡Alegrémo- 
nos todos!... ¡Para qué seguir mintiendo si el 
remedio que me ha de sanar está ahí, y lo tendre- 
mos antes de un mes a nuestro alcance!... Oye- 
me; ya no me importa saber que estoy tísica, 
como antes no me preocupaba saber que tenía 
influenza, reuma o jaqueca, o cualquier otro mal 
pasajero y curable... ¡Ahora comprendo que te- 
nían razón ustedes al ocultarme mi estado! ¿Para 
qué hacernos desesperar de la vida, cuando exis- 
ten los Behring, los Roux y tantos otros sabios, 
creando salud para sus semejantes en el misterio 
desús laboratorios?... Y pensar que yo he sido 
cruel, tan torpe, tan... qué sé yo, con mis bien- 
hechores. ¡Oh, Roberto, Roberto! ¡Perdóname! 
¡Perdóname tú también, Renata!. . . ¡Y tú, Alber- 
tina!... ¿Dónde está?... ¡Con mi aturdimiento la 
he dejado sola! (a voces.) ¡Ven, Albertina, ven!. . . 
¡Oh! (Respira hondamente.) ¡Qué bien respiro atie- 
ra!... ¡Me parece estar sana!... (Muy extremosa, 
acariciando a Roberto.) ¡Roberto mío!... Roberto 
mío! ¡Cuánto habrás padecido!... ¡Cuánto te ha- 
bré hecho sufrir! (Aparecen Albertina y Mijita.) ¡Ven, 
Albertina; tú también, pobre Mijita!... ¡Vengan! 
¡Todos tienen que participar de esta alegría del 



41 

revivir!... Roberto, ¡qué dicha!... iQué dicha! 

(Estrechándolo con transporte.) iQuiéíl pudo pensar 

hace un rato, Albertina, en un cambio semejan- 
te!... 

Alber. ¡Oh, Luisa!... ¡Son las golondrinas que vuelven!... 



TELÓN 



ACTO SEGUNDO 



£1 despacho de Roberto. Amplia mesa de trabajo, atestada de libros 
y papeles, en artístico desorden 

ESCENA PRIMERA 
Roberto y Renata 

(Trabajan juntos, terminando de ordenar los originales de un libro.) 

Kenata ¿Quiere leer, Roberto? Creo que no falta ningu- 
no, pero tengo poca confianza en mi memoria. 

Kober. Los herejes. Me gusta poco ese título. 

Kenata Tiene tiempo de cambiarlo al corregir las prue- 
bas. 

Kober. La 9. a sinfonía. El imán. 

KENATA (Verificando los manuscritos.) El imán... 

Kober. El señor Pérez. El derecho de la tristeza. 

Kenata ... a la tristeza.., El cuento que menos me gusta. 
Yo, en su lugar... 

Kober. Necesito completar el volumen y no tengo tiem- 
po ni humor para escribir uno nuevo. Por lo de- 
más, todos son igualmente mediocres... 

Kenata No soy de esa opinión. Por qué no termina éste?... 
Con un par de plumadas tendría un espléndido 
broche para cerrar el libro Los derechos de la 
salud. 

Kober. No me tiente, Renata, no me tiente. Déme usted 
esos originales. . . 



44 



Ebnata ¿Qué va a hacer? 

Eober. Démelos usted... Sería un crimen publicar seme- 
jante artículo en estos momentos. Por la pobre 
Luisa, en primer término, y por el público, cuya 
malignidad encontraría en él abundante asunto de 
fantasías y comentarios. ¡Déme usted eso!... 

EENATA ¿Para guardarlo? (Le entrega el manuscrito.) 

Kober. No. Para romperlo. Así... Así... Así... (Despeda- 

zando el articulo.) 

Kenata (Fríamente.) Ha hecho üsted mal. 
Eober. En todo caso, siempre hay tiempo de recons- 
truirlo... 

Renata Por eso mismo ha hecho mal, porque acaricia la 

idea de poder publicarlo algún día. 
Eober. No comprendo. 

Renata Más criminal que darlo a luz hoy, sería acechar 

la oportunidad de poder hacerlo. * 
Eober. Le advierto, Renata, que está cometiendo una 

injusticia. 

Eenata Más injusto es usted consigo mismo. Volvamos 
la hoja, ¿quiere?... Los originales están en regla. 
¿Piensa usted corregir las pruebas del folletín?... 
Las han traído hace un rato de la imprenta. 

Eober. Sí. 

Eenata Yo podría hacerlo.. . 

Eober. Gracias, Renata; demasiado trabajo le doy. Yo, 
en su lugar, ya me habría declarado en huelga... 

(Voces en el vestíbulo.) ¿Qué pasa? 



45 



ESCENA II 
Dichos, Mijita y Pololo. Después Luisa 

Mijita (Regañando a Pololo.) ¿Crees que esto tiene discul- 
pa?... ¡Oh, las pagarás todas juntas, bandido!... 
¡Revoltoso!... ¡Miren los juguetes del niño!... 
¡Capaz de matarse, Virgen Santa!... Renata, te 
traigo a este picaro para que lo castigues. 

Rober. ¿Qué has hecho, Pololo?... 

Pololo Mentira. ¡No hacía nada!... 

Mijita (Mostrando un revólver ) ¡Y estaba cargado! 

Renata ¿Y de dónde sacó esa arma? 

Mijita La habían olvidado seguramente en la cochera el 
día que estuvieron tirando al blanco con el doc- 
tor Ramos. Yo oí un alboroto terrible en el 
corral, y no hacía caso, porque estoy acostum- 
brada a los estropicios de este bandido, cuando 
de repente lo veo corriendo a una pobre gallina 
clueca con el revólver en la mano... ¡Virgen 
Santa!... 

Luisa (Entrando.) ¿Qué ocurre?... 

Renata El señorito que jugaba con un revólver. . . 

Luisa Claro está. ¡Si dejan las armas en cualquier par- 
te!... ¡Qué sabe el inocente!... ¡Venga usted acá, 
Pololo!... Las armas no se tocan, porque se pue- 
den disparar y lastimar al niño. 

Mijita ¡Oh! ¡Él ya sabe para lo que sirven las armas!... 
Imagínate en que estaba empeñado en matar, en 
matar, sí señor, una gallina... 

Luisa ¿Y por qué, hijito, pretendías matarla?. . . 

Pololo Porque quiere quitarle los hijos a la patita blanca. 

Mijita Es una gallina clueca que yo no la he querido 



46 



echar, porque dice el quintero que es muy mala 
sacadora, y éste perjenio, que todo lo revuelve, 
la ha descubierto echada en el nidal de la patita 
blanca. 

Pololo Ya tiene tres patitos chiquitos y la gallina la pi- 
cotea y quiere quedarse con ellos... Es una ladro- 
na, ¿verdad? 

Luisa Una ladrona, sí, una picara ladrona. ¿Por eso 
querías castigarla? 

Pololo Porque la pata es muy zonza y no sabe defen- 
derse. 

Luisa Bueno, hijito. Por toda esa gracia, Renata te per- 
donará la travesura. ¿Verdad, Renata? 

Renata Ese mimoso siempre está perdonado. 

Luisa Y vendrás con mamá a poner en salvo tu patita 
blanca. ¿Quieres que demos un paseo por el jar- 
dín, Roberto? 

Rober. Con mucho gusto. Aguarda a que ponga este ob- 
jeto fuera del alcance de este demonio. (Guarda el 

revólver bajo llave en uno de los cajones.) 

Luisa Llévanos tú, Pololo. 

Pololo Verás. Yo sé muy bien dónde están todos los ni- 
dos. (Yanse los tres hacia el jardín.) 



ESCENA III 
Mijita y Renata 

RENATA (Una vez qne se han ido, recoge prolijamente los pedazo» 

del articulo roto por Roberto.) 

Mijita ¿Qué haces, muchacha? 

Bknata Recojo unos papeles que he roto impensadamente. 
Mijita ¡Ah! (Pansa ) ¿Sabes que anoche la pobre Luisa 
no estaba bien? 



47 



Renata Lo sé. Te sentí varias veces levantarte. 
Mijita Pero no tosía ni tenía fiebre o fatiga, como otras 
veces. . . 

RENATA (Con indiferencia, ocupada en recomponer los papeles.) 

¿Y qué tenía? 

Mijita (impaciente.) ¡Te aseguro que lo pasó muy mal!... 

Renata (Con igual tono que antes.) ¡Ah, sí! No dijiste tanto 
al principio. «De la... sa... sa... sa...» ¿dónde es- 
tará el otro pedazo? Este es. «De la salud*. (Le- 
yendo.) «Nadie tiene derecho a exigirle a la vida 
más de lo... de lo que... de lo que está en aptitud 
de darle». 

Mijita (Fastidiada.) Bueno. Si te interesan más esos pape- 
lotes que tu hermana, no te diré tina palabra. 

Renata Habla, mujer, habla. ¿De qué se trata? 

Mijita Anoche Luisa . . . 

Renata La pasó mal . Ya te vi. ¿Qué más? 

Mijita ¡Qué más! ¡Qué más!... Me entiendes como si 
hablara del gato. (Severa.) ¡Eso está muy mal 
hecho! 

Renata ¡Ay! ¡Mijita malhumorada! ¡Mijita rezongando! 
¡Es extraordinario! ¿Qué te ocurre? 

Mijita Me ocurre... me ocurre que lo que está pasando en 
esta casa me tiene muy afligida. ¡Ustedes van a 
matar a la hijita Luisa! ¡Ustedes! 

Renata ¡Tanto has descubierto, Mijita!... 

Mijita ¡La están matando ya!... Luisa está más aniqui- 
lada por la indiferencia de ustedes que por su 
misma enfermedad. Había regresado muy bien 
del Paraguay, llena de salud y alegría, y en un 
mes que lleva de estadía acá, su buen humor, su 
apetito, sus colores, todo ha ido desapareciendo. 
Y con mucha razón. Ella, tan mimada durante 
toda su vida, verse ahora cuando más necesita 



48 



de la solicitud y la ternura de los suyos, arrum- 
bada, abandonada como un mueble viejo e in- 
servible... 

Renata ¿Es posible que tú también pienses en semejan- 
tes ridiculeces?... 

Mijita ¡Es que observo las cosas! Tengo aquí los ojos. 
Aquí, ¿me los ves? Bueno. 

Renata Lo que falta ahora es que tú des alas a las cavi- 
laciones absurdas de Luisa. 

Mijita ¡Ah! No crean contar conmigo otra vez para en- 
gañarla. Roberto había de resultar como todos 
los hombres: un zalamero farsante... 

Renata ¡Mijita! 

Mijita No me harás callar. Estoy dispuesta a hablar 
fuerte hoy. Un zalamero mentiroso. Mientras la 
mujer le servía, porque era sana, linda y fuerte, 
mucha devoción y mucho mimo. ¡Ahora para qué, 
si ya no la puede usar más!... ¡Bandido!... ¡Por- 
tarse así con una mujercita tan santa y tan des- 
graciada! 

Renata ¡Mijita, has perdido el juicio! 

Mijita Todo el día, en tanto ella anda por ahí, por los 
rincones, consumida por la fiebre y la tristeza, 
el caballero o está en la calle o está entregado a 
sus libros y a sus escrituras, como si no tuviera 
otra cosa más importante que atender. ¡Y tú!. . . 
Bueno; en verdad, de ti nada puedo decir, porque 
siempre fuiste poco expansiva; pero Luisa no 
está como para acordarse de ello, y atribuye tu 
retraimiento a temor, indiferencia o qué sé yo, 
si no es que pasan otras ideas más tristes por su 
cabecita. 

Renata 

(Un poco alterada.) ¿Qué sospechas, Mijita? ¿Qué 
ideas son esas?... Dilo en seguida. 



49 

Mijita ¡Hijita! Yo no he querido decir nada. Es una ma- 
nera de expresarme nada más. 

Kenata No intentes disculparte. ¿Cuáles son las ideas 
tristes a que te refieres? Vamos, dímelas, Mijita, 
y muy pronto, si no quieres verme alterada.., 
¡Vamos, vamos, vamos!... ¡Habla!... 

Mijita Pero si es un absurdo. Yo te conozco muy bien 
y sé que no serías capaz... 

Kenata ¿De qué? ¡Explícate de una vez!... 

Mijita Mira; te juro que ella no ha dicho ni una sola 
palabra, pero... ¡Oh! ¡Tú sabes muy bien de que 
soy incapaz de mentir! Nada ha dicho, pero en 
más de una ocasión se le han escapado expresio- 
nes que... bueno; yo no digo más porque es una 
cosa muy fea y muy triste... 

Kenata ¡Oh, empiezo a comprender!... 

Mijita Entonces, se acabó... 

Kenata No se acabó. Es necesario que completes tus 
pensamientos. 

Mijita Ella empieza a darse cuenta de que la estás 

reemplazando demasiado en esta casa... 
Kenata ¡Demasiado! 

Mijita No se cree tan enferma para no poder ayudar a 
Roberto en sus trabajos, ¿me entiendes?... Y 
luego los niños. Teme que acaben por perderle 
el cariño. Y en eso no le falta razón, porque las 
criaturas, a fuerza de estar a tus cuidados, hoy 
casi te prefieren. ¡Y luego la frialdad de Roberto 
y el verlos a ustedes siempre juntos!... 

Kenata ¡Oh, basta!... ¡Basta, Mijita!... Una palabra más 
sería una injuria, ¿me oyes?... ¡Basta!... 

Mijita Te juro Mijita, que yo... 

KENATA Basta... Vete de aquí... (Se pasea nerviosamente.) 

Mijita (Compungida.) No supongas que yo piense nada 



50 



malo de ti, mi hija... Mi hijita Luisa, tampoco. . . 
No vayas a decirle nada, ¿quieres? Atiéndeme: si 
he hablado es porque tengo mucho miedo, mucho 
miedo. La hijita Luisa tiene pensamientos extra- 
ños en su cabeza, ¿me entiendes? ¡Y debemos 
quitárselos! ¡Por eso, por eso nada más he dicho 
lo que he dicho, por la paz de esa desdichada 
criatura!... 

RENATA (Como si acabara de adoptar una resolución.) Está bien. 

¡Que Roberto no llegue a enterarse de nada de 
esto!.,. 

Mijita Puedes estar tranquila. ¿Qué piensas hacer? Me- 
dita bien las cosas, hijita, antes de tomar algún 
partido, no sea que empeores más la situación. 

Renata No preciso consejos. Déjame sola. 

Mijita (Yéndose.) iLas pobres hijitas!... 

ESCENA IV 
Renata, después Luisa y Roberto 

Renata ¡Oh!.. . Tenía que suceder. . . (s e sienta. Después de 

unos instantes de honda reflexión, recoge los fragmentos 
del articulo de Roberto, los contempla un momento como 
indecisa, y luego acaba de desmenuzarlos, arrojando con 
rabia los pedazos al cesto.) 
LüISA (En acalorada discusión con Roberto.) ¡No, HO y tío!.. . 

Esta vez no transijo. ¡Oh!... ¡Demasiado han ju- 
gado ya ustedes con mi voluntad!... (imitada y ner- 
viosa va a sentarse en una silla.) ¡No, no y no!... 
Rober. Cálmate, Luisa. Yo no insisto. Fué una simple 
idea que me pareció propio consultarte. Figúrese 
usted, Renata, que se me ocurrió que a los niños 
les sentaría muy bien un mes o dos de campo; le 



51 



expongo la idea y estalla como un cohete, sin 
atenderá mis razones, ni siquiera a mis excusas, 
Luisa Porque conozco las razones y las excusas de 
ustedes. 

Eober. ¿Por qué pluralizarlas? Creo qüe Renata nada 
tenga que ver. 

Luisa Sí; comprendo que se trata de un nuevo complot 

para separarme de mis hijos. 
Eober. No digas disparates.... ¡No te perturbes así, 

Luisa!... 
Luisa Es que... 

Eober. (interrumpiéndola.) Déjame hablar; no es cosa de 
que tú lo digas todo. Seamos razonables. 

Luisa ¡No insistas porque será inútil!... 

Eober. Ni lo pienso, Luisa. Te quedarás con ellos; no 
irán al campo ni a ninguna parte; ¡no saldrán de 
tu lado!... ¿Estás conforme? 

Luisa Lo estaré cuando me den la razón los hechos. 

Eober. ¡Oh, eso es terquedad, Luisa, o más bien ganas 
de mantener el entredicho! 

Luisa Así han procedido siempre. ¡Así!... ¡Así!... ¡Insi- 
diosamente! Guando me rebelo fingen renunciar 
a todo para aplacarme, para recuperar mi credu- 
lidad y mi confianza. Pero luego empiezan los 
zapadores a socavar mi resistencia, y una con- 
cesión arrancada hoy a mi debilidad y a mi des- 
cuido, es el pretexto de otra mayor que me 
arrancarán mañana, y de otra, y de otra, y de 
otra, hasta que les entregue todo, (con creciente 
exaltación.) ¡Así!... ¡Así!... Paciente e insidiosa- 
mente han ido relajando poco a poco mis ener- 
gías, maleando mi voluntad, limitando mi inde- 
pendencia, mi altivez, mi albedrío, acorralándome, 
estrechándome, reduciéndome. ¡Así! ¡Así! ¡Así!... 



52 



De esa manera, con procedimientos tan inicuos, 
tan . . . 

Kober. ¡Oh! ¡Basta, Luisa!... ¡Cálmate!... 

Luisa. No. No me desdigo. Con procedimientos tan ini- 
cuos han ido consumando el crimen, sí, sí; el cri- 
men de despojarme de mis atributos de esposa y 
madre, de la facultad de gobernar mi existencia 
e intervenir en la existencia de los míos y de 
todo, por el delito de tener la salud precaria, 
como si los bienes de este mundo fueran pa- 
trimonio exclusivo de la carne, más que un dere- 
cho de la salud moral. 

Kober. No te exasperes así, Luisa. ¡Cálmate! ¡Cálmate! 
Tranquiliza esos nervios, que hoy están endemo- 
niados. ¿Quieres un poco de bromuro? Tranqui- 
lízate y conversaremos de todas esas cosas. 
Verás cómo pronto espanto fantasmas de esa 
cabecita. ¡Oh! No. No intentes proseguir. No te 
permitiremos continuar en ese tono. 

Luisa ¿Lo ves?... ¡Lo ven!... ¡A esta lastimosa incapa- 
cidad de ente irresponsable me han reducido! No 
puedo ni pensar, ni discernir con mi propia auto- 
nomía. Son los nervios o es la fiebre lo que pien- 
sa, razona, se exalta y se rebela en mí. ¡Oh, ni el 
derecho de injuriarlos me van a dejar!... 

EOBER. (Sonriendo con benevolencia.) ¡Oh, Criatura!... ¿AcaSO 

no lo estás ensayando?... Vamos, vuelve en ti. . . 
Luisa ¡Basta!... No continúes en ese tono, que exaspera. 

Estoy harta de tu lástima. Estoy harta y empa- 
lagada de tu compasión. Protesta una vez, rebéla- 
te, enfurécete, castígame, maltrátame, arrástrame 
por el suelo, arráncame la carne a pedazos y me 
devolverás la conciencia de mi existir... ¡Morti- 
fícame!... ¡Oh, no puedo vivir así!... ¡No quiero 



55 

vivir así!... ¡No quiero vivir así!... (Su exaltación se 

resuelve en ana erigís de lágrimas y eae en brazos de Ro- 
berto, que la acaricia intensamenie conmovido.) 

¡Mi pobre Luisa! ¡Mi triste enf ermita!... 
¡Oh, Roberto! ¡Roberto! (Solloza hondamente, estre- 
chándolo, palpándolo, aforrándolo rabiosamente en ciertos 
momentos, como para asegurarse de su presión. Benata, 
después de contemplarlos un momento, entra en una habi- 
tación inmediata y regresa trayendo un frasco y una ca- 
chara.) 

(Al verla.) ¡Sí, muy bien pensado!... (Mientras Renata 

Hendía cuchara.) ¡Mi Luisa!... ¡Cálmese!... Tome... 
Esto la confortará. ¡Serénese un poco!... Beba... 
Es bromuro... 

¡No quiero!... ¡No quiero nada!. . . (Vuelca la medi- 
cina de una manotada.) ¡Quiero vivir!... ¡Devuélvan- 
me la vida!... 

¡Sé razonable! Para vivir es necesario recuperar 
las fuerzas.. . (Benata llena de nuevo la cuchara.) ¡Por 
ahora beba, beba esto! Sea buena... Yo le prome- 
to hacer su voluntad. . . 

(Después de una pausa, reaccionando como en un despertar 

lento y perezoso.) Sí... Dame... Necesito reponer- 
me. (Bebe.) ¡Ah! . . . Siéntame... Estoy cansada... 
Me duelen todos los músculos. . . 
Los nervios te han zurrado, Luisa , . . (Condución- 
ciéndola al diván.) Reclínate... A tu gusto... ¡Así!... 
¡Así!... ¿Te sientes bien? 
Sí... Estoy aliviada... Pero siento una sensación 
extraña... que no podría explicar... un doloroso 
bienestar... Sufro y no sufro... 

(Que se ha sentado en el suelo junto a ella.) Es la savia 

que recupera sus cauces. 

¡Quisiera estar siempre así!... Siempre... Siempre... 

5 



54 



ESCENA V 
Dichos y un Criado 

Criado Con permiso. Buscan al señor... 

ROBER. (Sin volverse.) ¿Quién? 

Criado De la imprenta. Desean hablar con usted. 

Rober. Dile que no estoy. 

Criado Yo... como no tenía orden... 

Rober. Entonces, que aguarde. 

Criado Está bien. (Mutis.) 

Luisa Ve, Roberto. Atiéndelo. Por mí no descuides tus 
asuntos. Estoy bien ya.... Ve... Cuando vuelvas 
habré recuperado el dominio de mis facultades, 
y entonces conversaremos mucho tranquilamente. 

Rober. Si es así, obedeceré a mi buena, a mi santa mu- 
jercita. (La besa en la frente.) Renata, la dejo a su 
cargo. 

Renata Pierda cuidado, Roberto. Se la devolveré a usted 

curada por completo. 
Rober. Lo creo. (Mutis.) 

ESCENA VI 
Luisa y Renata 

RENATA (Después de una larga pausa, a la espectativa de un pre- 
texto para entablar el diálogo, se aproxima a Luisa, que 
ha permanecido absorta en sus meditaciones con la vista 

fija en ei techo.) Luisa. Yo me voy. 

LUISA (Incorporándose, iluminada por una esperanza, con la 

vista fija en el techo.) ¡Cómo! ¿Qué dices? ¿Tú, tú 
te vas? 



55 



Renata Sí. Me voy. 

Luisa Tú... ¡No puede ser!... Aguarda un instante... 
Estoy todavía perturbada. 

Eenata ¡No, hermana mía; no intentes disimular o disfra- 
zar tus impresiones!... Le he prometido a tu es- 
poso que te curaría y aquí me tienes de médico 
del alma, operando en carne viva... Me voy. He 
comprendido que el más grave de tus males 
soy yo. 

Luisa ¿Por qué, por qué dices eso, Renata?... 
Eenata Tú estás celosa. 
Luisa ¡Oh! 

Eenata No lo niegues. Tienes celos de mí. Escúchame un 
instante, porque además de no ser sinceras tus 
protestas, perjudicarían la claridad de cuanto 
pienso decirte, y debes oírme. No temas que tra- 
te de ensayar mi defensa o de hacerte la caridad 
de un consuelo. Eso sí; como punto de partida, te 
diré que jamás, jamás cruzó por mi imaginación 
el pensamiento de disputarte nada de lo que era y 
es tuyo. Te digo esto, porque en otro tiempo hu- 
bimos de ser rivales en la conquista de Roberto. 
Fuiste la preferida, te casaste con él y yo tuve que 
vivir al amparo de tu hogar por que me quedaba 
sola; pero vine a él sinceramente, y sinceramente 
compartí siempre las alegrías y los dolores de tu 
vida. 

Luisa ¡Oh! ¡Sí! Es verdad, Renata. 

Eenata Bien. Después sobrevino tu enfermedad. De ahí 
parten todas las contrariedades. Yo cometí en- 
tonces el error de arrogarme atribuciones y dere- 
chos.,. 

Luisa No hables así, Renata. 

Eenata (Convincente.) Te juro que lo digo sin ironía. Fué 



56 

un error. En tu reemplazo asumí el gobierno de 
esta casa, pero con excesivas atribuciones. Esta- 
bas grave, te morías; Roberto no atinaba más que 
a lamentarse, y en esas horas de tribulación fuf 
el espíritu fuerte que lo sostuve todo. Los médi- 
cos aconsejaron el aislamiento de tus hijos y me 
convertí en la madre de tus hijos, Otro error. 

Luisa (En tono de reproche.) ¡Renata! 

Kknata Te sustituí demasiado. Procuré siempre que no 
echaran de menos el calor de tu afecto, y tus 
largas ausencias por un lado y la prodigalidad 
de mis ternuras por otro, han hecho que las 
inocentes criaturas se habitúen a mi trato y me 
prefieran. Luego tu interminable convalecencia, 
la indecisión, la perpetua inquietud en que hemos 
estado todos con respecto a tu suerte, es otra 
causa de que no se te haya permitido intervenir 
como antes en el gobierno de tu hogar. Tú eras 
el amanuense de Roberto; copiabas sus escritos; 
le ayudabas a corregir las pruebas. También te 
reemplacé. Roberto no podía consentir que et 
entregaras a una tarea fatigosa. 

Luisa ¡Y también Roberto se habituó a ti! . . . 

Eenata Precisamente. Se ha habituado. Y acabas de su- 
gerirme la síntesis de todo lo que nos pasa. Se 
trata de una cuestión de costumbre. Nos íbamos 
acostumbrando al estado de cosas que creara tu 
enfermedad. 

Luisa Es decir, anticipando los hechos, descontando mi 
desaparición, habituándose preventivamente a la 
idea de mi muerte. ¡Oh! ¡Pero está muy lejana 
ese día!... ¡Me resta mucha vida aún!...- 

Eenata Por eso es que quiero irme de aquí, para que nos 
«desacostumbremos» todos. He debido hacerlo 



57 



macho antes de que te presentaras a reclamar 
tus fueros... 

Luisa ¡Oh! Perdóname, Renata. Si me he rebelado es 
porque estoy convencida de que voy a curarme, 
a curarme pronto. 
¿No lo crees así, Renata? 

Ebnata Lo creo, Luisa. 

LüISA (Concierto aturdimiento nervioso.) Mira; anteS, CUan- 

do creía estar tuberculosa, antes del fracaso del 
suero de Behring y del viaje al Paraguay, que tan 
bien había de probarme, me había resignado a 
morir. ¡Imagínate! Me había resignado a mi suer- 
te y muchas veces a solas con mi tristeza, pensa- 
ba en la situación en que quedarían ustedes des- 
pués que yo muriera; pensaba en mis hijos, en 
Roberto, en ti, en el destino de los seres más 
queridos, y hallaba muy lógico todo lo que hoy, 
sana, me resulta un despojo. ¡Ah! ¡Si Roberto y 
Renata se casaran!... Y acaricié esa idea, cuya 
enunciación me hacé temblar en este momento, 
te lo confieso, como una prolongación de mi 
reinado en el alma de Roberto y una suerte para 
las pobres criaturitas, que poco iban a echar de 
menos el cambio de madre. Pero luego, cuando 
empecé a sentirme fuerte, cuando volvió a mi 
ánimo esta certidumbre, esta seguridad que tengo 
de vivir y de curarme, la idea se ha convertido 
en una dolorosa obsesión. ¡Sí, Renata; tienes ra- 
zón! ¡Estaba y... estoy celosa!. . . Nunca sospe- 
ché de ti, te lo juro, pero temía por él. Lo veía, 
lo veía habituarse... acostumbrarse demasiado a 
tu compañía, a tu contacto, a tu solicitud; miraba 
enredor mío y me veía tan substituida por ti, 
que no pude, no tuve fuerzas para dominar mis 



58 



inquietudes, y rae dejé arrastrar por el temor y la 
duda hasta el extremo doloroso en que me has 
sorprendido de recibir la noticia de tu partida sin 
alientos para decirte: ¡quédate, hermana mía!... 
Kenata Adiós, Luisa; Roberto te quiere, te quiere coma 
antes. 

Luisa ¿Tú lo crees, tú estás segura, verdad, de que 
me quiere?... 

Kenata Sí. Estoy segura, así como lo estoy de que pron- 
to sanarás de esa... 
Luisa De esa bronquitis... 
Renata De esa bronquitis. 

Luisa Yo lo siento. Ya la tos no me acosa como antes* 
respiro más a gusto y estoy de mejor semblante 
y más gruesa, ¿verdad? ¡Ah, qué emoción poder 
pronto, muy pronto, ocupar mi puesto de madre 
y de esposa, besar a mis hijos como antes! . . . 
Porque ya puedo besarlos sin temor, ¿no es 
cierto?... 

Renata ¿A los niños?... No. Todavía no sería prudente 
que te entregaras demasiado a ellos. Pero es 
cuestión de aguardar unos días más a que estés 
completamente restablecida. 

Luisa Tienes razón. Es preferible. ¿Y a dónde vas, 
Renata?. . . 

Renata No lo he determinado aún. Pero es muy posible 
que vaya a refugiarme a casa de los viejos tíos 

provincianos. 

Luisa No les serás muy gravosa, porque como tienes 
tus rentas... 

Renata ¿Mis rentas?. . . Sí... Sí... 

Luisa Supongo que te pondrás de acuerdo con Ro- 
berto. . . 

Renata Ahora no; Roberto debe ignorar, como compren- 



59 



derás muy bien, las causas de esta determinación. 
Yo me voy ahora mismo. Tú te encargarás de 
disculparme, de justificarme ante él. Adiós, Luisa. 

(Le tiende la mano.) 

LüISA No, Renata. Así nO. (La estrecha y la besa contor- 
nara.) ¡Así!... ¡Así!... ¡Gracias, hermana, gracias!... 
Cuando esté curada, cuando todo haya vuelto a 
su quicio, volverás, ¿verdad? Te iremos a buscar 
con Roberto y con los nenes... Adiós, hermana. 

Eenata Adiós, Luisa. (Mutis.) * 



ESCENA VII 
Luisa, después Roberto 

LUISA ¡Ahí... ¡Era necesario!... (Se deja caer en el diván con 

laxitud extrema.) Ahora recomencemos a vivir. 

ROBER. (Entra. Se dirige al escritorio y comienza a revolver los 
papeles, buscando algo que no encuentra.) 

Luisa ¿Qué buscas, Roberto? 

Rober. Unas pruebas que tengo que corregir. Renata sa- 
brá a dónde están. (Llamando.) ¡Renata! (a Luisa, 
afectuoso.) Y... ¿estamos mejor? ¿Te has tranqui- 
lizado? 

Luisa Por completo. Me queda un poquito de laxitud. 

Rober. Está claro. No se juega impunemente con el 
temperamento. Ahora tienes que prometerme que 
no volverás a dejarte arrastrar por esos odiosos 
nervios. ¡No sabes cuánto nos has mortificado!... 
(Llamando.) ¡Renata!... t Hay que tener más forma- 
lidad, señora mía!... (Vuelve a ñamaría.) ¡Renata!... 

Luisa No la llames. Es inútil. 

Rober. ¿Por qué? ¿Ha salido? Yo estaba en el vestíbulo 
y no la he visto pasar. 



60 



Luisa Se ha ido . 

Rober. No puede ser. No acostumbra salir a estas horas. 

Luisa Se ha marchado para no volver. 

Rober. ¿Qué dices, Luisa? No. No. Es tina broma tuya. 

Eso no puede ser cierto. 
Luisa Se ha marchado para no volver... Me encargó que 

la disculpara contigo, 
Rober. ¡Ah! ¡Luisa! ¡Luisa!... 
Luisa A mí también me pareció extraño. .. 
Rober. Luisa... .-¡Tú la has echado!... ¡Tú la has echado!... 
Luisa Te aseguro que no. 

Rober. <cada vez más exaltado.) ¡Tú la has echado!... ¡Dime 
la verdad'... ¡Responde!... Tú... tú has sido... Tú, 
Luisa. ¿Por qué has hecho semejante cosa? ¿Por 
qué? 

Luisa (Severa, reprendiéndolo.) ¡Esos modales, Roberto!... 

Rober. ¡Has cometido un delito, Luisa!... 

Luisa ¿Por qué supones que la haya echado?... 

Rober. (sin oiría.) ¡Un delito!... ¡Un delito!... ¡Un delito 
de lesa gratitud!... 

Luisa Atiende, Roberto. Mira que es muy extraño que 
te exaltes así. . . 

Rober. (Como antes.) Tamaña desconsideración con la po- 
bre Renata, tan buena, tan solícita, tan devota, 
tan fiel... ¡Oh!... ¡Era deliberada entonces la es- 
cena que hiciste hace un momento!... 

Luisa (Con firmeza.) No. No, Roberto. Renata se ha ido 
por su voluntad. 

Rober. Pero Luisa, si eso no puede ser. Renata es una 
mujer razonable y de buen sentido. Si hubiera 
tenido el propósito de abandonarnos, lo habría 
anunciado previamente, lo habría justificado de 
alguna manera. Una fuga así, es inconcebible en 
ella. Vamos, Luisa. Si es verdad cuando me dices, 



61 



si es cierto que se ha ido para siempre, sü de- 
terminación tiene que obedecer a un grave, a un 
gravísimo motivo, y ese motivo tú no puedes ig- 
norarlo. Acabo de expresarme con alguna intem- 
perancia. No puedo disimular la impresión de tu 
noticia, tan desesperada y tan desagradable. Ha- 
bla, Luisa, habla. Dime con franqueza lo que ha 
ocurrido. Comprenderás que es preciso aclarar 
este misterio, para desagraviar cuanto antes a la 
buena hermana. Yo, por mi parte, no creo haber- 
le dado un solo motivo de resentimiento... 

Luisa Tampoco yo. Renata hace un instante, cuando tú 
te alejaste, me comunicó con su frialdad habi- 
tual... 

Rober. ¿Su frialdad? 

Luisa Sí, con su frialdad habitual, que había determina- 
do irse a vivir con los tíos de provincias. 

Rober. Entonces estará preparando su equipaje. ¡Oh! 
Felizmente estamos a tiempo de contenerla o de 
exigirle una explicación de su actitud. ¡Voy a 
verla! (Llamando.) ¡Renata! 

Luisa No vayas. Será en vano. ¡Se ha ido ya! . . . 

Rober. ¿Así? 

Luisa Así. 

Rober. ¿Con lo puesto, sin llevar equipaje, sin decirme 
adiós, sin besar a los niños?... 

Luisa Así. Me dijo que quería evitarse la mortificación 
de una despedida. 

Rober. ¿Ella? No puedo creerlo. ¡No, no y no!... Tampo- 
co puedo creer que su hermana, la compañera 
afectuosa de tantos años, la haya dejado marchar 
así, como a una criada, sin exigirle una explica- 
ción, sin que brotara de tu corazón una frase de 
protesta o un argumento capaz de retenerla un 



62 



día, una hora, ün minuto, el tiempo necesario 
para que entrara en razón o para que se fuera, si 
es que había de irse, con todos los honores de su 
dignidad. No. No te creo. Tú me engañas. Tú la 
has ofendido gravemente. Tú la has arrojado de 
esta casa. ¡Luisa, Luisa! ¡Tú has cometido un 
' crimen! 

Luisa ¡Roberto! ¿Olvidas que en todo caso habría ejer- 
cido un derecho?... 
Rober. ¡ Ah! ¡Lo confiesas!... 

Luisa No confieso nada. Te recuerdo simplemente que 
soy tu esposa. 

Rober. ¡Magnífica ocasión de ejercer tus derechos de 
esposa! ¡Magnífica! Tienes que estar muy per- 
turbada y fuera de ti, Luisa, para que intentes 
justificar de esa manera tu conducta. ¿Ignoras 
lo que ha hecho Renata por ti y por todos nos- 
otros?... 

Luisa No lo ignoro ni pretendo desconocerlo. 

Rober. Ignoras entonces lo que vale el sacrificio de una 
vida. Te quejabas no hace mucho de un despojo. 
Ella era el único despojado entre nosotros. Ella. 
Le hemos arrebatado la juventud, ¿entiendes?, las 
ilusiones, las esperanzas, la frescura, las alegrías 
de su juventud, lozana como una primavera. 

Luisa ¡Roberto, no hables así!... ¡Me haces daño! 

Rober. La hemos marchitado, la hemos envejecido de 
cuerpo y de espíritu; le hemos puesto una toca 
de monja, avezándola prematuramente en la con- 
templación del dolor y la miseria. 

Luisa ¡Roberto, tú ia amas!... 

Rober. (Como antes.) Renunció a su independencia, a su 
esposo, al hogar feliz que la aguardaba como una 
dulce realización de sus más acariciados ensue- 



63 

ños, para venir a compartir la miseria de nuestra 
vida sin sonrisas. Nada le quedaba por entregar- 
nos esa noble criatura, ni los bienes materiales. 
Con su fortuna hemos comprado un poco de oxí- 
geno para tus pulmones. 
Luisa ¡Roberto, tú la amas! 

Rober. ¡Oh! Ese tenía que ser el pago de tantos heroís- 
mos. La injuria de una odiosa, de una abominable 
sospecha. ¡Oh! ¡No!... ¡No!... ¡No!,.. ¡No será 
así!... Tú has perdido el dominio de tus senti- 
mientos. La fiebre te ha hecho cometer el crimen. 
Tenemos que reparar, sí, reparar la horrenda in- 
justicia. ¡Oh! (Llamándola.) ¡Renata!... ¡Tenemos 
que pedirle perdón de rodillas, de rodillas!... [Re- 
nata! ¡Corro a buscarla!... (Lo hace.) 

Luisa ¡No, no la llames!... ¡No la llames, Roberto!... 
¡Me condenas, me matas!,.. ¡Roberto!... 

Rober. (Desapareciendo, alterado y descompuesto.) ¡Renata!. . . 
¡Renata!... ¡Renata!... 

Luisa (Al mismo tiempo.) ¡Roberto!... ¡Roberto!... ¡Ro- 
berto!... (Cae de rodillas junto a la puerta sollozando. 
Pausa. Luego se incorpora y con gesto de supremo des- 
consuelo.) ¡Todo, todo ha concluido!.. . ¡Todo!. . . 

(Se desploma en una silla y se entrega a un agitado pro- 
ceso mental. Se levanta después de unos instantes, con 1% 
seguridad de una resolución enérgica, y corre hacia el es- 
critorio, forcejeando por abrir el cajón donde Roberto ha 

guardado el revólver.) ¡La completa deliberación!.. . 



64 



MlJITA 

Luisa 

Mijita 
Lüisa 



Mijita 
Luisa 



ESCENA VIII 
Luisa y Mijita 

(Que ha visto azorada los últimos movimientos de Luisa 
corre hacia ella.) ¡Híjlta Luisa! 

(Con un movimiento brusco de sorpresa.) ¿Qtié quieres 

aquí, Mijita? Vete. 

Pero Luisa, ¿qué haces? ¿Qué buscas? 

(Dominándose y mintiendo.) Yo. . . Nada. BuSCaba 

unas carillas escritas... de Roberto. Está con 
llave el cajón. ¿Sabes? ¿Quieres ir a pedírselas a 
Roberto?... Tráemelas, sí. Corre a traérmelas. 

Voy, Luisa... (Se aleja lentamente, volviéndola cabeza 
con desconfianza.) 

(Así que Mijita le da la espalda, reanuda nerviosamente la 
tarea de forzar la cerradura.) 



TELÓN 



ACTO TERCERO 



La misma decoración del acto segundo. Una lámpara con abatjonr 
ilumina débilmente la escena 

ESCENA PRIMERA 
Renata, Albertina y Mijita 

(Esta última, hundida en un canapé, duerme profundamente; 

RENATA Debe Ser muy tarde ya. (Va a mirar el cielo sin desco- 
rrer las cortinas.) Es de tlOChe aún. (Volviéndose.) 

Pero cantan los gallos. ¿Qué dirán en su casa, 
Albertina? 

Alber. ¡Oh! Duermen todos. 

Renata Ramos es un trasnochador impenitente. 

Alber. El club, Renata. Felizmente ahora poco cuida de 
su profesión; pero antes, antes ese hábito era un 
verdadero sacrificio. Acostarse a las cuatro y le- 
vantarse a las dos o tres horas después para 
atender su clínica y visitar a los enfermos. ¡Figú- 
rate! ¿Ustedes estarán muy rendidos? 

Renata Yo no siento la menor fatiga, y eso que en estos 
dos días, tres casi, habré dormido a lo sumo un 
par de horas de continuo. Roberto ha descansa- 
do menos, pero está doblemente sobreexcitado. 
Se sostiene a fuerza de café, que bebe en dosis 
enormes, y de licores... 

Alber. Deben procurar que descanse. 



66 



Renata ¡Quién lo convence!... Ahora, si las noticias que 
nos da Ramos son favorables, como lo espero, 
trataremos de que tome un calmante. 

Alber. Ramos le dejó ayer una fórmula de cloral. 

Renata Tendrá que hacérsela beber él mismo. Si él no lo 

Convence... (Interrumpiéndose con un estremecimiento.) 

¿Eh?... ¿Qué es eso?... 
Alber. Nada. Mijita que sueña fuerte. 
Renata ¡ Ah! Yo también estoy con los nervios en tensión. 

El menor ruido me produce un sobresalto. . . 
Alber. No es para menos, hija. ¿Por qué no mandas a 

dormir a esa pobre vieja? 
Renata Otro imposible. 

Alber. Es que a este paso van a enfermar todos... 

Renata Vamos a tentarlo, (se acerca a Mijita.) ¡Vieja! ¡Mi- 
jita!... 

Mijita (irguiéndose con tragioo sobresalto.) ¡No, no le hagan 
nada!... ¡Yo la defiendo!... ¡Yo!... (Despertando.) 
¡Ay, eres tú!... Mira, casi me he dormido. Si no 
me hablas, seguramente me viene el sueño. 

Renata ¿Por qué no te acuestas un rato, Mijita? 

Mijita ¡Para qué, si no podría dormir! 

Alber. Para que descanse el cuerpo, Tú no estás en 
edad de hacer esas pruebas. . . 

Mijita Soy más fuerte que todos ustedes. Voy a ver si 
es hora de darle la medicina a mi hija Luisa. 

Renata Aguarda. Está el doctor. 

Mijita Hacen muy mal en dejarme dormir así entonces. 
Demasiado saben que yo soy quien la entiende, 
quien le da los remedios, la única persona que 
puede cuidarla. La única que tiene derecho a 
cuidarla; la única, la única, la única. . , (Se va re- 

funf uñando por la derecha.) 

Renata ¡Ahí la tienes! 



67 



Alber. Un perro. 

Renata Un perro viejo, lunático. Acabas de oiría. Todo el 
día está rezongando así. Nadie ama aquí como 
ella a la hijita Luisa; nadie sabe ni quiere cuidarla. 
¡Ni quiere cuidarla! El temor de perderla le sugie- 
re las más estravagantes ocurrencias. Figúrate 
que en los primeros momentos, hasta pretendía 
que Roberto no se acercara al lecho] de Luisa . 
«Retírese de aquí. Usted es un miserable. Usted 
es el causante de su muerte» . . . 

Alber. Chocheces, manías de vieja. 

Renata ¡Ah! Pero ella no es el marido ni la hermana de 
la pobre Luisa. La adora como la más tierna y 
cariñosa de las madres podría adorar a un hijo. 
Quizá la muerte de Luisa la lleve a la tumba; pero 
pretende que los vínculos de sangre tienen que 
determinar un afecto más hondo, más intenso que 
que el suyo, «el de una pobre sirvienta»— son sus 
palabras— y su pobreza de espíritu no concibe la 
serena resignación con que, tanto Roberto como 
yo, aguardamos el desenlace previsto e inevitable 
de esa vida amada. A eso obedecen sus recrimi- 
naciones... 

Alber. ¡El desenlace inevitable! Ramos, desde que em- 
pezó a asistirla, me dijo que sólo un milagro po- 
dría salvarla. 

Renata ¡Recuerdas cuando se ilusionó con la noticia del 
descubrimiento de Behring!... 

Alber. ¡Pobre Luisa! ¡Pobre amiga!... ¡Lo que habrá pa- 
decido al ver desvanecidas sus últimas ilusiones!... 

Renata Se aferró en seguida a la esperanza de un error 
de diagnóstico. 

Alber. Pero ahora está convencida de su fin próximo. 

Renata Parece desear la muerte como una liberación. 



68 



Alber. iQué tristeza!... ¡Qué dolor!... Yo no sería capaz 

de resignarme a morir. 
Renata Yo le preferiría. Sólo deben vivir los sanos. 

ESCENA II 
Dichos, Roberto y Ramos 

Alber. (a Ramos.) Y. . . ¿cómo la hallas? 

Ramos Mucho mejor. Reacciona enérgicamente. 

Rober. Vayan a su lado. Quiere verlas. 

Alber. ¿Tú me aguardas, verdad? Supongo que me lle- 
varás a casa, digo, si mi presencia no es necesa- 
ria aquí más tiempo. . . 

Rober. Gracias, Albertina. Usted debe descansar. 

Alber. ¿Y usted no? Ramos tiene que imponerle un poco 
de reposo a este otro enfermo. (Mutis con Benata.) 

ESCENA III 
Roberto y Ramos 

Rober. Siéntate. 

Ramos (Encendiendo un habano.) Mi gorro de dormir. 
Rober. ¿Tienes otro? 

Ramos ¡Perdón! No te ofrecí porque creo que no te con- 
vienen más excitantes. Es necesario que duermas, 
que des un poco de alivio a esos nervios que de- 
ben estar como cuerdas de violín. (Le da un cigarro.) 
¿Tomaste el chocolate? 

Rober. (Encendiendo.) ¿Para qué?... ¿Quieres una copa 
de cognac? 

Ramos Paso, como dicen los jugadores de pocker. 



69 

ROBER. (Se sirve de una botella, que está sabré el escritorio, y bebe 

la copa de un sorbo.) No le he preguntado a Alber- 
tina por los niños. 

Ramos Durmiendo a pierna suelta deben estar con los 
nuestros. 

Rober. ¿No han extrañado? 

Ramos Muy poco. Les dura aún la novelería del cambio 
de vida. Preguntan por Renata con alguna fre- 
cuencia. ¿Luisa no ha insistido en verlos? 

Rober. Al contrario. Renata le ofreció esta noche lle- 
várselos y se negó a recibir con singular energía. 

Ramos A medida que la fiebre cede, va recobrando el 
dominio de las cosas con una serenidad extraor- 
dinaria. 

ESCENA IV 
Dichos y Renata 

Renata (Desde la puerta.) Doctor, pide que la transporte- 
mos a un sillón; ¿usted cree que sería conve- 
niente? 

Ramos Pueden hacerlo. Tal vez esté más cómoda así. . . 
Rober. ¿Necesitan ayuda? 

Renata Parece que no. Se ha incorporado con mucha 
energía. En todo caso, avisaremos. (Mutis.) 

ESCENA V 
Roberto y Ramos 




ROBER. (g e sirve una nueva copa de cognac.) 

Ramos ¿Más cognac? ¡No, hombre, no! No es razonable. 
Rober. Quisiera aturdirme un poco. 



70 

Kamos ¿También piensas tú que el alcohol aturde? ¡Duer- 
me! Lo necesitas. Podría darte una inyección de 
morfina. 

Rober. Déjame así. Di me; ¿cuánto crees que pueda 
durar aún? 

Ra^gs ¿Luisa? Es imposible precisar con certeza el des- 
enlace. Si esta reacción continúa, podría tirar 
algunos meses. 

Rober. ¿No temes alguna complicación? 

Ramos Tenemos que esperarlo todo. 

Rober. ¿Todo, verdad? La muerte también. 

Ramos Ya te lo he dicho. ¿Es que ese ánimo empieza a 
decaer? ¿Te espanta la inminencia del golpe final? 

Rober. No me espanta. Lo deseo, ¿sabes? (Acentuando.) Lo 
deseo. 

Ramos (Estupefacto.) ¡Hombre!... 

Rober. Te parece una atrocidad. Pues es así, es así. Lo 
deseo. 

Ramos Me explicaría ese sentimiento ante la perspectiva 
de una larga y dolorosa agonía. Pero en este caso 
no existe semejante temor. Luisa se consumirá en 
una progresiva languidez, apacible y esperanzada. 

Rober. ¿Y si así no fuera? 

Ramos Te aseguro que así será. 

Rober. ¿Y si estuviera condenada al tormento de una 
agonía moral más cruel que todos sus dolores 
físicos? 

R\mos No te entiendo. 

ROBER. (Después de cerciorarse de que nadie viene.) Yo le 

arranqué el revólver de las manos. ¿Comprendes 
ahora? 

Ramos Entendámonos, Roberto. Estás tan febriciente 
que no sabes lo que dices, o me vienes con una 
confidencia literaria. 



71 



¡ober. No hago literatura. Luisa estuvo a punto de pe- 
garse un tiro. La sorprendí en el momento en que 
violentaba la cerradura del escritorio y se apo- 
deraba de mi revólver para matarse. Yo nada te 
había contado por falta de oportunidad, o mejor 
dicho, porque creí poder mantener en secreto 
este drama de mi hogar y de mi vida. Pero ese 
secreto se ha convertido en una obsesión espan- 
tosa, inaguantable, y antes que el delirio o el 
alcohol me lo hagan decir a gritos, quiero que tú 
me alivies de su peso. 

Umos Vamos. Serénate y habla. 

bOBER. Yo puse el arma en manos de Luisa, i Yo!... 

¿amos ¡Ah! ¡No!... 

iober. ¡Yo, yo, yo!... 

Umos No, no. En este tono no andaremos bien. Expon 
los hechos tranquilamente, que ya llegará su turno 
a la distribución de responsabilidades. No te cas- 
tigues aún. 

líOBER. (Serenándose.) Sí, tienes razón. (Pausa.) Tú cono- 
ces muy de cerca mi vida. Sabes que ha transcu- 
rrido sencillamente, sin lucha, sin conflictos ni 
complicaciones de ningún género. Mi matrimonio 
no fué otra cosa que un episodio amable en la se- 
renidad de mi existencia. Encontré a Luisa en mi 
camino, fresca, sana, hermosa, sutilmente espiri- 
tual... La amé, me amó y formamos un hogar mo- 
delo de apacible convivencia. Ni una nube, ni el 
menor barrunto de perturbación. Sanos de cuerpo 
y espíritu, ni ella ni yo podíamos aspirar a más. 
Pero sobreviene la enfermedad de esa criatura. 
]Eh!...Noes nada. Un contratiempo, un factor 
negativo de antemano descontado en el fácil pro- 
blema de nuestra dicha. ¿Que se agrava? Un poco 



de inquietud, un poco de piedad y un crescendo 
de afecto y de ternura por la amada sufriente. 
¿Que se agrava más aún? ¿Que se llega a temer 
por su existencia? Ese temor no me alcanzó; no 
llegó a conmover mi seguridad, mi optimismo, mi 
fe; la fe de mi salud en la resistencia de ese or- 
ganismo pletórico de sanas energías. ¿Lo recuer- 
das? ¡Ah! Pero luego vino la condena, la espan- 
tosa revelación de la impotencia humana contra 
los elementos inexorables, y ante ese fallo inape- 
lable, todo cuanto en mí vibraba se desmoronó. 
De esa fe mía que era un roble, fueron una a una 
cayendo las hojas, los brotes, desgajándose los 
retonos, y la fronda de mis esperanzas quedó con- 
vertida en un mísero montón de cosas inertes, de 
hojas secas, de ramas sin savia enredor del viejo 
tronco inconmovible. ¡Oh!... ¡Tú sabes cuánto 
he sufrido!... ¡Qué injusticia!... ¡Qué injusticia!..^ 
¡Qué injuria el aniquilamiento de esa vida grávi- 
da de la eterna potencia!... ¡Qué dolor!..» Sin 
embargo, yo estaba sano, ¿me entiendes?, sano, 
incontaminado. Subsistía el viejo tronco arraigado 
en el mismo corazón de la tierra y en sus venas 
comenzaron a hincharse, a hincharse, y la deso-< 
lación de aquella derrota a animarse con la ale- 
gría de ías verdes reventazones. ¡Oh! ¡La salud! 
¡La salud! Madre egoísta del instinto creador, nos 
traza la ruta luminosa e inmutable, y por ella va 
la caravana de peregrinos en lo eterno y va, y va, 
y marcha, y marcha, y marcha sin detenerse un 
instante, sin volver los ojos una sola vez, sordos 
los oídos al clamor angustioso de los retardados, 
y los ojos exhaustos que va dejando en el camino 
que nunca se vuelve a recorrer... Sí. Yo estaba 



75 



sano. Me conformé. ¡Me resigné! Los inconsola- 
bles caen bajo el dominio de la patología. Luisa, 
incapacitada para las glorias de la maternidad, se 
convirtió para mí en un objeto de ternura, de in- 
finita ternura. Era todo cuanto podía darle. Ella 
se conformó. Advirtió la mudanza, y reclamó sus 
derechos a la vida integral; sospechó la verdad 
de su estado, y se la ocultamos para no atormen- 
tar más su larga agonía. Cuando hubimos de de- 
círsela, no quiso creerla, y desde entonces, á 
medida que aumentaba su confianza en el porve- 
nir, sus protestas se acentuaban por el despojo 
que presintiera en los primeros momentos y que 
no podía pasar inadvertido a su espíritu de análi- 
sis sutilizado y exacerbado por el mismo mal que 
la consumía. Un día no pudo más. Estalló. Arrojó 
a Renata de esta casa, o consintió que se alejara 
en condiciones que significaba lo mismo. Yo no 
tuve bastante dominio sobre mis impresiones 
para disimularlas o desnaturalizarlas, y explota- 
ron, estallaron con una violencia insospechada 
por mí mismo, y corrí en basca de Renata, 
loco, ciego, sin comprender qne dejaba en el 
espíritu de la infortunada compañera la desola- 
ción de una evidencia brutal; sin comprender que 
dejaba en sus manos el revólver con que había de 
sorprenderla un instante después, a punto de 
matarse. 
Kamos ¡Oh! Luego tú. . . 

Robsr. Amo a Renata. Sí; amo a Renata con todas las 
fuerzas del alma y del instinto y con todos los 
derechos de mi salud. No puedo negarlo y no me 
avergüenzo de esta pasión, que no es una impru- 
dencia ni un crimen. 



74 

Kamos ¿Y Renata?. . . 

Rober. Ella nada sabe de esta tragedia. Volvió a esta 
casa cuando Lüisa se puso tan mal para resis- 
tirla con la devoción de siempre. 

R\mos ¿Ignora por completo tus sentimientos? 

Rober. Nada le he dicho. Nada le he dado a comprender, 
pero tengo la certidumbre de haberla atraído a 
mis destinos con el imán de mis energías expan- 
sivas. Nada me acusaría pues; nada nos acusaría. 
Habríamos aguardado sin la menor impaciencia, 
te lo juro, aunque durara años la desaparición de 
Luisa, para emprender nuestra marcha. Luego 
aquí no-hay más que un crimen, el horrendo cri- 
men de haber amargado, envenenado los últimos 
días de la querida enferma, dejándole comprender 
la verdad de su despojo. Yo, yo, yo soy el tínico 
criminal. ¿Cómo evitar, cómo reparar los efectos 
del daño, cómo llevar un poco de paz a ese es- 
píritu torturado por la desesperanza? Ahí tienes 
la explicación de mi problema. Resuélvelo si eres 
capaz. 

Ramos ¿La revelación fué tan decisiva? 

Rober. Tal vez no, pero su convencimiento es inque- 
brantable. Ya lo ves. Iba a matarse. 

Ramos Es muy posible que exageres un poco, y que eso 
que crees un convencimiento no sea otra cosa 
que una impresión transitoria. Por otra parte, no 
hay nada más accesible al consuelo que un espí- 
ritu que empieza a sentirse corroído por la des- 
esperanza. Cálmate, pues. Tienes buen deseo y 
tienes ingenio. Prodígale tu solicitud y tu ternura, 
y verás qué pronto recobra su calma la pobre 
Luisa. 

Rober. ¿Y si así no fuera? 



I 



75 



Ramos Será así. Lo que hemos conversado me permite 
decirte sin ambajes esta crueldad: deja que obre 
el mal, deja que obre el mal. El alma más tem- 
plada se quebranta, las energías morales se rela- 
jan al par que las energías del organismo, y aca- 
bamos por llegar a un estado que únicamente 
nos deja ver las cesas al través del cristal verde 
de la esperanza o del cristal sonrosado de la ilu- 
lusión. Si estás en paz contigo mismo, no te 
atormentes más. 

ROBEB. ¿ES Un reproche? (Clarea im poco.) 

Ramos No, Roberto. Te he comprendido bien. Eres un 
fuerte. Pero toma un poco de cloral . Lo tienes 

por ahí. (Buscando sobre el escritorio.) Debe Ser é$te. 
Bebe Un par de tragOS. (Roberto bebe el cloral.) Así. 

Rober. Y ahora dime, dime con franqueza; ¿qué piensas 
de mí? 

Ramos ¡Hombre! . . . Pienso que eres un ingenuo. 

ESCENA VI 
Dichos, Albertina y Renata 

Alber. Roberto, le traigo las mejores impresiones. No- 
ticias de último momento. Luisa duerme como 
una santa. Ha charlado con nosotras como en sus 
mejores días. Es un organismo prodigioso el suyo. 
¿Verdad, Ramos? Un par de días más, y la vere- 
mos por esos jardines vendiendo salud. Por lo 
pronto, esta noche, o mejor dicho, esta mañana, 
no necesita de sus cuidados y podría usted des- 
cansar. Ella misma nos pidió que le obligáramos 
a acostarse . 

Rober. ¡Oh! Muchas gracias, Albertina. 



76 



Kamos Ya he conseguido que tome doral, 

Alber. Y tú también, Renata, debes irte a descansar. 

¿Quieres algo para tus nenes? 
Renata Un beso. Luego iré a verlos. 
Alber. ¿Nos vamos? 
Ramos Aguardo tus órdenes. 

Alber. Adiós, Roberto. Mucho ánimo. Hasta luego, Re- 
nata. (Ramos se despide y ambos se van. De una iglesia 
lejana llaman a misa.) 



ESCENA VII 
Roberto y Renata 

ROBER. (s e ec ha perezosamente sobre el diván, cada vez más 
dominado por la fatiga. El calmante va amodorrándolo 

poco a poco.) 

RENATA (Después de acompañar a Albertina y Ramos se vuelve al 
escritorio, disponiéndose a trabajar. La fatiga la invade 
también visiblemente.) 

ROBER. (Adivinando la presencia de Renata.) Renata, ¿qué haCe 

usted? 

Renata Pongo en orden estas pruebas para corregirlas. 

Rober. ¿De modo que no quiere descansar? 

Renata Estoy desvelada y aprovecho el tiempo. ( Pa usa 

larga. Roberto se revuelve, sin encontrar una postura có- 
moda.) 

Rober. Renata, ¿sabe usted que los niños la extrañan 
mucho? 

Renata No tanto. Dice Albertina que revolotean alegre- 
mente. (Pausa más larga.) 

Rober. Renata, acérquese usted; Venga un momento. 
Renata Con mucho placer. 

ROBER. Siéntate a mi lado. Así. (Después de un momento, con 



77 



voz y ademanes languidecientes.) El dOCÍOf RatTIOS 

acaba de llamarme ingenuo por mi fe en las fuer- 
zas conservadoras del instinto. ¿Qué piensa usted? 

Renata Que tiene usted razón. 

Rober. ¿Y por qué piensa así? 

Renata Porque también creo. 

Rober. ¿Usted no teme que ese optimismo pueda ser cri- 
minal? 

Renata No le entiendo. 

Rober. ¿No ha llegado a pensar que pueda ser un pretex- 
to para disculpar bajos, sucios, innobles apetitos?... 

Renata Cabe en lo posible tanto, que es lo más frecuen- 
te ver desnaturalizada la misión inequívoca de 
los sentidos. Por eso, seguramente, el doctor 
Ramos le llamaba a usted ingenuo. 

Rober. ¿Luego usted cree que nada tenemos que repro- 
charnos? 

Renata ¿Quiénes? . • . 

Rober. Nosotros . . . usted y yo . . . 

Renata Roberto, ¿por qué habla así?. . . 

Rober. ¿Piensa que nada tenemos que reprocharnos? 

Renata No. No prosiga usted. No le entiendo. No qui- 
siera entenderlo. 

Rober. Nuestros destinos están ligados ya. Venga, ven- 
ga. Hablemos serenamente del porvenir. 

Renata No. Calle usted, calle usted. Una palabra más y 
comenzaremos a ser criminales. ;Oh, por qué 
todo ha de ser así! . . . 

Rober. Renata, yo la he amado. . . 

Renata Basta, Roberto. Hemos concluido. Acaba usted 
de romper el encanto. . . 

Rober. Venga, Renata, venga. ¿Por qué mentir?. . . 

Renata ¿Porqué?... ¡Oh! ¡Mire usted un momento hacia 

allí! . . . (Señalando la habitación de Luisa.) 



78 



Kobeb. No se mira hacia atrás. El lamento de los ex- 
haustos no llega a la caravana ascendente de pe- 
regrinos de lo eterno. No llega, no llega. . . 

Kenata Se acabó, Roberto. 

Rober. No llega ... no llega ... no llega. . . (Se duerme.) 

EENATA (Se vuelve y al verlo dormido.) ¡Oh! Era la fatiga... El 
delirio lO hizo hablar... (Lo contempla un momento.) 

¡Oh! ¡Pobre compañero!... Noble amigo... (Domi- 
nada y vencida por la ternura, languideciendo con sensua- 
lismo enfermizo, se deja caer en una silla, besa suave- 
mente a Roberto en la frente, reclina la cabeza y queda 
adormecida.) 



ESCENA VIH 
Dichos y Luisa 

(Aparece la figura espectral de Luisa. Avanza hacia la ventana. Des- 
corre las cortinas y entreabre los cristales. La luz de un amanecer 
esplendente de primavera inunda la escena y llegan ampliamente 
los rumores del despertar de la Naturaleza. Luisa contempla el es- 
pectáculo, respira a bocanadas y luego se vuelve hacia el sitio don- 
de Koberto y Renata reposan, gobernando sus pasos con visible 
esfuerzo. Al llegar a ellos, no puede más y cae desvanecida.) 



BENATA (Se estremece por la impresión del airecillo matutino, se 
incorpora y ve a Luisa.) ¡LlliSa! . . . ¡LtlíSa! . . . ¡Oh! 

¡Perdón! ¡Perdón, hermana mía!... ¡Perdón!... 

(La levanta y la deposita en un sillón, arrodillándose a su 
lade.) ¡Perdón!... ¡Perdón!... (La* sofocan los sollozos.) 
ROBER. (Despertándose amodorrado.) ¡Luisa!... ¡Renata! ¡Oh, 

esto es un sueño! ¡Una pesadilla horrible! (Corre 
hacia eiias.) ¿Qué es eso, Luisa, esposa mía?... 
Eenata El crimen, Roberto, el crimen. 

KOBER. (Balbucea algunas palabras incomprensibles.) 

LüISA (Dulcemente.) ¡HijOS míos!... Estoy Cansada. (Pausa.) 



79 

¡Qué hermoso amanecer!... (Pausa.) Renata, tengo 

SUeñO. Ponme Una almohada. (Renata coloca un al- 
mohadón a sus espaldas.) ASÍ... Así... (Se adormece. 
Nueva pausa. Roberto se levanta con un gesto de supre- 
ma inquietud, le toma el pulso y palpa sus sienes.) 

Bbnata ¿Muerta? 
Kobbr. No. ¡Duerme! 



FIN 



EN FAMILIA 



PERSONAJES 



DELFINA = MERCEDES = EMILIA 

LAURA = DAMIÁN 
EDUARDO = JORGE = TOMASITO 



ACTO PRIMERO 



ESCENA PRIMERA 
Emilia, Mercedes, Laura y Eduardo 

Emilia ¡Oh! No ha de estar tan fundido..., cuando se hos- 
peda en el hotel siempre cuesta eso. . . 

Merce. En alguna parte tenía que alojarse el pobre hijo... 

Emilia Hay tantas casas de pensión baratas... 

Merce. No querrá llevar a su mujer a sitios que puedan 
desagradarle. 

Emilia ¡Oh! La tana pretenciosa, cuidado no se fuera a 
rebajar. 

Merce. Bueno; creo que no tenemos derecho a decir 
nada. En donde debió hospedarse Damián es 
aquí, en casa de sus padres, en su casa. 

Emilia Como para huéspedes es la casa. 

LAURA (Interrumpiendo la lectura del diario.) Si hubiese Ve- 
nido solo, menos mal. 

Emilia Ni solo; quien coma es lo único que sobra en 
esta casa. 

Merce. Y lo único que falta es quien trabaje. 

Eduar. ¿Empezamos ya con las indirectas? ¿Saben que 

me tienen harto ya? 
Emilia Pues te felicito, hermano. De un tiempo a esta 

parte, aquí nadie se harta de nada... 
Merce. Por culpa mía, ¿no? 



86 



Emilia No, señora, no. No. Por culpa nuestra, ¿verdad, 
Laura? 

Laura Claro está. Todavía no hemos encontrado un 
novio capaz de casarse y mantener a toda la fa- 
milia. 

Emilia Sin embargo, no deben afligirse. (Con intención.) 
Hay muchos medios de buscar fortuna. 

Merce. ¡Grosera! (Mutis.) 

Emilia ¡Oh! Para qué empieza... bien sabe que no nos 

mordemos la lengua... 
Eduar. Lo que digo es que tiene razón mamá. Damián ha 

debido venir a casa. Lo que habría de gastar en 

otra parte lo gasta con nosotros, y salvamos la 

petisa. 

Emilia Muy bonito es vivir de limosna. <a Eduardo.) Tú 
para los negocios tenés un sentido práctico, ad- 
mirable. 

Laura Limosna, no. Retribución de servicios, en todo 
caso. 

Eduar. Peor es vivir del cuento. 

Emilia Cuando no, habías de salir con alguna patochada. 

¡Guarango! 
Eduar. ¿Para qué tanto orgullo entonces? 
Emilia Tengo en qué fundarlo, ¿sabés? 
Eduar. ¡Miseria! 

Emilia Y vergüenza y delicadeza, todo lo que a ti te 
falta. 

Edüar. Cállate, idiota. 

Emilia Andá a trabajar. Sería mejor. 

Eduar, Para mantenerlas a ustedes; para costearles los 

lujos, las paradas. ¡Se acabó el tiempo de los 

zonzos! 
Emilia ¡Zángano! 
Eduar. ¡Laboriosa! 



,87 



Laura (Vuelve a interrumpir la lectura.) Mira, Emilia, quién 
se casa... Luisa Fernández con el doctor Pérez... 
Fíjate... 

Emilia ¿Qué me contás? Y ya sale en la vida social- 
¡Quién le iba a decir a la almacenerita esa! ¡Lo 
que es tener plata! 

Laura Ei mozo es muy bien. 

Emilia ¡Quién sabe, che! Hay tantos doctorcitos hoy en 
día, que una no sabe de dónde han salido. 

Eduar, ¡Eso es! Despellejen, corten no más. La diver- 
sión es entretenida y económica. ¿Dónde dejaste 
el mate? 

Emilia Búscalo con toda tu alma. 

ESCENA II 
Los mismos y Mercedes 

Merce. Caramba con Jorge, que no aparece. 

Eduar. ¿Aguardás a papá? ¿Hoy qué día es? ¿Jueves? 
¿Carreras en Belgrano? Espéralo sentada. 

Merce. No puede haber olvidado de que Damián viene 
esta tarde; además, sabe que no tenemos dinero 
y hay que comprar todo para la comida. 

Eduar. ¡Ah! ¿Comemos hoy? ¿Festejando qué cosa? 

Merce. Uf... Son muy graciosos ustedes todos; toda la 
gente de esta casa. ¡Qué importa que nos devore 
la miseria ni vivir una vida de vergüenza y de 
oprobio, debiendo a cada santo una vela, pechan- 
do y estafando a las relaciones, desconceptuados 
y desgraciados! 

Emilia ¡Desgraciados, no! 

Merce. ¡Desgraciados, sí, desgraciados! Nada les preo- 
cupa ni les quita el buen humor. ¡La verdad es 
que no sé qué laya de sangre tienen ustedes! 



88 

¿Que no hay que comer? ¡Nunca tan alegres y 
jaranistas! ¿Que nos embargan los muebles? 
¡Pues viva la patria! ¿Que el viejo hace una de 
las suyas? ¿Han visto? ¡Qué rico tipo! 

Emilia ¡Ay, señora; ya no se usa llorar por eso! 

Merce. No; no les pido que lloren, sino... 

Emilia ¿Qué? 

Merce. Nada... nada... Damián no es como ustedes, no. 

Emilia ¡Oh! Es tina monada su hijito; si no fuera por él, 
no andaríamos tan bien vestidas, ni pasearíamos 
tanto, ni cumpliríamos nuestras relaciones, ni si- 
quiera comeríamos regularmente. 

Laura Ni tendríamos todas estas alhajas. 

Merce. No tiene obligación de mantenernos. 

Eduar. Pero yo sí, ¿verdad? Aquí te quería para tu Da- 
miancito, que está en buena posición, sino rico... 
ni un reproche; todo me lo reservas. Te agradez- 
co la preferencia. 

Merce. Sabe ganarse la vida. Se ha hecho ün hombre, y 
lejos de sernos gravosas, bastante nos ayudaba. 

Emilia ¡Ayudaba... bien dicho! 

Eduar, Creo que yo no les hago mucho peso; cómo cuan- 
do hay, duermo en un rincón, y a veces hasta les 
ayudo en las tareas de la casa. ¿Qué más quie- 
ren? Además, lo he repetido hasta el cansancios 
no quiero trabajar. . . ¡No quiero trabajar! Y 
cuando se aburran de tenerme en casa, me lo 
dicen. Me pego un tiro y se acabó. 

Merce. ¡Ave María, muchacho! ¡No digas locuras, por 
Dios! 

Eduar. Y lo hago, ¿eh? No crean que es parada. <a Emiiia.> 

¿Dónde dejaste el mate? 
Emilia En el comedor. 
Eduar. Gracias. (Mutis.) 



89 



ESCENA III 
Dichos, menos Eduardo 

Emilia Ahí tenés lo que sacás con ponerte a hablar zon- 
ceras. Al otro le vuelve la manía y es capaz de 
hacer una locura. 

Merce. ¿Pero qué he dicho yo? ¡Señor, Señor, por qué 
somos así! En esta casa no hay un momento de 
paz. Ni hablar se puede. Abre uno la boca, y es- 
tán todos con las uñas prontas para tirar el zar- 
pazo a la primera palabra. Acabamos por odiar- 
nos de esta manera. 

Emilia La verdad es que cada vez nos queremos menos. 

Merce. Quizá no te falta razón. 

Emilia La tengo, mamá. Lo que es para vos el único 

hijo es Damián y de papá ni siquiera ese... 
Laura Y Tomasito. 

Emilia Es verdad que es su discípulo; lo hace estudiar 

para calavera y lo lleva a las carreras. 
Laura Y a la ruleta por cábala. Es mascota el chico... 

(Pansa, señalando a Mercedes que Hora.) Fíjate aquello. 

Emilia ¡Claro está!... Che, ¿es lindo el folletín nuevo? 

Laura Me parece una zoncera. . . Puede ser que más ade- 
lante mejore. ¿Querés el diario? Yo voy a arre- 
glarme un poco. Esos no han de tardar. 

Emilia Es cierto. ¿Cómo está mi pelo? 

Laura Bien, pero no me gusta como te queda ese peina- 
do; te hace más delgada. 

Emilia Si me ayudas, lo cambio. 

Laura Para lo que te cuesta... Tengo que arreglarme yo 
primero... 

Emilia Así sos egoísta... A ver, mamá... déjate de llorar 



90 



y cámbiate ese vestido, que estás impresen- 
table. 

Merce. Estoy bien para recibir a mi hijo en mi casa. 
Emilia Hacé lo que quieras. Vamos, che. (Mutis Emilia 

y Laura.) 

ESCENA IV 
Mercedes y Jorge 

Merce. ¡Pobres hijos! . 
Jorge ¿No han venido? 
Merce. No. 

Jorge No traigo nada, ni un peso. Si Sultana no entra 
en ia cuarta, estamos bien reventados. Le tomé 
dos y dos. 

Merce. ¡Ahí ¡Está bueno! 

Jorge Estoy de yeta hoy. Le mandé un mensajero a Gu- 
tiérrez, que me prometió algo, y ni en el escri- 
torio, ni en la casa, ni en ninguna parte se le 
pudo hallar... 

Merce. ¿Y con qué cara vamos a recibirlos, después de 

tanto empeño de que vinieran a comer? 
Jorge Qué hace falta. 
Merce. Todo. 

Jorge Sí el almacenero fuera capaz,.. 
Mercé. No me hables de eso. 

Jorge Aguarda un poco... algún recurso ha de haber. 

¡Ah! Pues dame la cadenita aquella... 
Merce. ¿Mi relicario? Ya te he dicho que me han de 

enterrar con él. 
Jorge Te aseguro que mañana lo sacamos. 
Merce. ¡No y no! Con igual seguridad hemos perdido 

todas nuestras alhajitas. Andá y buscá conforme 



91 



hallás para jugar a tu Sultana; podrás encontrar 

para darle de comer a los tuyos. . . 
Jorge Estás muy enérgica hoy. La vuelta del hijo mi- 

madote ha dado bríos. 
Merce. ¿También vos? Les ha dado fuerte con eso. 
Jorge No, mujer; no es reproche. (Viendo a Eduardo.) Ya 

está vos con tu mate. ¿No te lo han prohibido? 

ESCENA V 
Dichos y Eduardo 

Editar. ¡Bah! Es mi único vicio. 
Merce. Te hace mal. 

Eduar. Y a mí qué me importa ni a ustedes. 
Jorge ¡Bueno!. . . ¡Basta! . . . (Pausa.) 
Eduar. ¡Basta! (Pausa.) 
Merce. (a Jorge.) ¿Vas o no vas? 

Jorge Voy por darte gusto, pero no te aseguro el 

resultado... Hasta luego... (Mutis.) 
Eduar. ¡Sablazo! ¿Quién es el candidato? 
Merce. ¡Qué se yo!... (Pausa.) 

Eduar. Querrás creer... Hoy hice catorce veces el soli- 
tario de las cuarenta, y no me salió... Tuve ganas 
de romper las barajas... Y tan fácil que es, ¿no? 
(Pausa.) ¿Y las muchachas? ¿Se ha peleado mucho 
hoy la gente? ¿Y vos has llorado también? Se te 
conoce en los ojos. Son bravos esos bichitos. 
¡Tienen una boca! La pava sos vos. Mirá, aquí 
sólo hay dos personas dignas de lástima: nos- 
otros. Vos, porque tomás la vida en serio y nadie 
te lleva el apunte... Yo, por esta vocación que 
tengo para el atorrantismo. Porque a mí no me 



92 



la cuenta el médico; yo no tengo neurastenia ni 
un corno, sino pereza pura... ¿No estás de 
acuerdo, vos? 



Emilia 



Merce. 

Emilia 
Merce. 



Emilia 



Eduar. 
Merce. 



Emilia 
Meroe. 



Emilia 
Merce. 



ESCENA VI 
Dichos y Emilia 

¿Se fué el viejo? ¿Trajo dinero? ¿Qué vamos a 
hacer entonces? Bonito papelorio... Después no 
quieren que una proteste y se subleve. 
No te aflijas... Ya lo arreglaré todo... No pasa- 
remos vergüenza. 
¿Cómo? 

De una manera muy natural... Cuando venga Da- 
mián, le llamo aparte y le pido unos pesos pres- 
tados. 

¿Qué?... ¿Qué dices? No faltaría otra cosa. Para 

eso nos hubiéramos hecho invitar por ellos... No 

harás eso, ¿eh? ¡Cuidadito! 

(Yéndose.) ¡Cuidadito! ¡Cuidadito! Ya lo sabes. 

¡Lo haré! ¡Lo haré! No pienso hacer farsas con mi 

hijo... Le contaré todo, todo lo que pasa en esta 

casa. 

¿Te has enloquecido? 

Estoy muy cuerda. Todo pienso decírselo... La 
vida que llevamos, lo que es tu padre, lo que son 
ustedes. 

Lo que sos vos también. 

Lo que soy yo también... el más desgraciado de 
todos los seres. 



93 



ESCENA VII 
Dichos, Damián y Delfina 

Dami. ¿Se puede?... Supongo que tenemos derecho a 
entrar sin anunciarnos. 

Msrce. ¿Cómo les va a mis hijos? 

Delfi. Hemos venido un poco tarde... Damián se entre- 
tuvo en sus asuntos. 

Dami. Traía la mar de encargos y comisiones, que he 
querido cumplir cuanto antes. ¿Y el viejo? 

Merce. Salió hace un instante. Vendrá pronto. 

Dami. A quien no he visto es a Eduardo... 

Merce. Ahí anda el pobre con su neurastenia. 

Dami. Si me hubiera ido bien me lo llevo a Santa Cruz... 
En un par de meses se ponía como nuevo... 

ESCENA VIH 
Dichos y Laura 

Dami. ¿Cómo te va, Laurita? ¡Cómo ha crecido esta chi- 
ca! ¿Y qué tal los novios? 
Laura ¡Oh!... Hay tiempo.., 

Merce. Tú, Delfina, estarás contenta con la vuelta a 
Buenos Aires... 

Delfi. No crea. No mucho. Hubiera preferido quedarme 
allá. Trabajaba también Damián. Si no se hubiera 
encaprichado de hacer ese negocio de las Malve- 
nias, a la fecha estaríamos muy bien acomodados. 

Dami. Se empieza de nuevo, qué diablos. Me han ofre- 
cido muchas facilidades para trabajar aquí. 



94 

Merce. 
Dami. 

Merce. 
Dami. 

Emilia 
Dami. 

Emilia 
Merce. 

Delfi, 

Emilia 
Merce. 
Emilia 



Merce. 
Dami. 
Merce. 
Dami. 

Merce. 
Dami. 



Merce. 

Dami. 

Merce. 

Dami. 

Merce. 



Perdiste mucho, ¿verdad? 
Todo lo que tenía, menos la vergüenza y el cari- 
ño de mi mujercita. 
¿El nuestro entró en quiebra? 
¡Oh! ¡Perdón! No te resientas, vieja; sé que me 
sigues queriendo como antes... 
Otra vez... 

No me dejas concluir, muchacha. ¡Qué suscepti- 
bilidad! 

¡Jesús! ¡Hablo en broma! 

Delfina, ¿por qué no te pones el sombrero? Acom- 
páñenla, muchachas. 

Tiene razón. (S© levanta y se encamina con Lausja y 
Emilia hacia la izquierda.) 

(Volviéndose.) ;Ah, mamá, óyeme! 

(Aproximándose.) ¿Qué hay? 

¡Cuidado con hacer una de las tuyas... te conoz- 
co: has querido quedarte sola con él! <con tono y 

gestos exagerados.) 

¡Oh! 

¿Qué hay? 

Nada, hijito, cosas de ella; zonceras... 
(Afectuoso.) Estás más desmejorada, mi- vieja. . 6 
¿No anda bien la salud? 
Así no más. 

Hay que cuidar el número uno... Dlme una cosa... 
Estoy echando de menos aquel bronce que gané 
de premio en las regatas. ¿Te acuerdas? 
Es verdad. No está. 
¿Qué suerte ha corrido? 
Este... ¿El bronce? ¡Ah!... 
Un compromiso; seguro que lo has regalado. 
Sí; decíme, Damián: ¿quieres, si tienes, eh, pres- 
tarme dos pesos?... Perdona... pero... 



95 



Dami. ¡Oh! ¡Qué tontería! Toma cien pesos... No tengo 
más. 

Merce. No, no. Es mucho. Yo no quería incomodarte. . . 
pero tan luego hoy que los habíamos invitado, no 
teníamos casi que poner al fuego... Las mucha- 
chas, si lo saben, se van a enojar mucho; ¿pero 
con quién si no con los hijos se ha de tener con- 
fianza? 

Dami. ¿De modo que están pasando estrecheces? 

Merce. ¡Peor, hijo, peor!... Una miseria espantosa... fal- 
tándonos hasta muchas veces lo más indispen- 
sable. 

Dami. ¡Oh! Tanto no puede ser... 
Merce. Eso y mucho más... Un día... dos días a mate y 
pan... 

Dami. ¡Pero qué horror! ¿Y cómo ha sido eso? 

Merce. ¡Vaya a saberse! Como todas las cosas... De la 
mañana a la noche nos quedamos en la calle... 
Jorge dice que perdió en la Bolsa... Pero lo que 
creo es que nos faltó cabeza a todos... Hace más 
de un año que estamos así... Mucho más. Y lo 
peor no es eso... Poco a poco hemos ido perdien- 
do la estimación de las gentes. Al principio no es 
nada; se piden préstamos grandes, concedidos con 
la seguridad del reembolso... Nadie iba a pensar 
que nosotros, tu padre, tan acreditado, fuera 
capaz de... 

Dami. Comprendo... 

Merce. Después, agotado el crédito, es necesario comer 
y viene el expediente vergonzante; no hay recur- 
so que se desprecie por indigno para asegurar el 
techo y el pan... ¿Qué digo? El techo, que es lo 
indispensable para guardar las apariencias, y tú 
sabes bien que en semejante situación, los escrú- 



96 



pulos y la vergüenza son e! primer lastre que se 
arroja. ¡Un horror, hijo! Todovía no me doy 
cuenta de cómo he podido amoldarme a seme- 
jante vida. Con decirte que yo, tu madre, que 
fue siempre una mujer de orden y delicada, ha 
llegado hasta robarle a una pobre gallega sir- 
vienta... 
Dami. ¡Oh! ¡Mamá!... 

Merce. Hasta robarle, sí señor; hasta robarle a una pobre 
mujer los ahorros que me había confiado. (L iora.) 



Dami. 

Delf. 
Dami. 

Merce. 



Dami. 
Merce. 



Dami. 
Merce. 



ESCENA IX 
Aparecen Delfina y Emilia 

(Viéndolas.) ¿Quieren dejarme un momento con 
mamá? 

¿Conferencia habernos? 

Nada grave... Ya terminamos. (Mutis Deifina y 
Emilia.) Vamos, no se aflija, vieja... 
Hago mal en contarte cosas tan tristes... Podrías 
pensar que trato de interesar tus buenos senti- 
mientos con un propósito egoísta... 
¡No, vieja! 

He repetido tantas veces la historia de nuestras 
desdichas, que necesito la soledad para conven- 
cerme de que esta vez no estoy mendigando... 
Contigo no, hijo... Todo lo contrario... Yaque 
vienes a vivir aquí, quiero prevenirte contra nos- 
otros mismos... Por otra parte, necesitaba este 
desahogo... 

¡Pobre viejita! Pero y papá y Eduardo, ¿qué han 
hecho? 

Nada, hijito. Tu padre, como si con su dinero hu- 



97 



biera perdido las energías, echarse a muerto, de- 
jarse llevar por la correntada, y en cuanto a 
Eduardo, enfermo o maniático; así se lo pasa sin 
salir a la calle, levantándose de una cama para 
tirarse en otra. 

Dami. ¡Qué barbaridad!... ¿Por qué no me has escrito 
diciéndome la verdad? 

Merce. He mentido en perjuicio de tus buenos senti- 
mientos, diciéndoles a éstos que tú no ignorabas 
nuestra miseria. 

Dami. ¡Oh!... ¿Por qué hiciste semejante cosa? 

Merce. No me lo preguntes... Te he dicho todo loque 
podía decirte... 

Dami. ¿Luego reservas algo? 

Merce. ¡No! Nada más, hijo, nada más... 

Dami. Bueno, esto no puede quedar así. Estamos feliz- 
mente a tiempo de reaccionar. Tranquilízate; tú 
me ayudas y desde hoy nos ponemos a enderezar 
este hogar. 

Merce. No, no hijo... ¡No te metas!... ¡No puede ser! 
Dami. ¡Ahí está el viejo!... ¡Verás cómo se empieza!... 

ESCENA X 

Dichos y Jorge 

Jorge Hola, buen mozo. ¿Qué tal?... 

Dami. Bastante disgustado contigo, en primer término. . . 
Mamá me acaba de contar todo lo que les pasa, 
y no me explico francamente cómo un hombre de 
tus condiciones no ha tenido el valor de sobrepo- 
nerse a la situación. 

Jorge ¿Con que esas teníamos? Hombre, la verdad es 
que me agarra sin perros tu interpelación. 



98 



Dami. 

Jorge 
Dami. 
Jorge 
Dami. 

Jorge 
Dami. 
Jorge 
Dami. 

Jorge 



Dami. 

Jorge 
Dami. 



Jorge 
Dami. 



Jorge 



No, la cosa no va en broma... Me vas a permitir 
mis primeras observaciones... 
¿Cómo no, hijo?... ¿Son muy largas? 
Si te ofendes, me callo. 

Preguntaba para tomar asiento, si valía la pena. 
Si mal no recuerdo, antes no usabas tan buen hu- 
mor. . . 

¡Qué querés! Las desgracias me han puesto así. 
¿Cínico? 

(Alterado.) ¿Efl? 

Perdón, viejo... Me molestastes y la palabra salió 
sola... ¿Me disculpas? 

(Bondadoso, dejándose caer en una silla.) Sí, Damián; 

yo tuve la culpa. Vamos a ver. ¿Qué te ha con- 
tado Mercedes? ¿Que estamos arruinados? ¿Que 
pasamos privaciones de todo género? Es la pura 
verdad. Me metí en especulaciones arriesgadas y 
me sucedió lo que a tantos... Quise levantar ca- 
beza, y no pude. Y de ahí barranca abajo... 
Pero te has dejado derrotar de una manera bo- 
chornosa . 
¿Qué podía hacer? 

Pelear, luchar. Para un hombre, perder la fortu- 
na no debe ser un contratiempo irreparable, 
amigo... Además, hay mil recursos en la vida... Si 
no son los negocios, es un empleo. 
¿Y cuándo ni eso se consigue? 
Se agarra un pico y a cavar la tierra... Qué dia- 
blos. No estamos tari viejos ni tan débiles para no 
podernos ganar el pan decorosamente. Además, tú 
tenías la responsabilidad de toda esta familia y no 
has debido permitir que descendiera a una mise- 
ria tan vergonzosa. 

¡Oh! Todo eso es may bonito, muy noble, muy 



99 



honrado. Tu madre me lo ha dicho también, pero 
no se puede realizar. ¡Cavar la tierra! Anda vos, 
que no has tenido la pala en la mano para ganarte 
la vida de ese modo. A los tres días te han despe- 
dido por inútil. Elige el trabajo más fácil. ¿Cuál te 
diré? El de changador. El señor don Jorge Acu- 
ña, resuelto a vivir decorosamente de ese traba- 
jo, tiene que empezar a llevar a su familia a la 
pieza más barata de un conventillo. Preguntále a 
la señora Acuña y a las distinguidas señoritas de 
Acuña si están dispuestas a cambiar la miseria 
vergonzosa de esta casa por la pobreza honrada 
de la habitación de un conventillo, o con quién 
se quedarían, con el heroico padre changador o 
el padre degradado y sinvergüenza que les sos- 
tiene el decoro y las apariencias. Preguntálas, 
preguntálas. 

Merce. Lo que es yo de buena gana iría al conventillo. 

Jorge Tal vez fueras capaz de esa abnegación, pero 
ellas no. Y últimamente ni yo mismo... Sería una 
heroicidad superior a mis fuerzas, a mis energías, 
y no me equivocaría mucho al decir que nadie 
hay tan fuerte para realizarla. Convencéte, Da- 
mián; son teorías bonitas nada más las tuyas. Si 
habré tratado de reponerme inútilmente... Ahora 
ya ni me preocupa, porque sería perder el tiempo; 
mi desconcepto, y digo mi desconcepto, por no 
mortificarles a ustedes calificándome peor, pues 
jamás podré alejarme de mi categoría de vividor 
profesional... Quedan algunos recursos... Gente 
que no lo conoce bien a uno, y se deja sorpren- 
der. Uno que otro viejo amigo generoso, una tan- 
teadita al 36 colorado... En fin, lo bastante para 
ir tirando. ¿Que falta ün día el puchero? Mañana 



100 



quizá lo tengamos... No hay criaturas en casa. 
Los grandes no lloran y campean el hambre con 
chistes. Y en cuanto a lo otro, en cuanto a la ver- 
güenza y dignidad y qué sé yo, la costumbre es 
una segunda naturaleza. Se nos ha formado callo; 
ahora, hijo mío, quedas autorizado para aplicar la 
palabrita que se te escapó hace un rato. Cínico 
era, ¿no? 

Dami. Muchas gracias, papá. No me atrevería a insul- 
tarte, pero te desconozco. 
Jorge Lo creo. 

Dami. De modo que a tu juicio no tiene remedio. 

Jorge. Absolutamente. Constituímos nosotros, y es mu- 
cha la gente que nos acompaña, una clase social 
perfectamente definida que, entre sus muchos in- 
convenientes, tiene el de que no se sale más de 
ella. Lasciate ogni speranza. 

Dami. Está bueno. De modo... de modo que... Vamos. 
Dime una cosa en serio, ¿eh?, porque hasta ahora, 
si bien has dicho muchas verdades, has estado 
forjando la nota del desparpajo; dime: ¿quieres 
autorizarme por un tiempo a manejar esta casa? 

Jorge ¡Cómo no! 

Dami. ¿Con plenos poderes? 

Jorge Con plenos poderes. 

Dami. Entonces, desde este momento quedas jubilado. 
Tengo muy poco dinero para sostenerme hasta 
que pueda trabajar; pero manejado con orden, 
alcanzará para todos; desde mañana, pues, nos 
vendremos a vivir acá, y ya veremos si se sale 
o no se sale de tu infierno. ¿Convenidos? 

Merce. No, no hay necesidad. Tú querrás conservar tu 
independencia, debes conservarla; piensa que no 
eres solo, hijo. 



Dami. A I 



101 



A Delfina le gustará la idea; estoy seguro. 
Aunque le guste, yo no puedo permitir... Sí, mi 
híjito. Si quieres ayudarnos, nos pasas una men- 
sualidad y nos arreglaremos bien. 
(Extrañado.) Déjalo, mujer. 
No, no lo hagas. Podría pesarte; eres demasiado 
bueno tú... 

Sería curioso que no lo hiciera. Te aseguro, vieja, 
que no me impongo la menor violencia... Salvo 
que te contraríe tenerme a tu lado. 
Eso no, pero.,. 

Entonces no hay nada más que hablar. 



ESCENA XI 

Dichos y Eduardo 



Eduar. (Con ei mate en la mano.) ¡Hola grande hombre! 
Dami. Adiós, personaje. (Se abrazan.) ¿Qué tal? Me han 

dicho que andas enfermo. 
Eduar. Enfermo y aburrido, che. ¿Y vos te fundiste allá? 
Dami. Casi... casi... 

Editar. No hay vuelta, che... Estamos Yettados. 

Dami. Qué yetta ni qué zonceras. Lo que te hace falta 
a vos es dejarte de preocupaciones y pensar se- 
riamente en la vida. Verás cómo te hago pasar 
esa neurastenia antes de mucho tiempo. 

Eduar. ¿Cómo, che? 

Dami. No te apures, ya lo sabrás. 



8 



102 



ESCENA XII 
Dichos y Delfina 

Delfi. ¿Terminó la conferencia? 

Dami. Con ana importante resolución. Mañana dejamos 

el hotel y nos venimos a vivir con los viejos. ¿Te 

place? 

Delfi. ¡Cómo no! ¡Con el mayor gasto!... 

Edüar. ¡Ah! ¿Te has resuelto a eso? Dame esos cinco... 
¡Así!... ¡Te felicito! ¡Sos un héroe!... ¡Qué re- 
busque pal viejo! 



TELÓN 



ACTO SEGUNDO 



Decoración. La misma sala, con un escritorio a la derecha. 



ESCENA PRIMERA 
Damián y Delfina 

DAMI. (Atareado ordenando papeles y cuentas.) PreOCÜpaClO- 

nes tayas, Delfina. ¿Cómo podrán quererte mal? 

Delfi. No digo tanto. Pero me doy cuenta de que inco- 
modo. Tú las conoces bien a las muchachas. Y si 
antes eran consentidas y caprichosas, la vida de 
estos últimos tiempos tiene que haberlas dejado 
descompuestas del todo. 

Dami. No tan absoluto. Podría haberlas corregido... 

Delfi. Siempre has sido un poquito ingenuo. Claro que 
contigo van a disimular y que tratan también de 
hacerlo conmigo, pero se les conoce a la legua 
el fastidio. 

Dami. ¿Te han dicho algo? 

Delfi. Se guardarían muy bien. No pierden, sin embargo, 
oportunidad de hacérmelo conocer con los adema- 
nes y los gestos... Por otra parte, tu proceder es 
un poco brutalmente con ellos en tu empeño de re- 



104 

generarlos, y como no pueden decirte nada, quien 
paga el pato yo sé quién es... 
Dami. ¿Brutalmente? 

Delfi. A juicio de ellos, ya lo creo. Tienen demasiada 
vanidad para aguantar tus sermones y tus latas 
morales, mortificantes, hijito. 

Dami. Ya verás, ya verás cómo se curan... 

Delfi. Creo que acabarán con tu paciencia. Podrán per- 
der el pelo, pero las mafias... Fíjate cómo Eduardo 
te lleva el apunte. 

Dami. ¡Oh! Ese es un enfermo, ün degenerado... 

Delfi. Un atorrante... ¡Y con poca diferencia todos 
están cortados por la misma tijera, empezando 
por tu padre! 

Dami. ¡Oh! Delfina... 

Delfi. Hay que decirte la verdad para que no te hagas 
ilusiones. Comprendo y justifico tus sentimientos; 
pero convendrás conmigo en que la misión es 
más dura de lo que pensábamos, y los resultados 
no se ven muy claros. ¡Oh! Quizá no pase mucha 
tiempo sin que tengamos que arrepentimos de 

esta quijotada. (Se levanta.) 

Dami. Dime la verdad. ¿Te han hecho algo? ¿Algún 
desaire? ¿Alguna grosería? 

Delfi. Te repito que no. Ya lo sabrías. 

Dami. Pero empiezas a sentirte contrariada, ¿verdad? 

Delfi. Un poco inquieta, te lo confieso, por ti, previén- 
dote una desilusión dolorosa... 

Dami. Que venga... Yo habré hecho lo posible, y nada 
tendré que reprocharme. Ahora bien; tú estás 
primero por encima de todos. Si no te hallas 
a gusto me lo dices, y a volar... No quisiera oca- 
sionar la menor contrariedad a mi mujercita. 

Delfi. Lo sé, Damián. Por ahora vamos bien. 



105 



ESCENA II 

Dichos y Mercedes 

Merce. ¿Interrumpo? 

Dami. Todo lo contrario. ¡Adelante! 

Merce. Creí que hablaban cosas reservadas. 

Delfi. No, señora; tenemos pocos secretos. 

Dami. ¿Y el viejo? No lo he visto en todo el día. 

Merce. Salió por la mañana. 

Dami. Tengo que reprenderlo. Se ha vuelto muy cala- 
vera... Poco se le ve en casa. 

Merce. Dice que tiene un negocio en perspectiva. 

Dami. ¡Macanas! Ya le he dicho que está jubilado. 

Merce. ¿Lo necesitabas? 

Dami. Tal vez más tarde me haga falta... ¡Ahí ¡Laura! 

¡Laurita! (Llamando.) 

ESCENA III 
Dichos y Laura 

Laura Voy. ¿Qué? 

Dami. ¿Terminaste las circulares a máquina? 
Laura No; recién empezaba. 

Dami. ¡Caramba!... Te dije que las necesitaba temprano. 
Laura No puedo hacerlo todo a la vez. La tarea de la 

casa me roba medio día . 
Merce. No exageres, hija . Loque te roba el tiempo a 

vos son los folletines y las novelas. 
Laura Mejor. 

Dami. Mejor no; peor. Es mucha desconsideración. 
Muy bien que para pedir no se quedan cortas. . . 



106 



Laura Apareció aquello, hermanito. Si nos has de echar 
en cara lo que nos das, bien podías guardártelo. 

Merce. Desagradecida. ¡Retírate de acá!... ¡Parece 
mentira! 

Dami. Déjala, mamá. No te alteres. Tú te pones inme- 
diatamente a hacerme las circulares, ¿me oyes? 

Laura Sí, hombre. Las estoy haciendo. Digo que por 
demorar un poco, no merezco tanto rezongo. 

Dami. Está bueno. 

Laura Claro que está bueno. (Mutis.) 

Merce. ¡Desgraciada! (La sigue. Mutis.) 

Dami. Déjala... No le digas nada. 

ESCENA IV 

Damián y Delfina 

Delfi. ¿Has visto? 
Dami. ¡Oh! Los voy a enderezar. Los voy a enderezar; 

veremos quién es más fuerte. 
Delfi. Ingenuo. 

Dami. ¡Qué insolentes!... ¡Pero qué insolentes! ¡Oh! 

Las verán mansitas y suaves como un terciopelo. 
Delfi. ¡Pobre mi don Quijote!... ¡Pobre cabecita mía!... 

¡Le van a salir canas!... 



ESCENA V 
Dichos y Tomasito 

Tomasi. Aquí trae un mensajero esta carta para vos. 
Dami. Gracias. Firma tú el recibo. 
Delfi. ¿De quién es, che? 
Dami. Del comisario de Rio Gallegos. Ha entrado hoy 
del Sur... Me espera aquí cerca, en la agencia. 



107 



Voy y vuelvo. Si viene alguien a buscarme, que 

espere. Hasta luego. 
Tomasi. Ya que vas a salir, dale el recibo al mensajero. 
Dami. ¡Caramba con el mocito comodón! Llévelo usted 

con toda su alma. 



ESCENA VI 
Delfina y Mercedes 

Merce. ¿Salió Damián? 
Delfi. Sí. Volverá en seguida. (Pausa.) 
Merce. ¿Encontraste el anillo que se te perdió, hijita? 
Delfi. No, señora; lo he buscado por todas partes. 
Merce. Es muy extraño. ¿Dónde lo habías dejado? 
Delfi. No recuerdo bien. Creo que sobre el lavatorio, 
en mi cuarto. Pero no se preocupe. Tal vez 
haya caído al depósito de las aguas. 
Merce. ¿Cómo no me he de preocupar? El otro día un 
medallón; ahora un anillo. Es mucha coincidencia. 
Delfi. ¿Quién podría robarme? La sirvienta es de mi 

absoluta confianza . 
Merce. ¿Damián lo sabe? 
Delfi. ¿Por qué decírselo? 

Merce. Bueno, no le cuentes nada... Yo tengo que acla- 
rar esto ... 
Delfi. Si no vale la pena. 

Merce. Para ti no tendrá importancia... Para mí sí, y 
mucha. No puedo tolerar que se abuse de la 
bondad de mi pobre hijo. 

Delfi. ¿Qué cavilaciones son esas, señora? 

Merce. Nada, déjame; nada. Prométeme no decir una 
palabra a Damián, ¿eh? Después lo sabrás todo. 

Delfi. Como usted quiera, mamá. 



108 



ESCENA VII 
Dichos y Eduardo 

Eduar. Dime, cañadita; ¿me tenes miedo? 
Delfi. ¿Yo? ¿Por qué? 

Eduar. Entonces antipatía... Siempre nos desencontra- 
mos... 

Delfi. ¡Oh! ¡Qué parada!... Me voy porque tengo que 
nacer. 

Eduar. No pienso detenerte; seguí no más. 
Delfi. ¡Qué rico tipo! (Mutis.) 
Eduar. Esta ya empieza a escamarse... 
Merce. ¿Que querés decir? 

Eduar. Que nos está tomando el tiempo; no es tan zonza 
como Damián. 

Merce. Bueno fuera que no. Son tan sinvergüenzas 
ustedes... 

Eduar. A mí no me metas en danza, que no hago mal a 
nadie, ¿sabes? Apuntad para otro lado... Si todos 
hicieran lo que yo... esta casa sería un paraíso... 
Pero no... son malos, peleadores, orgullosos 
derrochadores, y qué sé yo... embromarse, pues.' 
Y les garanto que otra bolada como esta no se 
les presentará jamás. (Paaa a.) ¿Qué tenés que 
estás tan triste? 

Merce. Nada, que hasta ladrones aparecen en casa. 
Figúrate que a Delfina se le ha desaparecido un 
anillo... 

Eduar. ¿Un anillo? Ya sé dónde está. 
Merce. ¿Dónde? 

Eduar. En el Pío, pregúntale a Tomasito. 
Merce. Ya lo he pensado; seguro que fué él. 



109 



Eduar. Naturalmente. Está muy adelantado ese chico. 

Verás cómo hace carrera. Va a ser divertido. 

Aguardá un poco... voy a llamarlo. 
Merce. No, Eduardo; la cosa no es para bromas. Con 

esos juguetes han acabado de perder al muchacho. 
Eduar. ¡Tomás!... ¡Tomás!... ¡Tomás!... iuuudo.i 



ESCENA VIH 
Dichos y Tomasito 

Tomasi. ¡Eh! ¡No precisa gritar tanto! ¿Qué querés? 
Eduar. Te llama tu madre. 

Tomasi. ¿Vos? ¿Qué hay? m 

Merce. Decíme, hijo; ¿por qué no me pediste plata si ne- 
cesitabas? 

Tomasi. ¿Yo? ¿Cuándo? No entiendo. 

Eduar. No pierdan el tiempo en discusiones. Las cosas se 
hacen derechas. Dale la papeleta a la vieja y se 
acabó todo. 

Tomasi. ¿La papeleta? 

Eduar. ¡Oh! Decile donde lo metiste. 

Tomasi. ¿El qué? ... 

Merce. El anillo que le robaste a Delfina, sinvergüenza. 

Tomasi. Yo no he robado nada, ¿sabés? 

Eduar. Bueno; lo encontraste tirado, ¿no es cierto? 

Tomasi. Díganme; ¿se han creído que tratan con un chi- 
co? ¿Quieren sacar de una mentira una verdad? 
No sean idiotas; hagan el favor. 

Eduar. Si eres tan hombre, debes tener el valor de tus 
actos. Se dice: «Sí, vieja; yo le espianté el anillo 
a la otra», ¿y qué? Para algo debe servir el no 
tener vergüenza. 

Tomasi. ¿Y por casa cómo andamos? 



110 



Eduar. Buenos, gracias; ¿y tu familia? 

Merce. ¡Por favor! ¡Basta! ¡Basta! ¡Basta por Dios!... A 

ver tú... ¿Dónde negocias esas alhajas?... ¡Pronto! 
Tomasi. ¿Te has enloquecido? ¡Avisá! 
Merce. ¿Dónde está? Decímelo, porque soy capaz de 

contárselo todo a Damián. 
Tomasi. Cuidado no me asuste ese papanatas. 
Eduar. ¡Así me gusta!... ¡Juan Sinmiedo!... 
Tomasi. Cállate, atorrante. 

Eduar. Confiesa, no seas pavo. Ganarás más; la vieja te 
da la plata para que lo saques y te armaste otra 
vez... Tendrías con qué divertirte... 

Merce. Es que soy capaz de denunciarte a la policía. 

Tomasi. ¿Van a denunciar ustedes? Tendrían más vergüen- 
za. (Pausa.) Bueno; si es el que yo me encontré, uno 
de viborita, está en las «Tres bolas» vendido. ¡No 
dieron casi nada!... ¡Tanto ruido por una zoncera! 

Merce. Está bien; fuera de acá. 

Tomasi. Uno pide plata... Tiene sus compromisos... No le 
dan ni medio, y es claro... (Mutis.) 

Eduar. Naturalmente. 

Merce. Perdularios... ¡Serví para algo una vez, Eduardo! 

¡Vestite y anda a buscar esa alhaja!... 
Eduar. ¿Yo? No te jorobes. . . No tengo tiempo. .. Man- 

dálo al chiCO. (Mutis.) 

Merce. Está bien; iré yo. 

ESCENA IX 
Mercedes, Emilia y Laura 

Emilia No, no me olvido. 

Laura Pasáte por la «Ciudad de Londres» a preguntar 
por el vestido... Ya debía estar en casa. 



111 



Emilia Bueno. ¿Ajusta bien por detrás? 
Laura Muy bien. 
Merce. ¡Oh! ¿Dónde vas tú? 
Emilia A pasear. 
Merce. ¿Sola? 

Emilia No, con un vigilante. ¿Será la primera vez que 
salgo sola, acaso, o tenés miedo de que me 
pierda?... 

Merce. Tú sabes que a Damián no le gusta... 

Emilia ¡Como el señor nos acompaña tanto, puede pro- 
hibirlo! ... ¿Qué tiene de particular, vamos a ver, 
qué tiene de particular que salga una mujer sola 
en este Buenos Aires? Se conoce que vienen 
del campo él y la gazmoña de su mujer, una doña 
Remilgos, que todo lo encuentra de mal ver y que 
es al fin y al cabo la que mete esas simplezas en 
la cabeza al otro. La figura para darnos consejos 
y enseñarnos lo que es bueno o malo. .. 

Merce. Ya basta, mujer. Te pregunto simplemente a 
dónde vas. 

Emilia A las tiendas. ¿Estás conforme? 

Merce. Medita un poco. No gastes mucho. No hay que 

tirar de la cuerda... Podría romperse y volver 

a las andadas. 
Emilia ¡Oh! Perdé cuidado. (Mutis.) 
Merce. Y tú, hija mía, no te olvides; a ver si concluyes 

esas circulares. 
Laura Sí, señora. (Mutis.) 



112 



ESCENA X 
Mercedes y Jorge, que entra 

Merce. [Ah! Viniste. . . 
Jorge Ya lo ves.. . 

Merce. Es muy bonito lo que estás haciendo; te duró 
noche?* 0 ^ bUena COndUCta - ¿Dónde P asa ste la 
Jorge No sé. 

Merce. En el garito, ¿verdad? Damián ha preguntado 
vanas veces por ti. 

Jorge ¿Para qué? 

Merce. Te precisaría. ,Paa S ai arg a.) 

Jorge ¿Sabes quién se ha muerto esta madrusada? El 
mayor García. 

Merce. ¿Murió? ¡Qué suerte para la pobre familia! 

Jorge No era malo; otro desgraciado como yo y como 
otros tantos. [Vieras qué cuadro en la casa! No 
teman matet ialmente un centavo... Algunos de 
los más amigos hemos resuelto cotizarnos para 
el luto de la familia. ( PaU3a ., ¿Cuánta plata tenés 
para el gasto? 

Merce. ¡Pero Jorge! ¿Es posible que hasta la memoria 
hayas perdido? ¿Por quién me tomas? ¿Olvidas 
que nos Conocemos tanto?. . . 

Jorge ¿Qué te pasa? 

Merce. ¡Venirme a hacer el cuento del tío!... ¡A mí!... 
¿A mí, que aún no has abierto la boca ya te adi- 
vino lo que vas a decir?... Vamos, hombre; con- 
fiesa que vienes de la carpeta donde pasaste la 
noche y casi todo el día, que perdiste, que debes o 
que querés desquitarte, y no habiendo encontrado 



115 



algún infeliz a quien estafar, te vienes a casa a ver 
si yo te saco de apuros... 

Jorge Pues te ha fallado la perspicacia. No buscaba 
ningún pretexto... Coincidió el pedido con la no- 
ticia... Nada más.. . Que he jugado, es cierto, y 
perdí... Plata ajena de Damián, trescientos pesos 
que me entregó para hacerle un giro. 

Mbrce. Mientes otra vez. No te ha entregado nada. ¿Te 
crees que no te Vigilo? 

Jorge Muchas gracias. 

Merce. Y he de evitar por todos los medios que te halles 
en ese caso. Si tú no tienes miramientos para tu 
hijo, yo sí, y no consentiré que lo exploten. ¿Me 
has entendido? ¡No lo consentiré! ¡Parece men- 
tira que seas tan miserable! 

Jorge Yo necesito trescientos pesos esta misma tarde- 
es un compromiso de honor. 

Merce. Antes de venir Damián no te preocupaba tanto 
el honor... Has olvidado compromisos mayores... 

Jorge Es forzoso que lo consiga ¿Podés ayudarme? 

Merce. No. 

Jorge De algún lado saldrán. Voy a recostarme un 
rato. Cuando regrese Damián me despiertan. 

Merce. Cuidado con recurrir a él. Si hasta hoy he ocul- 
tado a mi hijo tu verdadera conducta, la menor 
tentativa que hagas contra él bastará para que 
se lo cuente todo, aunque se hunda esta casa. 

Que nO Se te OlVide. (Jorge mutis izquierda.) 



114 



ESCENA XI 
Mercedes y Damián 

Dami. ¿No vino nadie? 
Merce. Nadie. 

Dami. ¿Quieres llamar a Delfina? 
Merce. ¿Ocurre algo? 
Dami. No; le traigo una carta. 
Merce. ¡Ah! 

Dami. Es curioso. La pobre vieja vive desde que yo 
vine sobresaltada por el temor de desagradar- 
me.., Pobrecita... Pobrecita... 

ESCENA XII 
Damián y Delfina 

Delfi. ¿De vuelta tan pronto? 

Dami. Ya lo ves. ¿Me pagas las albricias? Te traigo una 
carta de Santa Cruz; te escribe Lola. 

Delfi. ¡Qué alegría! ¿También Thompson escribió? 

Dami. Sí... con varios encargos... La verdad es que 
me pone en serios conflictos. 

Delfi. (Leyendo la carta.) ¡Mirá qué suerte! Me dicen que 
salvaron todas sus majadas, a pesar de los tempo- 
rales tan espantosos. ¡Ah! Empeñados de que 
vayamos este verano. 

Dami. ¿No has visto aquel Memorándum con la salida 
de vapores para el Pacífico?... ¡Ah! Lo encon- 
tré... el quince sería muy tarde... No hay más 
remedio... ¿Cómo haría? 

Delfi. ¿Qué te pasa? 



115 



Dami. ¡Un calvo, mi hija! Figúrate que a Thompson se 
le vence una letra en Montevideo y me manda 
pedir que se la retire... 

Delfi. No veo la dificultad. Lola me habla de eso en la 
carta. 

Dami. El caso es que tendría que embarcarme esta 

misma tarde. 
Delfi. Te embarcas. 

Dami. No puedo. Mañana es la remisión de acreedores 
de la famosa compañía de Malvinas, y no debo 
faltar. Forzosamente hay que mandar a alguien... 
¿A quién?... ¿a quién?... Y ya es tarde... ¡Ah! 
Tanto cavilar... ¡Al viejo!... ¿Quién mejor que él?... 

Delfi. ¡A tu padre!... 

Dami. ¡Naturalmente! 

Delfi. No tan natural . . . 

Dami. ¿Cómo? 

Delfi. Digo no más... para no molestarlo. 

Dami. Sería bueno que no lo hiciera con gusto... Aquí 

lo tenemos. ¡No podías llegar más a tiempo, 

viejo! 

ESCENA XIII 
Dichos y Jorge 

Jorge. ¿Sí? 

Dami. ¿Tienes algo urgente que hacer? 

Jorge Según y conforme. Se ha muerto un amigo mío 
muy íntimo, el mayor García. 

Dami. ¿Y debes ir al entierro? Pues yo te necesito para 
algo muy importante. El finado sabrá perdo- 
narte. ¿Estarías dispuesto a embarcar esta misma 
tarde para Montevideo? Una comisión de con- 
fianza absoluta . 



116 

Jorge Hombre, la verdad... es que... 
Dami. ¿No te agrada? 
Jorge ¿De qué se trata? 

Dami. De un pago. . . Y varias otras diligencias sin im- 
portancia; un viajecito rápido y entretenido. 

Jorge ¿Tú no puedes hacerlo? 

Dami. Imposible; imposible en absoluto. 

Jorge Bueno, ¿cómo no?... Si no hay otro remedio... 
Tendré que hacer una pequeña diligencia antes. 

Dami. No queda mucho tiempo; una hora escasamente. 

Jorge ¡Oh, me despacho pronto! 

Dami. Entonces arreglas tus asuntos y yo me voy a 
esperarte a la dársena. A bordo te daré todas las 
instrucciones... Te hago aprontar una maleta y 
te la llevo al vapor. Así no pierdes tiempo. 

Jorge Eso es; así voy derecho. 

Dami. No faltes; mira que se trata de algo muy urgente. 

Jorge (Yéndose.) Perdé cuidado, Damián. 

Dami. ¿Quieres llamar alguna de las muchachas?. . . 

Hay que preparar esa maleta... Oye, Delfina, 
dale la mía; es cómoda y segura. 

Delfi. Me parece bien. (Mutis.) 



ESCENA XIV 
Damián y Eduardo 

Eduar. ¿No dejé una baraja por aquí? ¡Ja, ja! 
Dami. No he visto nada. 

Eduar. ¿Dónde la habré dejado? Se me ha ocurrido una 
idea para inventar un solitario y no encuentro 
las cartas. (Pansa.) 

Dami. Decime, Eduardo, ¿te gustaría ir al Sur? 

Eduar. ¿A qué? 



117 



Dami. A trabajar. 

Eduar. No me hablés. 

Dami. Bueno, a cambiar de aire, a curarte. 

Edüar. Muy aburrido. 

Dami. Tengo un amigo propietario de un gran esta- 
blecimiento. Irías allí en tu calidad de neurasté- 
nico, y te aseguro que antes de un mes la salud 
y el espíritu de trabajo de aquella gente te con- 
tagiaría. .. ¡Es tan fácil abrirse camino por allá! 

Eduar. Por tan bien que te fué a vos. 

Dami. Porque me metí en otras cosas. ¿A que no te 
resuelves? 

Eduar. No me sentaría el clima. Mucho frió en el Sur. 

Dami. ¡Hombre, podría mandarte al chaco! Mucho 
calor, ¿verdad?... Muchacho, tú no puedes conti- 
nuar así, sin más perspectiva que los cuadrados 
del puerto. . . ¡Es una vergüenza! 

Eduar. Si te incomodo, me marcho de acá. 

Dami. No digo eso. Haz la prueba. Si te aburres te 
vuelves, y en el próximo vapor mando al chico. 

Eduar. ¿A Tomasito? 

Dami. Pienso sacar de él un hombre útil . 

Eduar. ¿Para qué sirve esa morralla?... Tiempo per- 
dido. . . Es un canalla perfecto. . . La escuela de 
padre, de papá. 

Dami. ¡Hombre! 

Eduar. ¡Tiempo perdido! Vos siempre fuiste medio 
zonzo. ¡Convéncete, hermano! 



9 



118 



ESCENA XV 
Dichos, Delfina y luego Laura 

Dami. ¿Aprontan eso? . . . 
Delfi. Ya va a estar... 

Eduar. Che, ¿sabés que tu mujer me cree loco y me 

tiene miedo? 
Dami. ¿Cómo es eso? 
Eduar. Huye de mí. 

Delfi. (¿ Damián.) No le hagas caso. Es una broma; le ha 
dado fuerte hoy. 

Dami. No creas, que tu facha inspira poca confianza. 

Laura (Con unas cajas en las manos.) Me han traído el ves- 
tido que me regalaste. ¿Vas a pagar la cuentita? 

Dami. ¿Cómo no? (Leej ¡Ta, ta, ta, ta! Eso no puede ser. 

Laura ¡Cómo! 

Dami. Mi generosidad, hijita, no llega a tanto... ¡Dos- 
cientos pesos! ¡Una friolera! 
Laura Tú me lo prometiste. 

Dami. Y mantengo la promesa, pero no puedo costear 

tanto lujo. 
Eduar. Así me gusta. 

Laura Atorrante... este... Las circulares están prontas. 

Dami. Me alegro mucho. (Pausa.) 

Laura ¿Y ahora qué hago con esto? El hombre espera. 

Dami. ¿Lo piensas? Devolverlo, devolverlo en el acto... 

Laura ¡Pero es una vergüenza! 

Dami. Con vergüenza y todo se devuelve. 

Laura (Arrojando las cajas.) Muchas gracias. (Mutis.) 

Eduar. Ja, ja, ja. 

Dami. ¿Querés hacer el favor de entregar eso, Eduardo? 
Eduar. ¿Yo? Bueno, sí. 




119 



Delfi. ¡Déjaselo! ¡Pobre! 

Dami. De ningún modo../ Caramba con las pretensiones 
de la señorita. 

Delfi. No seas malo, déjaselo; para lección basta con 
el susto. 

Dami. Consiento por esta vez. Y me voy; es tarde. 

Toma, paga esa cuenta; hasta luego. (Mutis.) 
Delfi. (Siguiéndole.) Aguarda, te daré la maleta. 

ESCENA XVI 
Eduardo y a poco Laura 

¡Laura!... ¡Laura!... Ya se fueron; vení, vení; no 
seas pava. 
¿Qüé querés? 

¿Ves eso? Te lo regalo. Después dirás que soy 
un inservible... 
¡Ah! No lo quiero. 

¡Que no vas a querer! Me empeñé con Damián, 
y ya lo ves.. . Tengo una influencia bárbara, che, 
agárralo; decime, ¿has visto mi baraja? Mirá qué 
paqueta va la vieja. Cualquiera diría que viene de 
«Las tres bolas» de comprar un anillo. ¿Apareció 
la viborita? 

ESCENA XVII 
Dichos, Mercedes y luego Delfina 

Merce. ¿Dónde fué Damián? 
Eduar. Yo qué sé. 
Merce. Iba con una maleta. 



Eduar. 

Laura 
Eduar, 

Laura 
Eduar. 



120 



Laura A la dársena a acompañar a papá, que se va a 

Montevideo. 
Merce. ¿A qué? 

Laura Una comisión de Damián. 
Merce. Es extraño. 

Eduar. Qué rebusque para el viejo, ¿no? 

Merce. Hablé hace un rato con Damián y nada me dijo» 

Laura Fué una cosa repentina.. . 

Merce. Con tal que no sea algún lío de tu padre... 

Eduar. ¿Un cuento de papá? ¡Qué esperanzas! ¡Es un 

hombre muy honrado! 
Laura ¡Calláte, ingrato! 

Merce. Ahí está Delfina... Nos sacará de dudas... 

Antes que todo, hija. . . aquí tiene esto.. . 
Delfi. ¡El anillo! ¿Dónde lo encontró? 
Eduar. En el suelo... Pero qué casualidad que nadie lo 

haya pisado... 

Merce. ¿Sabes qué comisión le encargó Damián a Jorge? 

Delfi. Le manda con una suma a retirar una letra de 
mister Thompson... 

Merce. ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!... ¿Porqué no me lo dije- 
ron? ¿Por qué no me avisaron?... ¡Madre Santa!... 
¡Qué gran desgracia!... (Llora.) 

Delfi. Pero señora, ¿qué le pasa? ¿Por qué se pone 
así? 

Laura Ave María, mamá. . . 
Merce. Déjenme. Déjenme. . . Dios, Dios. . . 
Delfi. Esto es muy alarmante, mamá... ¿Qué es lo que 
teme?... 

Eduar. No se puede pedir mayor respeto para un ma- 
rido. . . 

MERCE. (Reaccionando enérgica. ) ¡Oh! Esto nO queda aSÍ, 

Hay tiempo de ir a bordo, ¿verdad?. . . 
Laura ¡Qué locura es esa! Mamá, ven acá. 



121 



Delfi. Señora, cómo puede usted pensar semejante dis- 
parate... 

Merce. Hija, tengo mis motivos... Anoche estuvo de 
jugada y perdió. Hoy se vino desesperado a pe- 
dirme plata... Un hombre en esa situación es 
capaz de todo. 

Delfi. Sería tan espantoso, que no cabe en lo posible. 
Venga acá, Damián está con él. Cálmese. 

Merce. No, déjenme, déjenme ir; se evitará todo. 

Laura ¡Qué manera de disparatar! 

Delfi. Piense que ante semejante duda, tendría yo ma- 
yores motivos para sentirme inquieta... y ya me 
ve... Venga... venga le digo; no se torture en 
balde, siéntese... 

Merce. (Dejándose caer en una silla.) ¡Ay! ¡Dios nos am- 
pare! . . . 

Eduar. ¿Serviría un consejo mío? Bueno, déjenla que 

vaya... Mi padre es un sinvergüenza... 
Delfi. ¡Eduardo! 

Eduar. ¡Camina, tal vez llegues a tiempo! (La conduce has- 
ta ia puerta.) Yo ya se lo dije que mi padre es un 
sinvergüenza... 

Delfi. ¡Eduardo! 

Laura ¡Pero Eduardo! 

Eduar. Salí, salí, defensoras de borrachos... 



TELÓN 



ACTO TERCERO 



Decorado igual que el acto segundo 



ESCENA PRIMERA 
Emilia, Merceces, Laura y Delfina 

Emilia ¡Pero qué empeño en pensar lo peor!... Es cierto 
que la conducta de papá hace sospechosa esta 
demora, pero hay que descontar muchas esperan- 
zas todavía. Un accidente, una enfermedad, una 
prisión por error, un olvido; papá es bastante 
abandonado. ¡No llores de esa manera! ¡Qué de- 
jaría para después!... 

Merce. Lloro y lloraré toda mi vida. No tengo la menor 
esperanza. ¡Qué gran infamia! 

Laura Podría hasta haberse muerto de repente, y como 
allí nadie nos conoce, tardaríamos en saberlo... 

Emilia ¡También! El sufría un poco del corazón. 

Merce. ¡Qué ha de morir! No tiene tanta suerte... ¡Des- 
graciado!... Sí, un desgraciado, más que otra 
cosa. La miseria lo echó a perder. Siempre fué 
bueno y caballero... No jugaba... odiaba el jue- 
go; no bebía. Jamás faltaba a sus horas, y su ma- 
yor preocupación era vernos siempre felices... De 
repente empezó a decaer, a decaer... y en estos 
últimos tiempos ni la sombra quedaba de aquel 
padre de familia. (Muy afligida.) No sé cómo 



124 



pueden cambiar así las criaturas de Dios. Y 
todos hemos cambiado. De mí, de la Mercedes 
de antes, tampoco queda nada... Me puse igual o 
peor que él... De ustedes no tengo derecho a de- 
cir nada... Se educaron con nuestro ejemplo. . . 
El único sano, porque no vivió con nosotros, era 
ei pobre Damián, ¡pobre hijito!; y ahora, para que 
no salga menos favorecido, lo arrastramos con 
nosotros a la miseria y a la deshonra. (Pansa.) 
¡Pobres de nosotros! ¡Pobre de Damián! (Llora. 

Emilia ¡Está bueno, mamá! No llores así. Te hará daño. 
¡Aguardáal menos se confirmen tus presagios! 
¡Calmáte! Trae un poco de agua de Colonia, 
Laura. Y tú, Delfina, podrías decir algo; con 
tu silencio la mortificas. 

Delfi. ¿Yo quá puedo decirle? Necesito tanto como ella 
de consuelo... y además no podría decir farsas... 
Creo también como ella que no hay esperanzas 
de nada bueno... 

Emilia Ahí tenés, mamá, lo que sacas de tus cavilacio- 
nes... ¡Es natural! Si los de casa empiezan a 
sacar astillas... todo el mundo tiene derecho a 
creerse con derecho a hacer lena... Tampoco es 
de buen deber que se condene a un hombre sin 
pruebas... 

Delfi. Caramba... En todo caso, el reproche debe em- 
pezar por tu madre... Por otra parte, la situación 
de ustedes no es tan ventajosa para justificar 
insolencias. 

Laura ¿Qué hay? ¿Qué pasa? 

Emilia También es una cobardía cebarse en el dolor 
ajeno... 

Merce. Cállate, Emilia... Déjala en paz... La pobre tiene 
razón... Es una víctima nuestra... 



125 



Emilia ¡Qué tanta víctima ni tanta humillación! Si la 
cosa ha pasado como ustedes piensan, la ver- 
güenza no será para nosotros solamente... Da- 
mián también es de la familia... 

Delfi. ¿Vergüenza? Estás muy equivocada... La con- 
ducta y los antecedentes de Damián, lo ponen 
bien a salvo de todas sombras... Ya sabrá él pro- 
ceder como debe... Nadie está libre de tener 
por padre a un ladrón y por parientes a una banda 
de salteadores. Sea decente y no habrá quien se 
atreva a echárselo en cara. 

Emilia [Oh! Vos estabas esperando una oportunidad 
para mostrar las uñas. 

Delfi. Hablo porque me provocan. No aguardaba opor- 
tunidad alguna... He tratado de hacerles todo el 
bien, pudiendo con una palabra disuadir a mi ma- 
rido de su chifladura sentimental, mientras uste- 
des, en pago, me quitaban el cuero; ahora mismo 
estaba resuelta a callarme la boca, a pesar de la 
catástrofe que nos amenaza; pero visto que no 
tienen ustedes ni nociones elementales de delica- 
deza, les prometo que me han de oir... 

Emilia Podés empezar... Ya nos has dicho ladrones y 
salteadores... Adelante, mordé. . . mordé. . . Ahí 
tenés ana buena presa. Una mujer medio muerta 
de sufrimiento. Te la cedo... ¡Perversa! 

ESCENA II 
Dichos y Eduardo 

Eduar. ¿Qué bochinche es este? 
Delfi. Tus hermanitas. 

Eduar. iAh! Son una monada mis hermanitas... (Corno el 



126 



padre! ¡Fuera de aquí, morralla! ¿Qué te hacían, 
tunada? Seguro que te achacaban las culpas del 
robo. Para aquella, la lectura de folletines, sos 
tú una malvada, que quiere sumir en la deshonra 
una familia pobre, pero virtuosa. Esta otra es 
Paúl Bourget; te encontrará un alma conplicada, 
llena de recobos... Son literatas las dos... y muy 
distinguidas... ¡Morralla! Qué asco, ¿no?... Mila- 
gro no estuviera también Tomasito en la re- 
unión... ¡Otro! ¿No hay detalles nuevos?... 
Delfi. Ninguno. 
Eduar. ¿Y Damián? 
Delfl ¡Por ahí! Buscando noticias... 
Eduar. ¿Ves ese muchacho? Se va a convencer de 
que es zonzo del costado izquierdo. ¡Fíjate en la 
vieja! Papel lucido, ¿eh? ¿Qué dirá Damián 
cuando se confirmen las cosas? Apuesto que le 
da por la tragedia. ¡Oh, padre, estamos deshonra- 
dos! ¡Infelice! ¡Ay de mí!... Y la voz de la sangre y 
el respeto filial y ios sacrificios honrosos, y toda 
esa punta de macanas que han inventado los 
escritores y poetas para tener de qué ocuparse... 
El otro día leí en un diario, que no sé cuál poeta 
había hecho mal en no tratar las cosas tan sagra- 
das como la familia, el amor filial, y qué sé yo... 
Fíjate cómo nos conocen los críticos... Bueno; no 
me llevan el apunte, me voy; están muy del Vier- 
nes Santo. 
Delfi. También yo. oiaeen mutis.) 



127 



ESCENA III 
Emilia, Mercedes y Laura 

Emilia ¡La perra esa!, . . 

Merce. ¿Por qué son tan malas? ¿Qué ganan con empeo- 
rar la situación?. . . 

Laura Nosotras no hemos buscado. . . 

Emilia ¿Debíamos consentirle a esa intrusa que nos 
pusiera por los suelos? 

Merce. Mientras no dijera más que la verdad... 

Emilia ¡Oh! Muy bonito... Nuestra abnegación debía 
ser ofrecer nuestra otra mejilla para el cache- 
teo. . . 

Merce. No hablemos más. 

ESCENA IV 
Dichos y Damián 

Dami. ¿Nada? 
Merce. Nada, hijo mío. 

Dami. He ido a la agencia de vapores. En la lista de 
pasajeros no está el nombre. . . Es seguro que 
no ha vuelto. También si nos ha hecho pasar 
estas angustias por dejadez, así también será ia 
reprimenda. ¿Y Delfina? 

Merce. En su cuarto, supongo. . . 

Dami. ¿Está muy afligida? 

Merce. ¡Cómo no, hijo! Como todas nosotras. ¡Ah, si 
me hubieras escuchado cuando fui a buscarte a 
bordo, nos ahorraríamos tanta inquietud!... No 
me hiciste caso, y estamos sufriendo las conse- 
cuencias. 

Dami. ¡Cómo hacerle una ofensa tan grande al pobre 



128 



viejo! Cómo decirle. . . «Papá, no tengo confian- 
za en usted; quédese». Eso nunca. 

Merce. Fué demasiada confianza la tuya. 

Dami. ¿Pues querrás creer que a pesar de tus recelos y 
de tu empeño que te noto en prepararme a bien 
morir, no acabo de inquietarme del todo? 

Merce. No debes hacerte ilusiones; piensa en lo malo. 

Dami. A no ser por tus confidencias sobre las aficiones 
al juego de papá, te juro que estaría lo más 
fresco. . . ¿Por qué no las contastes antes? 

Merce. No quise aumentar tu disgusto... Pensé corre- 
girlo... 

Dami. ¿Y dónde jugaba? . . . 

Merce. Vaya uno a saber. . . En todas partes. . . Decíme 
si hubiera ocurrido la desgracia. ¿Tendrías con 
qué reponer eso?. . . 

Dami. No, mamá; sería mi deshonra completa. 

Merce. ¡Oh! ¡Qué desgracia! (Llora.) 

Dami. No me hagas recordar de nuevo, porque enton- 
ces sí que me... que me... ¿No ves?... Ya 
estoy todo nervioso.., Sería horrible... una 
cosa sin. . . ¿Qué?. . . Llaman en el zaguán. , . Si 
será un telegrama. . . 

MERCE. Corro a Ver. . . (* a ie y vuelve con un despacho telegrá- 
fico en la mano.) ¡Telegrama! ¡Telegrama! ¡Tele- 
grama! Gracias a Dios. 

Dami, Vamos a ver. . . 

Merce. Abrílo pronto. . . 

Dami. Vaya. . . Me da no sé qué. . . 

DELFI. Trae para acá. . . flogO. . . (Le arrebata el despacho 

y lee temblorosa.) «Letra Thompson no ha sido re- 
tirada». 

MERCE. ¡Ay, DiOS Santo! (Cae abrumada sobre una silla.) 

Dami. (Demudado.) Letra Thom-pson no ha si-do re-ti-ra- 



129 



da. De modo, ¿que es cierto?... Pero... pero. . . 
¡Ah! No puede ser. Al viejo le ha sucedido algo. 
Estoy en hora... Me voy a buscarlo a Montevi- 
deo. ¡Quién sabe si no está enfermo!... ¡Oh! Sí, 
me voy... Mi sombrero. ¿Dónde está mi sombre- 
ro?... (Aveces.) Mi sombrero he dicho. 

Delfi. Tomálo. 

Dami. Adiós. 

Delfi. Escucháme. . . Piensa un poco en lo que has de 
hacer. . . No te precipites. . . 

Dami. ¡Pero hija!... ¿Cómo quieres que no me preci- 
pite. . . si está enguejo nuestro porvenir?. . . 

Eduar. Hacéme caso. . . No vayas a Montevideo. Perde- 
rías tu tiempo; el viejo está aquí. . . 

Dami. ¿Cómo lo sabes? ¿Lo has visto? 

Eduar. Lo conozco. No se ha ido. 

Dami. (Alterado.) ¿Pero cómo no se va a ir si yo estuve 
con él a bordo hasta el último momento? 

Eduar. Sé lo que te digo. Tenía un metejón por ahí; 
bajó del vapor detrás de ti y fué a pagarlo; des- 
pués se metió a jugar a ver si cubría el déficit, 
y la plata se le hizo humo. Verás cómo aparece 
hoy o mañana. En cuanto no tenga con qué dormir 
en el hotel, se viene a rondar la casa para entrar 
cuando esté seguro de no toparse contigo. Le 
tengo muy manyaido el tiempo. 

Dami. ¿De modo que tú también estás convencido de 

que me ha estafado? 
Eduar. ¿Quién podría dudarlo? 

Dami. Y dime. ¿Tú concibes que haya en el mundo gen- 
tes tan infames? 

Eduar. ¡Ta! ¡Ta! ¡Resmas, che!. . . 

Dami. (Conira.) ¡Y padres tan desalmados, tan indignos, 
tan bellacos! 



130 



Eduar. Abundan igualmente. 

Dami. Pues no me convenzo. Hay cosas que no caben 
dentro de la incultura humana, y ésta es una de 
ellas... Al viejo le ha pasado algo, y yo debo en- 
contrarlo. . . 

Eduar. ¿Dónde? 

Dami. No sé... En algún lado, en la calle, en algún retén 

de policía, en los hospitales. , . 
Delfi. ¡Damián! 
Dami. No se inquieten. Volveré. 

DELFI. (Se echa a llorar.) 

Eduar. Venga, cunada, la acompaño. ¡No crea que estoy 
loco! Tal vez sea el más cuerda. (Conduciéndola.) 
¡Qué asco!... 



ESCENA V 
Mercedes, Laura y Emilia 

Laura ¿Y ahora, che, qué será de nuestra vida?. . . 

Emilia Ritornamo all antico. 

Laura ¡Pero qué sinvergüenza es papá! 

Emilia Qué sinvergüenza ni sinvergüenza; es un infeliz. 
Más canalla es ese otro que, siendo rico, nos ha 
dejado en la miseria... Ellos son los bellacos. 
¡Uno atorrante! El otro, un bruto egoísta y ta- 
caño... ¡Linda esperanza de padre! <se va rezón- 

gando. Laura la sigue.) 



151 



ESCENA VI 
Mercedes y Jorge 

JORGE (Muy temeroso aparece en la puerta y avanza con gran 
cautela.) 

Merce. (Viéndole, corre hacia éi.) ¡Vos! ¡Jorge, Jorge! ¿De 
dónde vienes? ¿Qué es lo que has hecho? 

Jorge No preguntes nada. . . Lo hecho está hecho. . . y 
se acabó. 

Merce. ¿Has tenido valor de cometer una infamia tan ho- 
rrible?. . . 

Jorge No digas nada. ¿Qué sacamos con hacer escenas? 

Escandalizas sin provecho... ¿Damián ya sabe?... 

Merce. No, no lo sabe. Se lo he dado a entender, pero él 
no quiere creerlo. No concibe un padre tan des- 
naturalizado. . . Ha ido a buscarte. . . 

Jorge ¿Tendrá para reponer eso? 

Merce. Me lo acaba de confesar... Nada; dice que sería 
su ruina y su deshonra... Ya lo ves; dinero aje- 
no... lo culparán a él . 

Jorge Si es así, me queda un medio de salvarlo. 

Merce. ¿Cuál? 

Jorge Pegarme un tiro. 

Merce. No, no Jorge. Una locura no se enmienda con la 
otra. 

Jorge Se lo tendría que pegar él entonces. 

Merce. (Horrorizada.) ¿Mi hijo? ¡Oh, no! ¿Por qué sos tan 
cruel? ¿Por qué me dices esas cosas tan bruta- 
les? No hay necesidad de que se mate nadie... 
¿Se ha hecho el daño? Pues a sufrir las conse- 
cuencias. No va a pasar nada, ¿verdad? Prométe- 
melo, Jorge; dame ese consuelo a cambio de todo 
lo que me has hecho sufrir. 



132 



Jorge Quedáte tranquila. Depende de cómo el otro 
tome las cosas... Yo me voy a meter en la cama. 
Van tres noches que no duermo y no puedo más. 
Hablále a Damián. Yo no tendría cara para pre- 
sentarme delante de él. Contále todo... que juego, 
que soy un vicioso incurable... y que... y que he 
abusado vilmente de su confianza. 

Merce. ¡Qué golpe para el pobre muchacho! 

Jorge Tú podrás encauzar bien la situación, de manera 
que el otro no la tome por el lado muy trágico... 
Ahora, si no io consigues, tendrás que aguantar 
mi sacrificio. 

Merce. ¡Oh! Si depende de mí, te juro que todo se 
arregla. 

Jorge ¡Ojalá! No puedo más de, fatiga. 
Merce. Sí, acostáte. Permitíme una cosa. Sin esto no 
estaría del todo tranquila. 



ESCENA VII 
Mercedes, Damián y luego Delfina 

Merce. Ahora el otro. (Revisa los cajones del escritorio y Baca 
mn revólver; al huir tropieza en la puerta con Damián.) 

Dami. ¿Qué es eso? ¿Qué vas a hacer con esa arma? 

Traiga acá. (Se lo arrebata.) 

Merce. No, damélo, Damián. No iba a nada; quería es- 
conderlo porque tengo miedo... 

Dami. ¿Miedo de qué? 

Merce. No sé; ¡por favor, damélo! Me moriría de pena. 

Dami. Toma. ¿Dónde está mi padre? 

Merce. ¿Ya sabes? 

Dami. Sé que ha llegado y quiero verle. 

Merce. El no se atreve. Me encargó de que te lo dijera. 



153 



La desgracia ha sucedido. No vayas a perder la 

cabeza, hijo mío. 
Dami. ¿Dónde está, pregunto? No necesito consejos. 
Delfi. No te alteres, Damián; no remediaremos nada; 

Ven, Siéntate. (Dirigiéndose a Mercedes.) Vaya a bUS- 

carlo, señora, y usted, Damián, quedése; déje- 
nos solos... 

MERCE. Voy en Seguida. (Mutis izquierda.) 

Dami. ¿Has soñado una cosa igual siquiera, Delfina? 

Delfi. Es horrible... Pero no... irremediable. Thompson 
es muy caballero y sabrá comprender tu situa- 
ción. Yo le escribiré a Lola también. 

Dami. ¡Horrible! ¡Horrible! ¡Horrible! 

Delfi. Tal vez sería mejor que nos fuéramos a Santa 
Cruz en el primer transporte... Note desespe- 
res así... 

ESCENA VIII 
Dichos y Jorge 

DAMI. (Viendo a Jorge asomarse tímidamente a la puerta.) Ade- 
lante, señor; no tengas vergüenza... Cuando has 
tenido el descaro de volver a esta casa, te supo- 
nía con la comedia preparada. Avanza, pues. . . 
O esperas que vaya a recibirte... 

Jorge (Rehaciéndose.) ¿Qué tienes que decirme? 

Dami. ¡Hombre! ¡Nada! Nada grave... pedirte perdón 
por esta molestia que te causo... ¿Estás borracho? 

Jorge Tal vez; no sería difícil. 

Dami. Cuidado con exasperarme con tus respuestas, 

porque no respondo de mí. 
Jorge Los jueces no pierden la calma. 
Dami. ¿Tú te das cuenta exacta de todo el mal que me 

acabas de hacer? 

10 



154 



Jorge Exactísima. Tanto, que podría economizarte el 
interrogatorio repitiendo las preguntas que yo 
mismo me he dirigido antes de cometer el cri- 
men, mientras lo cometía y después de realizado. 
Todo fué deliberado y consciente. Te haría aho- 
ra mismo un alegato de bien probado, con la cer- 
teza de impresionarte en mi favor. Sé que no 
podrás reponer la plata ajena robada, la que yo 
acabo de robarte, y como de algún modo tienes 
que justificarte, me pongo por completo a tu 
disposición... 

Dami. ¿Para qué? 

Jorge Te ofrezco un suicidio. 

Dami. Que te has de matar... es un nuevo recurso. Pre- 
tendes impresionarme, ¿verdad? Te equivocas de 
medio a medio... El que debió matarse y pensó 
matarse hace veinte minutos fui yo, el inocente. 
Pero resistí al verte en ese tren de envileci- 
miento cínico. Para los hombres como tú debía 
de existir un castigo: la cárcel; el hecho de que 
yo entregue a mi padre a los tribunales para 
que lo condenen, será mi justificación más cabal. 
Hemos terminado. Si es cierto que te pones a 
mi disposición, debes marchar en el acto a pre- 
sentarte ala policía. ¡Ya! ¡Ya! En el acto. (Jo rge 

se y* sin decir palabra. Damián mantiene largo tiempo 
el gesto final.) 

Delfi. (Dulcemente.) ¡Damián! 

Dami. ¡Oh, Delfina! ¡Tengo ganas de llorar! Llorar a 

gritOS. (Se deja caer sollozando en una silla.) 

Delfi. Sí, llora. ¡Llora... mucho, mi pobre Quijote! 



FIN 



MONEDA FALSA 



PERSONAJES 



CARMEN = CIRIACA = MONEDA FALSA 
GAMBERONÍ = BATIFONDO = LUNGO = PEDRIN 
VASQUITO = OBRERO 1.° = OBRERO 2.°=: REYES 
JUGADOR 1 = JUGADOR 2.° = UNA MUJER 
COMISARIO = REPORTER = CABO 
COMPADRE 1.° = COMPADRE 2.° = LUNFARDO 1." 
LUNFARDO 2.° = OFICIAL = LUNFARDO 5.° 
AGENCIERO = CHICO 1.° (5 ó 6 gflos) = CHICO 2.° (3 años) 



CUADRO PRIMERO 



El despacho de bebidas en un almacén del suburbio. Decorado 
a indicarse 



ESCENA PRIMERA 

Al levantarse el telón, Batifondo y el Lungo conversan en una mesa coa 
Gamberoni. De pie, junto al mostrador, los Obreros 1.° y 2.« beben 
suissé. Moneda falsa, sentado en un cajón, observa la escena con 
aspecto aburrido. Carmen despacha. En otra mesa dos individuos 
juegan a las cartas. 

Obre. 1 ¿Cuánto se le debe, doña Carmen? 
Carmen Veinte. 

Obre. 2 No, compañero, dejemé pagar. Me toca a mí. 
Obre. 1 Guarde su plata, amigo. (Pagando.) ¡Ya está! No 

le cobre. 
Obre. 2 Entonces tomamos otra. 
Obre. 1 No, gracias. Es tarde. 

Obre. 2 ¡Quién dijo miedo! Sirva dos suisés. (a Moneda.) 

¿Usted, compañero, no se sirve nada? 
Moneda No escabio hoy. Muchas gracias. 
Gambe. (con estrépito.) ¡Eh, padrona! N'altra voerta. 
Batif. ¡Se va a mamar, che!... 

Gambe. Qué imborta. Cuando si encontradei veri amici. 
Lungo Claro que sí. Un día de vida es vida, qué diablos. 
Gambe. ¡Quisto e nu bello parlare! Bebiam. ¡Uh! ¡Padron- 
cita Carmené!... 



140 



Carmen ¡Ya voy hombre, ya voy!... (Acercándose.) ¿Lo 

mismo? 
Gambe. ¡Naturalemente!... 

Batif. ¡A mí no, che!... ¡Mucho suisé!... Tráigame un 
Pineral. 

Lüngk) Yo también. ¿Che, Moneda, qué estás haciendo? 

Arrímate, que te vamos a presentar un amigo. 
Gambe. Un altro amico. Chiamátelo. 
Batif. Es un buen criollo. Muy honrao. Trabaja en 

Campana. 

Gambe. ¿A Gambana? Sonó estato a Gambana, ce tengo 
un mío párente, un certo Bufalini. Facite u có- 
modo vostro. 

MONE. (Acercándose con fastidio.) ¡Pucha digo, queSOn!... 

Batif. ¿Ustedes no se conocen? Napoleone Gambe- 
roni. 

Gambe. Escusate Cicillo Gamberoni, chacarero a Mag- 
giolo. 

Batif. El amigo Moneda falsa. 
Gambe. ¿Cosí?... 
Batif. Antonio Almada. 

Gambe. Salute a voi e a questa nobile compañía. Tome 
asiendo. ¿Cosa pigliate? ¿Un vasito di vino? 

Mone. Pucha que son. No tomo nada. 

Gambe. Non facite complimende. Oggi siamo tütti in 
armonia. 

Lungo Andamos de farra, che. 

Gambe. Ecco. ¡Precisamente di fara! Gamberoni paga 

tuttO. Tingue del danaro. (Saca un fajo de billetes.) 

Quista e a vera alegría. ( s e pone a contar.) 
Batif. Traiga, che. Yo le cuento. 
Gambe. ¡Ah, no! Escusati. (Sigue contando.) 
Luno-o ¡Que está apurao vos!... No te pasés, que la 

vamos a echar a perder. 



141 



Batif. Este merlo ya no vuela, (a Moneda) ¿Qué tenés 

vos? Se te apareció la viuda. 
Mqne. Pucha digo, que son. . . 
Gambe. ¿E cosí? ¡Qué facimme. . . padrona! . . . 
Carmen (Sirviendo.) ¡Ahí está, hombre! ¡Una no puede 

atender a todos!... 
Gambe. Finalemente. ¡E viva la padrona! . . . 
Batif. Che, gringo. Embrócame a la padrona. 
Gambe. ¿Ca i ritte? 

Batif. ¡Qué! (Señalándole a Carmen con un ademán picaresco.) 

¿Qué tal, eh?... No le juega ninte. 
Gambe. ¡Bella gualiona! ¡Nu bello tuquetto e muliera! 

¡Bebiam!... 
LungtO ¡Salute! 

Gambe. (Cantando.) Bebiam, bebiam. ¡Nel vino cerchiam! 
(interrumpiendo.) ¡Questa e la CavalleHa Rusti- 
cana! La fata un paisano mió, un italiano. Ii 
maistro Mascagni. (Continúan conversando.) 

Obre. 1 ¡Pobre gringo! ¡En qué manos ha caído! 

Obre. 2 No le dejan ni medio. Dan ganas de avisarle que 
no sea otario. 

Obre. 1 ¡A nosotros qué se nos importa últimamente! Y 
no hay que meterse, porque esos son malos bi- 
chos. (Entran dos obreros; saludan; piden suissé, que be- 
ben de un sorbo, naciendo sonar la lengua, y se van previo 
un saludo.) 

ESCENA II 

CHICO 1 (De 5 6 6 años, con una criatura de 2 a 3 años de la mano, 
al Obrero 1.°) ¡Papá!... 

Obre. 1 ¿Qué andan haciendo ustedes?. . . 

Chico 1 Dice mi mamá que vayan, que la cena está pronta. 



142 



Obre. 1 ¿Tu mamá? Me parece que estás mintiendo. 
Chico 1 De veras, le digo. 

Obre. 1 Están cebaos a venirse a la hora del suissé, por- 
que siempre ligan algo. 
Obre. 2 Los míos son iguales. Hacen lo mismo. 
Obre. 1 ( ai más chico.) Vení acá vos. (Lo levanta.) Qué te 

gusta más, ¿Qué?. . . ¿Chocolate?. . . (A 0 „ meni) 

Tráigale un chocolate de a dos. 
Chico 1 ¿Y a mí nada? Yo quiero un pescadito. 
Obre. 1 Y un pescadito. ¿No querés suissé también? 

(ai obrero 2.o) ¿Qué cree? Ahí donde lo ve le gusta 

empinar el codo. 
Carmen Tome, mijito. Le doy dos, uno de Ilapa. 
Obre. 1 ¿No sabés decir gracias vos? Bien, a volar. 
Chico 1 No; vos también vení. Dice mi mamá que si no 

vas te va a venir a buscar. 
Obre. 1 Está bueno. Donde manda capitán... ¿Cuánto es, 

patrona? 
Carmen Treinta. 
Obre. 2 ¿No tomamos el otro? 
Obre. 1 No, basta. 

Obre. 2 Bueno. Salú. (Vánse con ios chicos.) 

Juga. 1 (Alterado.) ¡Macanas! ¡Qué vas a salir! Tenías 
once tantos. ¿Qué has hecho ahora? 

Juga. 2 Cartas, setenta, y siete de maso. Tres tantos. 

Juga. 1 Bueno; once: y tres, ¿cuántos son? ¿No son ca- 
torce? 

Juga. 2 Es que tenía doce, te digo. 

Juga. 1 ¡Qué has de tener! Lo que tenés es la costumbre 

de robar tantos. 
Juga. 2 Hacé el favor de no pasarte, ¿sabés? 

JüGA. 1 (Arrojando violentamente el mazo de cartas sobre la 

mesa.) Es que te viá quitar el vicio, ¿me en- 
tendés?... 



143 



üga. 2 De ande, si no sos quién. 

Ubmen A ver si se sosiegan. No quiero bochinche en mi 
casa, saben que más. ¡Faltaba otra cosa! Pelan- 
drunes. Se pasan el día con las cartas, no gastan 
ni medio, y todavía se permiten levantar la voz. 



ESCENA III 

M/ÜJEH (Apareciendo con un queso, pan y un paquete de fideos, 

a Jugador ¡Cuándo no habías de ser vos! No 
tenés vergüenza... ¡Pelandrún, atorrante! En lu- 
gar de estar jugando en el boliche, podías ir a 
buscar trabajo. ¡Caminá pa casa!... 
Jüga. 1 Salí de ahí. No seas otaria. 

&ÍUJER ¡Andá pa Casa, pelandrún! (Llevándole por delante.) 

No tienen vergüenza. Las pobres mujeres se des- 
loman trabajando, y ellos como unos príncipes 
de barriga al sol todo el día. ¡Parece mentira! 

¡Mangines!... (Mutis rezongando.) 

ESCENA IV 

Gambe. ¿Parlo bene o parlo male? Dicitemí nu poco. E 

Marconi. ¿Sapéte qui e Marconi?... 
Batif. ¿El de los cigarrillos? 

Gambe. Mo vu u dique. Cuelo ca inventato el telégrafo 
senza fili, u quiú grande invento de rhumanitá; 
italiano. Credeté a me. I francesi, i tedeschi, 
Vinglesi han fato anguna cosa. Ma litalia ocupa 
il primo puesto. ¿Ma chi fu ca trovato lo Polo 
Norte? Nu mió paisan, italiano, Sualdesa Reale 
el duca degli Abruzzi , 



144 



Lungo ¿Y qué nos dejás pa nosotros, che, gringo? 

Batif. ¡Qué nos va dejar, si somos unos porotos! Tiene 
razón, amigo. La Italia, ahí ande la ven, es el pri- 
mer país del mundo. Hay cada candidato italiano... 
¡Viva Italia! ¡Viva Garibaldi! 

Oambe. ¡Evviva! ¡Evviva la República Argentina! ¡Padro- 
na! ¡N'altra voerta! ¡Evviva harmonía!... ¡Cosi 

Va bene! (Carmen sirve.) 

ESCENA V 

FEDRIN (Aparece un tanto boleado como si no conociera la casa; 

deja la linyera en un rincón; mira a todos y saluda tímida- 
mente. ) ¡Buena sera! 

Batif. Fíjate quién cae. 

€armem Salute. 

LüNGO De tebU. (Cambian una mirada de inteligencia con 
Pedrín.) 

Pedrín Un biquier de barbera. De cuel bon. ( Pe drín acen- 
tuara un dialecto a elección del actor, manteniéndose 
siempre en su deliberado papel de imbécil.) 

Carmen Servido. 

Pedrín (Saboreando ei vino.) Non che male. Me dica, sifíora. 
¿Donde podría tomare le létrico per la estazione 
del Retiro?... 

Carmen ¡Para el Retiro! Espérese, que no me acuerdo. 
(Ai grupo.) ¿Por dónde pasa el tramway que va al 
Retiro? 

LungtO ¿A i a estación del Retiro? 
Pedrín (Acercándose.) ¡Scusi! Si sifíore. 
Lungk> Tiene que tomar combinación. ¿Va para afuera 
usted? 

Pedrín Scusi. Si siñore. A Calvez. 

Oambe. Riverito, signor mío. ¿Siete da Galvez? 



145 



toRiN Si siñore. 

Jambe. lo son estato tre volte a Galvez. Conocí un certo, 

un certo; ¿cómo si chiama? ¿D'Andrea? 
Pedrin ¿II calzolaio? 

Jambe. Ma no, un figlio de la madona qui fa il procu- 
radora 

Pedrin ¡Per dio! Lo conozco. Cuelo que arrangia li afari 

nel cuez de paz. Siamo tanto amici. 
Cambe. ¡Bravo! Si sieda paisan. Che tempo per prendere 

10 tren. ¿Cóme va la cusecha a Galvez? 

Pedrin Mica tanto buona. La langosta, e la helatas. 

Gambe. E un anno cativo... Ma siéntase paisan. Aquí sia- 
mo in armonía. Cosa píllate... ¡Padrona! 

Pedrin Ma grazia, grazia. Olí il mió bichiere. 

Gambe. Non faccia complimenda. Padrona, sempatica; 

11 porte il suo bichiero. 
Pedrin (Sentándose.) ¡Scusi!... 

Gambe, Cuesti son amici, compañi cregollos, buenos mo- 
chadlos. Si parlaba de la nostra patria. 
Pedrin ¡La nostra Italia!... 
Gambe. ¡Evviva Italia, paisan! 
Pedrin Ya lo creo. ¡Evviva! . . . 
Gambe. ¡Salute! 

MONE. (Levantándose, encaminándose al mostrador.) Con per- 
miso. ¡Pucha que son! 
Gambe. ¡E bravo, paisan!... (paimoteando.) 
Carmen ¿Qué tenés, vos? 
Mone. Estoy aburrido. ¡Pucha que son!. . . 
Carmen ¿Andás con miedo? 

Mone. ¡Qué miedo ni qué miedo!... Estoy hasta aquí, 
¿sabés?... 

Carmen ¿Qué querés que le haga, hijo? 
Mone. Nada . ¿A vos qué se te importa? 
Carmen No seas zonzo. 



146 



1 



ESCENA VI 

Vasqui. Buenas tardes. 
Carmen Buenas. 
Vasqui. ¡No compra nada hoy! 
Carmen ¡Andá! ¡Tenés una yeta! 

Vasqui. También usted quiere sacar en todas. Vea qué 
decena tengo en esta jugada. (Sa ca unos billetes de 

lotería y se los enseña, diciéndole en voz baja.) Pibe eStá 

en cana. 

CARMEN (Con sorpresa.) ¡Qué! ¿Cómo sabés?... 
Mone. (Con sorpresa.) ¿Ande lo encanaron? 
Vasqui. En la casa. 
Mone. ¡Pucha digo, que son!... 

LuNGrO (Que ha observado la escena, acercándose.) No Vedad. 

Vasqui. ¡Yo pianto! Pibe en cana. 

Lungo ¡Y bueno, ese no bate!... 

Vasqui. ¡No sabés!... Y hay mayorengo en la puerta. Yo 
pianto te digo. 

LungtO ¿Y lo vamos a dejar al gil asi no más? Vos no 
piantás, ¿sabés? 

Vasqui. Mirá que tengo pase, y si me lo quitan... 

Mone. ¡Que son! ¡Déjalo que se vaya! ¡Piantamos to- 
dos, hombre! ¡Pucha! 

Batif. ¡Che, Vasquito!... Atendé un momento. ¿Tenés el 
extracto de la pasada? Sos muy yetudo. Si no 
saqué, no te compro más. 

Lcjngo (obligándolo.) Andá, sacá el cartel. ¡Seas otario! 

Vasqui. ¡Ahí lo tiene; revise don Tranquilidad! 

BATIF. AviSá SÍ estás eSCabiaO. (Saca un billete de lotería y 
revisa prolijamente el extracto.) 

Gambe. (APedrin.) ¡Ebé! ¡Questo de la lotería mi pare in- 



147 



moralitá, üna inmoralitá! ¿Parlo bene o parlo 
male! 

Pedrin Paríate bene. Ma di cuando en cuando si pué 
gioccare cinque pesi. Ma ahora mi recordó que 
tengo in tasca un biglieto da cinquenta mile e no 
lo son visto ancora. Non ho avuto il tempo. 

Gambe. ¡Oh! Che tempo. ¡Atre mesi!... 

Batif. No, dije; ni medio, (ai Vasquito.) ¿Usted quiere ver 
el extracto, dice?... ¿Tiene número? Diga qué nú- 
mero traiga. 

Pedrin Scusi. Ma... 

Batif. ¡Cha, que sos desconfiao! ¡Velo vos si querés! 
Pedrin lo non poso. No so leggere. Ma scusi il mió 
paisan. 

Batif. ¡Salí de ahí, desconfiao! Che, Qamberoni... Mi- 

rale el billete a ese. 
(Jambe. ¡Cóme no! Vediam. (Revisando.) Cinquemile tre- 

sento trentuno... Cinque mile. Cinque mile cento... 

Cinque mile treoento... ¡Guarda, guarda!... E 

paysan. ¡Evviva Italia! ¡Padrona! Un altra volta 

qui paga el mió paysan . 
Pedrin ¡Cosa avete! ¡Cosa avete! 
Gambe. ¡Siete un cañe!... Cinque cento pezi... ¡Madona! 

Pezzo d'un asino. ¡Cinque cento!... 
LungtO ¿Y qué vas a hacer con tanta plata, gringo? Te 

vas a Italia. 
Pedrin ¿Ma cosa dite? 

Batif. Que te has sacao quinientos pesos, cinque cento 

pesos en la lotería. 
Pedrin ¡Oh, Christo! ¡Davvero! 

Gambe. ¡Ma si! ¡Ma si!... Madona que siete un asino... 

Vedi... (Mostrándole el extracto.) 

Pedrin Ma io non so leggere... 

Gambe. ¡Vi lo dico io, Qamberoni, e basta! 



148 



Pedrin Ma cosa faccio io con cuesto numero. 

Batif. Lo cobrás. En cualquier agencia. ¿Vos tenés con 

qué pagarle, Vasquito? 
Vasqui, ¡Avisá! 

Pedrin Ma io non conosco la cittá e debo andaré vía 
adeso. 

LungtO Pucha, italiano otario. ¡Si yo tuviera! ¡A ver, a 
ver!... A mí no me alcanza; no tengo más que 
catorce pesos. Che, Napoleón... 

Gambe. Cicillo. 

LungtO Es lo mismo. ¿Tenés plata vos? 

Gambe. ¿Per pagare cuesto? 

LuNGK) Permítime tina parola. 

Gambe. Un momento. (Apartándose.) Cosa volete. 

Lüngo Mirá, cuánto tenés. 

Gambe. Eh, cento cinquanta pesi. 

LüNG-o Bueno; ¿sabés lo qué hacés?... Este gringo es 

muy zonzo. Se conformará con lo que le den. ¿Me 

comprendés?... 

Gambe. ¡Guarda, guarda!... ¡Come son furbi i creolli! 
Madona. 

LungtO Vos le mandás el resto después a Gal vez. 
Gambe. E una bella idea. 

Lungo Claro que sí. Es un servicio que le hacés a tu 
paisano. 

Gambe. (Resuelto.) ¡E ben! (a Pedrin.) O paisan. Voy siete 
da Gal vez, amico del mío íntimo amico D' Andrea. 
Pedrin Certo. 

Gambe. Io ti faró lo servizio. Tu mi dai lo numero, e por- 
que tu no pierdas tiempo, io ti daró, ti daró... 
cento vente pesi. 

Pedrin Bene. Grazie. Ma il resto. 

Gambe. Io le manderó al amico D'Andrea. 

Pedrin Bravo. E fatto. Si sonó tanto riconocente paisan. 



149 



Batif. Mirá, Qamberoni, ¿por qué no le das el reló en 

garantía? 
Gambe. ¿II mío orologio?... 
LungtO (a Batifondo.) ¡Los angurriento!... 
Gambe. E bé. Prende anque il mío orologio. 
Pedrin E bravo. Tu mi mandi il denaro e io ti mando 

Torologio. 
Gambe. Evviva Tarmonía. 

Pedrin ¡Evviva, padrona! Yo pago tutto. Ho fatto il mío 

negozio. 
Gambe. ¡Un altra voerta! 

Pedrin ¡Ah, no! Bisogna que io prenda lo treno. ¿Cuánto 

si debe? 
Carmen Cinco pesos. 

Pedrin (Con gran generosidad.) Eccoli. (Bajo.) Me debes tres 

y medio ¿eh? 
Carmen ¡Andá, pelandrún!... 
Gambe. E bi andiamo tutti al Retiro col paisano. 
Batif. Eso es. Todos juntos. 

Gambe. Evviva l'armonía (Cantando) a casa, a casa, amici... 
Anque cuesto e de Cavalleria... L'ha fatto uno 

italiano. (Mutis. Se oyen cantos y voces que se alejan.) 

ESCENA VII 

MONE, (Viéndolos salir.) ¡Pucha digO, COmO SOn!... (Se sienta 
junto a una mesa. Pausa. Carmen lava las copas.) 

Carmen ¿Tomás algo? 

Mone. Dame un amaro. 

Carmen (Sirviéndolo.) ¿Se puede saber qué tenés? 

Mone. Te he dicho que estoy muy aburrido. 

Carmen Andate al teatro. 

Mone. Y muy estrilao. 

Carmen Eso es otra cosa. ¿Qué te han hecho? 



150 



Mone. Nada. 
Carmen ¿Y entonces? 

Mone. Muy rabioso con esta vida. No puedo más. 
Carmen Dejala. Nadie te obliga. 

Mone. Dejala, dejala. Eso se dice. Ya la dejo. ¿Qué 

hago ahora? ¿Pa qué sirvo? 
Carmen Traba já en otra cosa. 

Mcne. No sirvo más que pa cochero. Voy a sacar la 
libreta y me muestran el escracho: LC. ¡Piantá 
de aquí! Siquiera hubiese servido pa ladrón. Pero 
vos sabés que no tengo genio. ¿Qué papel estoy 
haciendo entonces? De otario/ de imbécil. Retra- 
tao por falsificador y ladrón, viviendo entre la- 
drones, perseguido por ladrón, batido y preso a 
cada rato por ladrón y nunca he metido la mano 
en un bolsillo ajeno. Me muero de hambre, y si 
no fuera por vos, habría matado de hambre a la 
pobre vieja. ¡Pucha digo, que es triste! ¡No 
tener genio pa nada!... ¡Ni pa abrirles las tripas 
a todos esos que me dan asco, que me dan asco! 
¡Asco, asco, asco!... Ni siquiera pa irme de aquí 
tengo genio. ¡Mirá: yo sé que si me fuera a otro 
país y nadie me persiguiera y nó me topara con 
los de la patota, pucha, sería más decente!... Y 
no me aburriría tanto. ¡Pero aquí qué querés que 
haga! Si pa mí se ha hecho el refrán de que cuan- 
do no estoy preso, me andan buscando... Que 
tengo buena conducta, que me dan pase libre y 
empiezo a vivir tranquilo, pues ya ha de venir uno 
que me pida un servicio. «Che, campaneame esto, 
guárdame esto o haceme tal cosa». Y ¡zas! com- 
plicao y en cana. 

Carmen Vos tenés la culpa por no haber hecho un escar- 
miento con los batilana. 



151 



Mone. Pero no te digo que no tengo genio... Mirá, Car- 
men, ¿querés hacer un favor a la patria? Yo sé 
que vos sos buena y que me tenés ley. 

Carmen Hablá, hombre. 

Mone. Vamos a escaparnos, ¿querés? Vos también estás 

aburrida... 
Carmen ¿Y dónde vamos a ir? 

Mone. Verás, tengo un plan. Tu marido tiene plata. Una 
noche de estas le pegás un golpe grande y pian- 
tamos. Agarramos un vapor y nos vamos al Brasil; 
allí hay mucha libertad; nos vamos y ponemos una 
fonda, ¿sabés?, y trabajando con juicio verás cómo 
en poco tiempo nos volvemos personas decentes. 

Carmen Bien dicen que sos zonzo, hijo. Si nos agarran 
antes nos chupamos unos anos de cana, y yo te 
voy a preguntar entonces... 

Mone. Entonces, piantemos sin robarle nada al otro. 

Carmen Y después nos comemos las uñas. Mirá, mucha- 
cho, las cosas son como son y hay que dejarlas 
así no más. ¿Vos estás aburrido? Bien. Hacete a 
un lado de esta vida, anda con juicio, arrímate a 
alguna buena sombra y ya verás cómo con el 
tiempo la policía te olvida y empezás a ser hom- 
bre decente. 

Mone. ¿Y vos? 

Carmen ¿Yo? (Con meianeoiía.) ¿Qué de hacer?... 
Mone. Es que lo que yo quiero pa mí, lo quiero pa vos, 
mi vida. 

Carmen Pobre mi viejo. Qué tristeza, ¿verdad? 

Mone. ¡Pucha digo, cómo somos! 

Carmen No te aflijás, negro. Hacé lo que te digo y des- 
pués veremos cómo se procede. 

Mone. ¡Ahora sí! Van a ver lo que queda de Moneda 
falsa. ¡Ah! Tomá estos billetes. Ya no circulo 



152 



más. Falta uno. Fui esta tarde a encajarlo a un 
agenciero de Palermo, pero el hombre empezó a 
mirarlo y agarró pa la calle. Este va a llamar al 
botón, dije yo, y pianté por los portones. ¡Con tal 
de que no tenga consecuencias!... ¡Pucha digo!... 
Y me voy también. Ya no estoy tan aburrido. 
Chao. (Mutis.) 

ESCENA VIII 

ClRIACA (Asomando por la puerta que da al interior.) ¡Che, Car- 
men! 

Carmen ¿Qué hay? 

Ciriaca ¿No ha estao mijo por acá? 

Carmen Acaba de salir. 

Ciriaca Decime una cosa: ¿Vos sabés en qué anda ese 

muchacho? 
Carmen No sé. En nada, supongo. 
Ciriaca ¡Hum! ¡Hum! Lo dudo, che... Lo veo alzao desde 

hace días, y pa mí que nada bueno lo lleva. ¿Has 

leído en La Prensa la noticia de la circulación 

de billetes de Banco? 
Carmen Sí, señora. 

Ciriaca Mirá, a vos te lo digo, porque sos de confianza. 
Pa mí que ese mala cabeza tiene algo que ver en 
el asunto. Yo no sé qué le costaría ser honrao. 
¿No hay tanta gente qué es honrada y sin embar- 
go vive bien? Pero a éste no. Es de balde que lo 
aconseje y lo reprienda. ¡No señor! El mozo ha 
de ser ladrón no más. Y ladrón misho, que es lo 
peor. ¡Si siquiera le fuera bien!... Podría una de- 
cirle: «Bueno, mijo, basta. Ya tenés un pasar. So- 
segate». Debe ser un destino, ¿verdad, che?... 



155 



Desde chiquito le dio por la uña. El padre le aco- 
modaba cada paliza hasta sacarle sangre, y él, 
¡nada!... ¡Y zonzo pa robar, que daba asco!... ¿No 
te ha contao nunca por qué le pusieron el nombre 
de Moneda falsa? ¡Fíjate qué chola! Yo tenía en 
la cómoda una moneda de oro, de esas de plomo, 
¿sabes?; cuando un día me la roba y se va con ella 
a hacer el cuento a una casa de cambio. La cosa 
era muy zonza, una verdadera muchachada; pero 
el animal del cambista, sin comprender eso, me lo 
entrega a la policía. De esa vez me lo tuvieron 
como seis meses. El padre no trabajó para sacar- 
lo, creyendo que el castigo lo corregiría. ¡Y mi- 
ralo cómo salió! Con un apodo y con más mañas 
que el vizconde de la Guadiana. Eso fué lo que 
ganamos. ¡Pobre muchacho! En el fondo es bueno 
como una malva, pero no sabe trabajar y está 
enviciado. Decime; ¿no sabés si volverá? 
Carmen No dijo nada. 

Cibiaca Es que no me dejó nada pal morfo. Córtame, 
¿querés?, un poquito de matambre o salame... 

CARMEN (Sacando dinero del cajón.) Tome Un peSO, Vieja. 

Cikiaca Bueno, hija. Gracias. ¡Pobre mi Antonio!... ¿Por 
qué no le das algunos consejos, vos, que tenés 
tanta... tanta... vamos, que te aprecia tanto? 

Carmen Cállese. 

ESCENA IX 

Beyes ¿Por qué no has encendido la luz? 

Carmen Creí que era temprano... 

Reyes Está oscuro ya. 

CARMEN (Encendiendo el pico de gas.) Bueno. Ya está. 



154 



Ciriaca Buenas tardes, Reyes. 

Keyes Buenas. De tertulia, ¿no? ¿No tiene otra parte 

donde ir a dar la lata? 
Cibiaca (Yéndose.) ¡Te parta un rayo, bruto! 

ESCENA X 

Beyes Ahí lo han tomao al otario ese. 
Carmen ¿A quién? 

Beyes A Moneda falsa. ¿Llevaba algo? 

Carmen No. Me dejó todo. Parece que un agenciero le 

desconfió ayer y no quiere meterse más. 
Beyes ¡Tu protegido! Es muy capaz de batir, pero yo lo 

arreglo. 
Carmen Pibe también... 

Beyes Pero ese no abre la boca. Andá abajo y traé el 

paquete de billetes falsos. Rápido. 
Carmen ¿Qué vas a hacer? 

BEYES No Sé. Rápido he diCho. (Abre la trampa del sótano y 
desciende.) 

ESCENA XI 
Cabo Buenas noches. 

Beyes (Dulcificado.) ¿Qué anda haciendo, Cabo? 
Cabo Ya lo ve. Recorriendo. 

Beyes <ai sótano ) ¡Che, Carmen! Mirá ; no subas de ese 

vino. Traé barbera más bien. 
Cabo Diga, Reyes. ¿No ha andado Pedrín por aquí? 
Beyes No sé. Llegó del centro recién. ( ai sótano.) Che, 

Carmen. ¿Estuvo Pedrín?... ¿Qué? (Aióabo ) Dice 

que salió hace un momento. ¿Qué hay? ¿Ha hecho 

algo? 



155 



Cabo No, nada. Tengo que verlo no más. Hasta luego. 
Reyrs ¿No toma el bitter, Cabo? 
Cabo Gracias. (Mutis.) 

REYES <Vu hasta la puerta y vuelve.) ¡Rápido! Subí todo. 
CARMEN ¿Pero qué hay? (Sube con un paquete de regulares di- 
mensiones.) 

Reyes Ya has visto las moscas. Bueno. Ahora mismo te 

vas al cuarto de ese y le ponés todo en el baúl. 
Carmen ¿Eh? 
Reyes Volá te digo. 
Carmen ¡Oh! ¡Yo, yo no! 
Reyes Te duele, ¿eh? ¡En el acto!... 
Carmen No, nunca. Lo harás... 

Reyes (Exasperándose.) ¡Carmen!... ¡Carmen!... ¡Mirá que 
un minuto!... ¡No me conocés ya! Vamos rápido. 

Carmen ¿Qué? ¿Qué querés decir? 

Reyes ¿Crees que no sé que te has entregao a esa in- 
mundicia? Haga lo que íe mando. 

Carmen ¡Querés vengarte!... 

Reyes No, quiero defenderme. Y vos sabés muy bien 

CÓmO me defiendo. (Poniéndole el paquete en las 

manos.) ¡Ya!... Lleva eso. Y cuidado con venderme, 
porque, oime bien, te mato, te parto el corazón a 

puñaladas. ¡Ya!... (Carmen sale por la puerta del foro, 
agobiada por el gesto y la amenaza.) 



TELÓN 



CUADRO SEGUNDO 



Telón corto. La esquina de una calle del suburbio. Fachada del bol 
che con un letrero «Almacén del Mundo». Puerta de entrada al ai 
macén en la esquina y otra a un lado. Es de noche. 



ESCENA PRIMERA 

Pasa una patota de compadres 

Com. 1. ¡Che! Vamos a meternos en el Mundo. 

Com. 2. No, che. Ando sucio. 

Com. 1. ¿Con quién? 

Com. 2. Con Reyes. Es un otario. 

Com. 1. Vení, no seas pavo. Ha de estar la mujer, el que* 

so de la casa. 

Voces Sí, vamos. Tomamos un chop. 

Com. 2. Vayan ustedes. Yo sigo. 

Com. 1. ¿Y ande escabiamos entonces? 

Com. 2. A lo de Gigi. 

Voces ¡Eso es! A lo de Gigi. ¡Vamos! (Mutis.) 



ESCENA II 

(Se oye un tumulto en el interior del boliche y a poco aparece Reyes 
arrastrando a un Lunfardo.) 

LüN. 1. (Muy descompuesto con una daga en la mano.) ¡Mirá 

Reyes! ¡Mirá Reyes! ¡No me toqués porque te 
ensartas! 



158 



Reyes Qué has de ensartar, inmundicia. ¡Venis a com- 
prometer mi casa! ¡Rateros de porquería!... 

Lun. 1. ¡Mira Reyes! ¡Mirá Reyes! 

Reyes (Violento, cogiéndole nn brazo.) ¿Amenazar vos? Lar- 
gá, largá, largá esa daga, maula. ¡Asi! Así... 

(Aparece Lunfardo 2 ° también con una daga, seguido de 
dos o tres sujetos de su calaña, que tratan de calmarle.) 

Lün. 2. Diga, Reyes. Ahora estamos en la calle. Su casa 
está respetada. Déjenos no más arreglar nuestro 
asunto. 

Reyes Parece mentira que se mamen como chivos. No 
sirven pa nada. 

Lün. 2. Vea, Reyes. Yo lo respeto, ¿sabe?, pero como 
hombre soy tan hombre como el que sea más 
hombre, ¿sabe? 

Reyes Bueno, guarda esa arma. Si quieren pelearse, vá- 
yanse lejos. Aquí no me vengan con paradas. 
(A Lunfardo i.o) Vos, recogé esa daga. ¡Y marcha 
muy derecho conmigo, porque ya sabés cómo 
procedo con roñosos!... (Mutis.) 

Lun. 3. ¡Bueno, andiamo, muchachos! Guarden esas ar- 
mas. Parece mentira que no puedan divertirse y 

Correrla en paz. (Al Lunfardo 2.* cogiéndolo del brazo.) 

Andiamo, che. 

Lün 2. Vamos a ver. Si yo lo quiero marcar, ¿por qué no 
lo voy a marcar? Vamos a ver. Porque ustedes no 
quieran. Y si yo quiero, ¿qué me importa que us- 
tedes no quieran? (Mutis.) 



159 



ESCENA III 

Aparecen por la derecha el Comisario, oficial, nn cabo y dos agentes 
y se detienen en la puerta contigua al almacén. 



Comisa. Cabo, reconózcame a aquellos sujetos. Usted, 
agente, al almacén; que nadie salga. <ai oficial.) 
Aquí es, ¿no? 

Oficial Sí, señor. 

COMISA. Al otro agente.) Usted quede aquí. (Penetrando con el 
oficial.) 



ESCENA IV 



GAMBE. (Muy borracho. Entonando con dificultad algún aire napo- 
litano, avanza unos pasos y se detiene.) ¡A oh! ¡Non e 
COSÍ! ¡Vediam! (Reanuda el canto, marcándose el com- 
pás con el dedo.) E cosi tampoco. ¡Ma e l'eguale! 

(Quiere cantar de nuevo, pero se interrumpe.) ¡EvVÍVa la 

armonía! ¡Bene! ¡L'armonia! . . . ¡L' Italia e il piú 
grande paese de rhumanitá!... ¡Paríate bene, 
Gambeberoni! (Se recuesta ala pared.) Ma doveson 
i compani... ¡Bravi ragazzi!... ¡Simbaticísími! 

(Se queda monologando cosas incomprensibles. Se oye un 
silbido y a poco aparece Pedrín muy cauteloso a examinar 
el terreno. Se detiene un momento frente a Gamberoni sin 
notarlo. Gamberoni empieza a observarlo y lo reconoce, 
deteniéndolo con un abrazo en momentos que intenta 
volverse.) 

Gambe. ¡Oh! Per la Madona. Finalemente. ¿Cóme va, 
paisan? 



160 

Pedrin ¡Che! ¡Che! ¡Che! Qué paisano ni qué paisano. 

Lárgame, gringo mamao. 
Gambe. ( sin soltarlo.) ¡Siete ritornato da Galvez, del amico 

D'Andrea! E bene. ¡Bravo!... 
Pedrin Lárgame te digo. ¡Qué Galvez ni qué Galvez! 
Gambe, ¿Cosa díte, paisan? 

PEDRIN (A 1 V6 r al cabo se acerca, cambia de actitud y volviéndole 

ia espalda.) Dico que mi sonó extraviato. E cuan- 
do arribo a la estazione lo treno para Galvez non 

c'era piú. 
Gambe. Ebe. Que viva l'armonia. 

Cabo (Que ha esfcado observando a PedrilI| lo coge por un brazo } 

¿Qué hacés, Galvez? 
Pedrin ¡Scusi sargenti!.. . 

Cabo Te viá dar sargente. A vos te andaba buscando. 
Pedrin A mí. lo son un colono di Galvez. II mió paisan 
mi conosce. 

Gambe. ¡Ah! E un bravuomo. E Pamico de D'Andrea lo 
procuradore. 

Cabo Salí de ahí, otario. Es un cuentero del tío. Marchá 

no más, Pedrin. 
Pedrin Bueno de ahí qué. ¡Cana más o menos! Llévame 

no más. Cosa bárbara. No se puede ser honrao. 

Ahora que estaba tan bien de colono... ¡Zas, a la 

leonera! Mira, prefiero seguir de ladró. ¡Por 

Dios, che! 

Gambe. Ma dove esto io. E qué me emborta. ¿Ma e lo 
compaño creollo? ¡Bravi ragazzi! Simpaticísimi. 

(Reanuda el canto y se va haciendo eses.) 



TELÓN 



CUADRO TERCERO 



El despacho del Comisario 

ESCENA PRIMERA 

(Interrogando a M oneda falsa.) Muy bien. ¿Y dónde 

estuviste ayer? 

¿Ayer? De aburrido me fui al Jardín Zoológico. 
¿A ver a la elefantita? 
No. Estuve en la casa de los leones. 
¿Y después? 

En el Almacén del Mundo. 
¿Y si yo te dijera que has estado en otra parte? 
Por la calle. 
No. 

Entonces no diría la verdad. 

Espera Un pOCO. (Toca el timbre. Aparece un cabo.) 

Haga pasar a ese señor, (ei cabo salada y mutis.) De 
manera que andás retobao. 
Retobao no, señor Comisario. Ando aburrido. 
N ) será por falta de trabajo. 
Es por eso, por eso; créalo. 

ESCENA II 
Agen. Con permiso. 

Comis. Adelante. Diga usted, ¿conoce al señor? 
Mone. (interviniendo.) ¡Pucha digo, que son! ¡No hable 
más!... ¡No hable más!... Dígale que se vaya. 



Comis . 

Mone. 
Comis , 
Mone. 
Comis . 
Mone , 
Comis . 
Mone. 
Comis . 
Mone, 
Comis . 

Mone. 
Comis . 
Mone. 



162 



Yo me peino solo. Ayer estuve en la agencia del 
señor a cambiarle un billete falso... por a la tar- 
de!... Puede irse no más el señor. 
Comis. Puede retirarse. 

Agen. Está bien, señor Comisario. Muchas gracias. 

(Mutis.) 



ESCENA III 



COMIS. 



MONE. 

COMIS. 
MONE , 

COMIS . 
MONE. 
CüMIS . 
MONE. 



COMIS . 



MONE. 
COMIS . 

MONE. 
COMIS . 
MONE. 



Bueno. De modo que te has vuelto razonable. 

Así me gusta. Decí no más. Pero no me mientas, 

porque ya sabés que yo... 

Bueno. (Pausa.) Ayer... la vieja, mi madre, no 

tenía qué comer. 

Eso le sucede por tu culpa. 

Sí, ya lo sé. No tenía qué comer, y entonces yo, 

estriiao, me acordé que tenía un diez falso, y dije: 

Te he dicho que no me mientas. 

Digo la verdad, señor Comisario; digo la verdad. 

¡Estás mintiendo!... 

¡Pucha digo, que son! Vea; estoy llorando, 
¿sabe? ¡Esto es la verdad, la verdad, la verdad!... 

(Pausa.) 

¡Ajajá!... ¿Con que la verdad? Decime, ¿y este 
paquete de moneda falsa que se encontró en tu 
baúl? 
¿Eh? 

Esto, sí, esto. Lo encontré yo en tu baúl. ¿Qué 
decís?. . . 

Que es mentira. ¡Que es una gran mentira!... 
Hay testigos. 

Mienten. Ahora sí que no lloro. Y le digo la pura 
verdad... Lo que yo le decía es mentira. Pero 
esto también. 



165 



Comis. ¿De manera, que no confesás? 

Mone. ¡No, no, no!... Nunca. Vea, señor Comisario. Ya 

no se puede vivir... ¡Pucha digo, que son!... 
Comis. Está bien. No te alterés. Andá. Dormí un rato, 

pensalo bien y ya hablaremos. (Timbre, ei cabo.) 

Páselo incomunicado. 
Mone. (ai salir.) ¡Pucha digo, que son! 

ESCENA IV 

RePOR. (Por la lateral ) Y, mi Comisado. 

Comis. Todo descubierto. No ha acabado de confesar, 

pero ya cantará. 
Repor. ¿Moneda falsa? 

Comis. Claro que sí. Investigaciones está empeñada en 
que hay «pesci grosi». No saben nada. Y uste- 
des... tienen la culpa. Puro bombo a Investiga- 
ciones, sin pensar que casi todas las pesquisas 
son nuestras. Y claro está. Nosotros somos los 
más habilitados pitra conocer a las gentes y eos 
tumbres de nuestros vecindarios; los tenemos en 
la palma de las manos. 

Repor. Espero que nosotros tendremos la exclusividad 
de la noticia. Nuestro diario ha hecho méritos 

ya, y*.. 

Comis. ¡Oh! Pierda cuidado. ¿Quieren publicar el retrato 
del sujeto? Ahí tienen la ficha antropométrica. 
Vea la lista. (Leyendo.) «Antonio Almada (a) Mo 
neda falsa, o Antonio o Almada. Entradas. 
Ficha tal, nueve años, primera entrada, circular 
moneda falsa, 2. a , 3. a .. .» Vea, ahí tiene la chorre- 
ra. ¡Ah! Debo decirle como antecedente curioso 
que nunca se le ha podido probar nada. Unos me- 



164 

ses en veinticuatro y a la calle para volver en se- 
guida. Tiene una cara de idiota y unas exterio- 
ridades que engañan, pero es habilísimo. 
Repor. Perfectamente. Me llevo la ficha. Y me voy por- 
que es tarde. 

Comi8. Espero que no nos olvidará. No por mí, sino por 

los muchachos. Es un estímulo. 
Repor. ¡Oh! A ese respecto... Hasta luego. [Espero que 

habrá noticias-decisivas. 
Comis. ¡Con toda seguridad! . . f 

REPOR. Chao. (Mutis.) 

ESCENA V 

Cabo Un señor italiano que quiere hablar personal- 
mente con vuecencia. 

COMIS. Que pase. (Mutis el cabo.) 

Gambe. Boun giorno, signor Comisario. Yo porto una 
gartulina del suo amico. 

COMIS . A Ver . (Toma la tarjeta y lee.) ¡Usted dirá! 

Gambe. Signor Comisario. lo sonó chacarero da Maggiolo. 
Comis. Muy bien. 

Gambe. Estaba a Buonozarie i mi son incontrato con una 
ganaglia de creollo que me hano fatto beberé un 
tanto. Giocamo a boccia e poi andiamo a prender 
el vermut. Entonces si ha presentato un golono 
da Galvez con uno biglieto de lotería; mi hano 
mostrato lo estrato e risultó con un premio de 
cinque cento pesi. 

Comis. Y usted por servirlo le dió ciento o doscientos. 
Eso se llama el toco mocho. 

Gambe. Cosa dite. 

Comis, Toco mocho. 



165 



Gambe. Non capisco. ¡Ma io sonó arrubinato!.,. 
Comis. Porque quería estafarlo al otro. (Timbre, ei cabo. 

Acompañe al señor a la oficina de guardia a que 

haga la denuncia. 
Gambe. ¿Cosa dite? 

Comis. Que usted es tan pillo como el otro. Siga no más. 
Gambe. Paríate bene, Ma il sifíor comisario... 
Comis. Siga no más. 

Gambe. (Saliendo.) Madona cuelo cregolli ladri... 



ESCENA VI 

Cabo (Volviendo,) Ahí está la madre de ese y otra mujer. 

Comis. Que pasen. 

Cibiaca ¡Ah, señor Comisario! 

Comis. No me hagas escenas. ¿Qué q&erés? 

Cibiaca Vengo a ver a mijo. Si se puede. Yo soy una 

madre . * . 
Comis. ¡Sí, ya lo sé! ¿Qué querés? 
Cibiaca Yo quiero verlo. Podría ser una ayuda para la 

misma autoridad. 
Comis. Bueno. El Moneda está reventado, pero podría 

mejorar su causa si confesara de plano. ¡Se ha 

empacado!... 

Cibiaca ¡Ah! Bueno. Yo no vengo a nada malo; pueden 
registrarme si quieren. Pero si yo hablara con 
él, tal vez, tal vez. . . Es en el interés de mijo. 
El muchacho es un bandido, un mala cabeza, pero 
con esta lección tal vez aprenda. 

Comis. Lo voy a llamar. (Timbre. Eicabo.) Que traigan a 
Moneda. Siéntense. (A Carmen.) ¿Usted también 
quiere hablarlo? ¡Hum!... ¡Ya sabemos! ¡Ya sabe- 
mos por acá!... Le gustan los papanatas a usted, 

12 



166 



¿eh? Bueno. Para que vea. Tampoco le privo que 
hable con él, con tal de que me lo aconseje bien. 
¡Ahí está el hombre! 

ESCENA VII 

Mone. Buen día. 

Cibiaca ¡Hijo mío! ¿Por qué has hecho eso? 
Monb. Yo no he hecho nada, mamá, (a Carmen.) Buen día, 
Carmen. 

CARMEN (Responde con la cabeza.) 

Ciriaca ¿Por qué no me dijiste que estabas metido en 

ese asunto? Yo te hubiera dado un consejo de 

madre, un consejo verdadero. 
Mone. No estoy metido en nada. 
Ciriaca ¿Pa qué sos terco, si te han encontrado en el , 

baúl la mar de billetes falsos? 
Mone. ¡Ah! ¿De modo, que usted también cree que yo 

tenía los falsos en el baúl? 
Ciriaca Claro que sí, hijo. 
Comis. ¿Has visto, Moneda? 

Mone. ¿Entonces, es cierto? ¿Es Verdad, es verdad eso? 

Ciriaca ¿Y por qué has de negarlo? Si yo te los hubiera 
visto, los saco y los quemo. Pero los encontró la 
autoridad. Confesá y no seas pavo. Sí, así la sacás 
con tres o cuatro añitos; diciendo la verdad tal 
vez sean menos. 

Mone. Es claro. Bueno. Via a contarlo todo, todo, Comi- 
sario. Moneda falsa va a decir la verdad. 

Comis. Así me gusta. Yo te prometo que... 

Mone. No prometa nada. ¿Puedo hablar dos palabras con 

esta mujer aparte? (Señalando a Carmen.) 

Comis. Hablá no más. 



167 



Mone. Vení, Carmen . 
Carmen ¿Qué querés? 
Mone. ¿Fuistes vos? 
Carmen ¿Qué? 
Mone. ¿Fuistes vos, vos?... 

Carmen ¡Sí, me obligó!... ¡Quería matarme! ¡Yo no tuve 

la culpa! ¡Quería matarme! 
Mone. ¡Vos!... ¡Tan luego vos!... 
Carmen No pude. Mi negro. ¡No pude! 
Mone. Tu negro, ¿no? Tomá, perra, pa que te acdrdés 

de Moneda falsa. (Le da un golpe en la cara.) 

Carmen (Cayendo.) ¡¡Ay!!... 
Mone. Este no es falso. ¡Es oro! 
Comis. ¡Moneda! ¿Qué es eso? ¿Por qué has hecho 
eso?... 

Mone. Es el genio que me ha vuelto. No haga caso. 
Asuntos privados. No te aflijás, vieja. Ella te va 
a cuidar... Cuando quiera, señor Comisario. 

Comis. ¡Bueno, largá! 

Mone. Tenía usted razón. Esos diez fallutos todos eran 
míos. Se los compré a Bellini en la anterior falsi- 
ficación. 



FIN 



KDITOIMAL CEllVArVTJES' 
Biblioteca de Actualidades políticas 

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La Victoria en marcha, por Lloyd (ieorge. 
Epílogo de Gabriel Hanoraux —2. a edi- 
ción, con un autógrafo del autor. 

2*50 pías. 
Nuestro porvenir, por von Bernbardi. 

3 ptas. 

Grecia ante la guerra europea, por E Vé- 
ncelos. Verstón española y estudio 
biográfico de V. Clavel. 3 ptas . 

España ante el conflicto europeo. Iberis- 
mo y germanismo, por E. González- 
Bianco - 3 ptas. 

El deber de América ante la nueva Euro- 
pa, por T. Roosevelt. 3 ptas 

América por la libertad, por el Presidente 
Wilson. Prólogo de Edward Grey. Epí- 
logo de Lloyd George. » 2 5 ptas 



l a sociedad de las naciones, por O. P 

clagan. Prólogo de Albert Thomas. 

2*50 p 

Europa en escombros, por el Dr. Guií! 
rno Muebion, Ex-Director de la el 
Xru PP- 2 50 ps 

El bolcheviquismo ante la guerra V la i 
del mundo, por León Trorzky. Próiíj 
y traducción de Viceute Gay — > a á 
ción, aumentada. ¿pj 

La paz mundial, por Woodrow Wilsonj 

3 pt 

Guillermo II.-Sus discursos durante 
guerra. 1 

Historia de la Revolución Rusa, por Le 
Trotzky. -2. a edición. 3 pti 

El Estado y la Revolución, por Lenin 

3 pt 



Obras de Fernando Maristany 



Las cien mejores poesías líricas de 
lengua francesa. (2. a Ediciónf 

Las cien mejores poesí«s líricas de la 
lengua inglesa, prólogo de E. Díez-Ca- 
nedo. / 

Las cien mejores poesías líricas de la 
P° r t«gwesa, prólogo de J. Kibera 



Las cien mejores poesías líricas de 
lengua alemana. Prólogo de Manuel 
Moutolm. A Ptas. 2 ton) 

Las cien mejores poesías líricas de 
lengua italiana, prólogo de O Boselli 
2*50 pta 

En el azul... (Rimas). Prefacio de Te.xi 
ra de Pascoaes. p ptJ| 



Biblioteca de autores americanos 



M Sa V °?a de 7- ro í eo ' P° r José Enrique Ro- 
dó.-d. a edición. 5 ptas . BSn tela 6. 

El Mirador de Próspero, por J. Enrique 
Kodó ' 5 ptas. En tela 6. 

El camino de Paros, por J. Enrique Rodó. 
—¿. edición, aumentada. 

3'50 ptas. En tela 4 50. 



La princesa de CléVes, por la Condesa 
de La Fayette. 1 « 6 0 ptas. En tela 2 



Serie Appassionata 



Florilegio de prosistas uruguayos, p< 

Viceure A. Salaverri. 3 pta 

Teatro del uruguayo Florencio Sánchej 

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mo l.-M'hijo el dotor.-Los muertos. 
Nuestros hijos. 2. a edición -Tomo I 
Los derechos de la Salud.-En familia.- 
■-Moneda faísa.- Prólogo de Juan Jos 
de Soiza R-illy.-Torno IIT. Bcirranc 
abajo.-La Gringa.-El desalojo --2 ptas 



Adolfo, por Benjamín Constant. 

1 '25 ptas. En tela 1 '7g 



Arte de amar, por Ovidio. 

1 '25 ptas. En tela 1 «75 Abe,ard0 * Eloísa^ Epistolario anvrosc 
i«« u n , 1 '25 ptas. En tela 1 '75 

Jacobo Ortis, por Ugo Foseólo. 1 ' 5 0 ptas. En tela 2. 

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Crónicas y diálogos, por Jacinto Bena 
üf venre 1'50ptas 
Flor de carne, por Luis de Val. 

3*50 ptas 

Mecanografía (Escritura al tacto), po; 
J. Asensi Bresó. 3 p /„ 



Los dramaturgos españoles contemporá- 
neos, por A. González-Blanro. 1. a serie 
(Benavente, Linares Rivas, Dicen ra v 
Marquina), con autógrafos y retratos. 

1M a 3*50 ptas. 

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tme. . , _ _ 

2'50 ptas. 

La Bélgica que yo Vi, por José Subirá 
(Bruselas, Amberes, Lieja, Malinas, Lo- 
vaina, Ciante, Brujas, Ostende, Namur). 

2'50 ptas. 



En preparación: 
El •"aravllloso Viaje de Nils Holgerssofl 
a través de Suecia, por S e lma Lagerlóf j 
Iraducción directa del sueco. •